martes, 5 de mayo de 2020

Los Dasenech, la etnia recicladora de Etiopía.

Habita en el valle inferior del río Omo, está considerada una de las más pobres del país, se dedican al pastoreo y a la ganadería, y en sus costumbres aún pervive la circuncisión.

El Estado de las Naciones, Nacionalidades y Pueblos del Sur, uno de los ocho que junto a tres Ciudades Autónomas, constituyen desde 1995 la República Democrática Federal de Etiopía, está situado en el Sur del país, limitando con Kenia y Sudán del Sur.
Multiétnico, su nombre es una combinación genérica para definir a la amalgama de etnias y poblados del sur y suroeste etíope, limitrofe con Kenia y Sudán. En él conviven alrededor de 45 grupos étnicos-lingüísticos, de los cuales ninguno llega al 20 % de su población. Tiene una extensión total de 118.050 kilómetros cuadrados, equivalente al 10,41 % del total, y su capital es Awasa.
El Río Omo, que nace al suroeste de Addis Abeba, la capital nacional, recorre 760 kilómetros, una buena parte del Estado del Sur, hasta desembocar en el amplio delta fluvial del lago Turkana, lindante con Kenia. 
Toda su cuenca baja es muy importante geológicamente y arqueológicamente, por los depósitos paleontológicos allí descubiertos. Su valle inferior, el de la desembocadura, ha sido encrucijada durante miles de años de grupos étnicos de diversas culturas que emigraron a la región. Muchos de ellos aún allí asentados. Tribus seminómadas, dedicadas a la agricultura y al pastoreo. Por ambas razones, el valle bajo del río ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1980.
En ese valle, se encuentra la ciudad de Omarete, situada a una altitud de 395 metros, y con una población que no llega a los 10.000 habitantes, la más conocida de las habitadas por la etnia DASENECH.
También llamados “galeb” y “marille”, son un grupo de la etnia cushita, que hablan el idioma dasenech. Es la etnia más meridional de las que habitan en el valle del Omo, estando asentados también en los vecinos países de Kenia y Sudán del Sur, en los entornos del lago Turkana.





Su población se estima en torno a los 100.000 habitantes, practican la religión animista, y se dividen en ocho clanes. Considerados una de las tribus más pobres de Etiopía, aislados del mundo exterior y viviendo según marca sus tradiciones, se cree que son originarios de Sudán.





Son seminómadas, que históricamente se han dedicado al pastoreo, actividad que en las últimas décadas compaginan con la agricultura, ante la perdida de una buena parte de su pretérito territorio. Las tierras que habitan son semiáridas, lo que hace que su supervivencia sea precaria. Lo hacen con el cultivo de sus cosechas cuando llegan las lluvias y las crecidas del Omo, sus cultivos principales son el sorgo, maíz, alubias y calabaza.
La pesca, a pesar de practicarse sistemáticamente, se considera una ocupación innoble, como es el caso también del trabajo manual y del comercio.
El ganado es el epicentro de su vida, principalmente vacas y cabras. Les proporciona leche, carne, cuero para la ropa y las casas, pero también estabilidad social y dote para los casamientos. Es práctica habitual sangrar las vacas, que mezclan con leche como alimento energético.





Símbolo de su estatus social, si una familia pierde su ganado llegan a ser  despreciados y repudiados, abandonando muchos de ellos su poblado. Son los denominados “dies”, que pasan a vivir en las orillas del lago Turkana, sobreviviendo de la pesca y de la caza de cocodrilos.




Como pueblo pastoril, su sociedad es altamente igualitaria, con un sistema social que implica grupos de edad y clanes familiares, con relaciones de fuerte reciprocidad. Cada grupo está vinculado a un territorio determinado, tiene su identidad propia y sus costumbres, así como sus propias responsabilidades ante el resto. La autoridad recae sobre un grupo de 30 ancianos denominados "ara" (toros). Y las disputas internas de la comunidad se solucionan en reuniones participativas al aire libre.





Sus principios sociales están muy presentes y marcados. Las niñas son circuncidadas de jóvenes, entre los 10 y los 12 años. Hasta ese momento se les considera animales salvajes, no pueden llevar vestidos ni faldas y no se pueden casar.






El momento de la ablación es muy esperado por los padres, que  lo festejan en el llamado “Dimi”. Se suele realizar en la estación seca, cuando el pastoreo es menor, su propósito es celebrar y bendecir a su hija para la fertilidad y su matrimonio en el futuro. Se sacrifican animales, y tanto los hombres como las mujeres se visten con capas de pieles de animales para festejarlo y bailar; los “ara” bendicen a la niña, y el padre se convierte en un anciano y puede pasar a ser del grupo de los “aras”, recibiendo su dote cuando la niña se case.






En cuanto a los varones, dan el paso a la madurez masculina a una edad tardía, poco antes de los 30 años. Paradójicamente, se visten, adornan y comportan como mujeres, mientras que el resto de la tribu les da un trato suave y condescendiente, como si fueran madres primerizas. Ceremonia esta, que no quita para que sean guerreros muy fieros, y temidos por sus adversarios, ya que no dudan en degollarlos o castrarlos en sus disputas.





