domingo, 15 de marzo de 2020

Los Konso, la etnia del Sur de Etiopía mejor organizada.

Es la etnia tribial de las Naciones, Nacionalidades y Pueblos del Sur de Etiopía, mejor organizada.

El Estado regional de las Naciones, Nacionalidades y Pueblos del Sur, es uno de los ocho en los que junto con tres ciudades autónomas, está dividida la República Democrática Federal de Etiopía, cuya superficie total es de 1.133.000 kilómetros cuadrados, superando las de España y Francia juntas, por ejemplo.
Su extensión es de 118.050 kilómetros cuadrados, cuenta con una población superior a los 14.000.000 habitantes, su altitud va de los 500 a los 4500 metros, limita con Kenia y Sudán del Sur y su capital es Awasa. Multiétnica, en ella conviven alrededor de 45 grupos étnicos-lingüisticos, de los cuales ninguno llega al 20 % de su población.
A ella pertenece el distrito de Konso, también conocido como Karati, que cuenta con una extensión de 55 kilómetros cuadrados y una población que apenas supera los 380.000 habitantes, que hablan un idioma afro-asiático, llamado como el distrito y la etnia que en él habita. Ubicado en un altiplano, a 1650 metros de altitud, en la ribera del río Sagan, a 55 kilómetros al sur del lago Chamo, entre las ciudades de Arba Minch y de Yabelo, y considerado casi como una frontera del valle del Omo.






El distrito cuenta desde 2011 con la declaración de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, uno de los nueve con los que cuenta el país, en reconocimiento a que “constituye un ejemplo espectacular de una tradición cultural viva desde hace más de 400 años, adaptada a un ambiente seco y hostil, en el que el paisaje demuestra los valores comunes, cohesión social y conocimiento de ingeniería de sus comunidades; así como sus tradiciones funerarias, en base a estatuas antropomórficas de madera, agrupadas para representar a miembros respetables de las comunidades y simbolizar acontecimientos particularmente heroicos”.





Sus aldeas, ubicadas en las colinas, son en ocasiones verdaderas fortalezas con muros de hasta tres y cuatro metros de altura, perfectamente ordenadas, que cobijan las viviendas, establos y graneros, que se distribuyen en estrechas callejuelas, en cuyas afueras se extienden las tierras de cultivo.




Su economía está basada en una agricultura extensiva, realizada en terrazas intrincadas en laderas que rentabilizan al máximo, a pesar de no ser especialmente fértiles, y que complementan con árboles frutales en los poblados.




Algodón, café, cebada, girasoles, hortalizas, lima, mango, maíz, moringa, papaya, plátanos, sorgo y trigo, son algunos de los productos que recolectan y que junto con la miel de acacia, son su sustento económico y alimenticio.




A nivel familiar crían algún tipo de ganado, más bien escaso, generalmente caprino, ovino y vacuno, aunque no es una etnia especialmente ganadera, como otras de las tierras del Sur.




A su vez son artesanos muy reconocidos, siendo su producción artesanal dedicada al comercio y al intercambio con otros pueblos por alimentos que no producen.




Su rica y antigua cultura se manifiesta no sólo en sus peculiares costumbres sociales, sino también en sus músicas y danzas, así como en los sus ropas y tejidos de algodón.
Sus aldeas no están muy alejadas unas de otras, manteniendo entre ellas muchas relaciones sociales y económicas que realizan principalmente en los mercados. Nunca han contado con una estructura estatal alguna, ni con ningún tipo de autoridades jerarquizadas, cada aldea se administra autónomamente y su autoridad principal es el Consejo de Ancianos.




Las aldeas basan su estructura social en clanes, llamados “gada”, una especie de distrito de una gran ciudad. Cada uno tiene un perímetro en la aldea, su plaza, su casa comunal y su autoridad religiosa, llamado “potwalla”. Los clanes son exógamos, estando prohibidos los matrimonios entre miembros del mismo clan y las relaciones de parentesco y herencia siguen el modelo de patrilinaje, con un antepasado común por vía paterna.



Sus miembros no portan rasgos externos distintivos, ni en sus cuerpos ni en su indumentaria, como ocurre con otras tribus tribales del Sur.
Mantienen un sistema de “grupos de edad”, en el que los jóvenes se integran a partir de la adolescencia, cuya finalidad es prepararse para la vida adulta, pasando por las diferentes clases sociales o grupos de edad, como guerreros, agricultores ó ancianos.
Cuando los jóvenes se integran en el “grupo”, inician su aprendizaje, debiendo abandonar su hogar durante la noche, para dormir todos juntos en la choza comunitaria, abierta a los cuatro vientos. El objetivo no es sólo la convivencia, sino prestar ayuda a los mayores o a la propia aldea, como por ejemplo enfermedades, ataques, incendios, etc.