En base a ello, las edades en las que se realizan los matrimonios, suele ser de 17 años en el caso de las hembras, y de 30 años en los varones.
En cuanto a las costumbres sobre su fisonomía, el maquillaje y los adornos en cuerpo y pelo, son muy apreciados tanto por mujeres como por hombres.





Las mujeres llevan la parte superior del cuerpo desnudo, con la cintura cubierta por una especie de manta de colores y van descalzas. Adornan cuerpo y pelo, con múltiples collares y reconvertidos útiles metálicos y similares.







Los hombres, van cambiando a lo largo de su vida de peinado, pasando del rasurado completo infantil con un casquete de pelo, a sofisticados peinados con tierra, que marcan la edad adulta y el reconocimiento social. 






Y suelen llevar consigo y utilizan el “karaballe”, útil de madera que utilizan para sentarse o reposar la cabeza cuando están en el suelo.






Sus viviendas son chozas semicirculares, en forma de cúpula, compuesta por marcos de ramas de papiro y otros árboles de la zona, cubiertos con pieles y desechos reciclados, entrelazados. Como pueblo seminómada, son fácilmente desmontable para su transporte a otro lugar.






El aprovechamiento de desechos reciclados, se ha extendido en los últimos años entre los Dasenech. Lo utilizan para las coberturas de sus chozas, pero también para su decoración personal, como relojes, horquillas y otros elementos que cuelgan de sus cuellos y pelo.






Con motivo de un viaje turístico humanitario realizado a Etiopía en febrero de 2020, hemos visitado uno de sus poblados. Para ello viajamos desde Turmi, dónde habíamos noche, a Omorate, un trayecto de 72 kilómetros, que se tarda en realizar casi 2 horas, por una carretera relativamente buena con muchos tramos asfaltados.
Allí es necesario realizar los trámites legales oportunos, se nota que es lugar semi fronterizo, contratar al guía local y abonar los 200 bir por cámara que permite fotografiar todo lo que se mueva en la visita al poblado.
Realizados los trámites, hay que ir al río Omo, distante pocos metros, dónde nos espera una cuadrilla con una flotilla de árboles ahuecados, en forma de canoa, con los que cruzamos el río, que resultaron ser más estables de lo previsto.






Esta es la forma histórica que los etíopes han tenido de salvar el río por esta zona, ya que el puente que permite su tránsito ha sido construido hace unos años, que sustituyo a uno previo construido por un empresario que apenas estuvo unos días íntegro.






Ya en la otra orilla, y con el acompañamiento de los habituales niños pedigüeños, hay que ir caminando por la árida tierra hasta los poblados. 





La idea primigenia era visitar el llamado Boricon, pero al llegar al mismo no fue posible, parece ser que el día anterior hubo discusión sobre el reparto de la recaudación por dejarse fotografiar, y el anciano mayor como castigo no dejo que se realizasen visitas, y por tanto no recaudaron nada.






Ello supuso una nueva caminata por la polvorienta tierra arenisca que domina toda la zona, hacia otro poblado, denominado Kota, más alejado del río, donde si fue posible realizar la visita.







Las sensaciones percibidas, no fueron para nada agradables. Su idiosincrasia seminómada es manifiesta, percibiéndose un aspecto de provisionalidad que unido a las calamitosas e incongruentes construcciones, transmiten una sensación de decadencia que hacen difícil entender la vida en esas circunstancias.





Si a ello sumamos pensar en sus peculiares costumbres y tradiciones sociales, como la circuncisión, la sensación de trasladarse a siglos pasados estuvo más presente que nunca desde que pisamos suelo etíope.




Los Dasenech son conscientes de que el turismo les puede aliviar una pequeña parte de su mísera vida, y en la visita se han volcado en transmitir lo poco que tienen. 





Intentar vender sus souvenirs elaborados con los desechos más insospechados, para lo que montaron un para nada improvisado mercadillo. 







Y en mostrar parte de su folklore con bailes realizados por los varones, con los niños siguiendo sus movimientos, y practicándolos como auténticos devotos. Folklore y bailes, muy similares a sus vecinos, los Konso, basados en movimientos de los pies y en saltos.








Llamativo fue que prácticamente todos los adolescentes varones, estuviesen uniformados con camisetas de los más exitosos equipos de fútbol europeos. Pobres y alejados del mundo civilizado si, pero ello no es compatible con estar al día en el mundillo futbolero y tener sus preferencias.






Con la sensación de haber vivido un montaje escénico, más que una dura realidad difícil de entender, dejamos a los Dasenech en su mundo pretérito que ignoro cuantos años sobrevivirá, aunque me imagino que no muchos. Visita de sensaciones duras, pero que será difícil de olvidar.











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"Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor se escapa por la ventana”. Thomas Fuller (1608-61) sacerdote e historiador inglés.





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