Cuentan con zonas comunes, como la plaza central, presidida por una choza comunitaria, dónde se reúnen para dirimir los problemas comunitarios, hablar, bailar o jugar. En el centro, sus habitantes reconocen sus pecados.
En ella también se ubica el árbol de las generaciones. Un largo tronco rectilíneo, en el que se ponen marcas con palos cada 18 años, pudiendo así calcular fácilmente la edad que tiene la comunidad.




Alrededor del mismo hay una serie de piedras, que se utilizan para diferentes ritos. Como por ejemplo, el que marca el paso a la edad adulta, debiendo levantar unas piedras determinadas los jóvenes que se quieran casar para obtener el permiso.




En cuanto a la religión, practican el animismo, religión que no llega al 1 % del país, aunque algunos comienzan a ser protestantes. Siendo los “Potwalla” los intermediarios entre las personas o la comunidad con las fuerzas divinas, personalizadas en “Waq”, el dios del cielo, a fin de interceder para conseguir la paz y prosperidad para el clan.
Una de sus características más diferenciales son, sin duda, los rituales asociados al culto de los difuntos, que juegan un papel fundamental en la comunidad, promoviendo no sólo la pertenencia al grupo sino también la solidaridad entre sus miembros, que se manifiestan en sus tótems y en especial en sus “Konso Waga”.




Ellos son el culto a sus antepasados, consistentes en grupos de estatuillas de madera de diferentes alturas, alguno de ellos llega al metro, que se levantan sobre sus tumbas, en recuerdo de aquellos que tuvieron alguna relevancia social, junto a su casa, en el lateral del camino o en los campos que él cultivo.



El grupo suele estar formado por una estatua central, que representa al difunto, rodeado de esposa, hijos, su enemigo con los atributos viriles amputados o algún animal salvaje, como leones, leopardos o cocodrilos, en el caso de que se haya distinguido como cazador.





Diferente es el trato que se da al jefe de la “gada”, que también tienen su “Konso Waga”, aunque con la peculiaridad de que no son enterrados hasta pasados 9 años, 9 días, 9 horas y 9 minutos desde su fallecimiento, permaneciendo mientras tanto en una cabaña momificados.




Conociendo solamente alguna de estas peculiaridades de esta singular etnia, y con el complemento de nuestro guía Eshetu, visitamos una aldea, la elegida fue una denominada GAMOLE,  de la etnia mejor organizada del lejano Sur de Etiopia, un 25 de febrero de 2020.
Cabe destacar que para realizar la visita, como todo en el Sur, hay que pasar por “taquilla” y hay que contratar a otro guía o interlocutor con los nativos, situación está perfectamente estructurada en todo el estado de las Naciones, Nacionalidades y Pueblos del Sur.





Aldea, en la que habitan unas 4000 personas, con una entrada única compuesta por un laberinto de caminos y callejas –que por momentos explica el acompañamiento del guía-, diseñados de tal forma para confundir a posibles invasores, con muros de piedras y vallas de madera, con entradas a los terrenos unifamiliares, vallados con empalizados retorcidos de maderas que le dan independencia, a los que se accede a través de una corta apertura, estrecha en su parte superior y con ramas cruzadas en la inferior, lo que  en la mayoría de los casos obliga a entrar agachados o incluso a gatas.





Entradas cuyo objetivo, parece ser, es la de dar al propietario la posibilidad de reaccionar ante el visitante o invasor, y que forma parte del carácter defensivo de un pueblo en el que la lucha entre tribus, aldeas y clanes forman parte de su día a día.


  
               
                                           
El terreno suele tener un pequeño espacio o jardín, un granero, un establo y diversas cabañas donde residen generalmente el cabeza de familia, el primogénito y los ancianos.




Las construcciones son palafitos circulares de madera con tejado cónico de paja, coronado con una decoración, aunque en algunas sus paredes están recubiertas con argamasa y barro. Nada que ver con las vistas hasta ese momento, mucho más consistentes.





Estando los establos y graneros construidos en los mismos materiales, con la parte más baja al descubierto dónde se cobija el poco ganado que tienen.






Las cabañas comunales, siguen el mismo tipo de construcción, aunque de mayores dimensiones y con grandes palos pelados en su estructura, formando diferentes pisos.
Si uno quedo sorprendido con las visitas a otras etnias tribales del Estado,  las de Desenech, Dorze, Hamer y Mursi, esta lo es por su contraste con las anteriores. Con algunos puntos en común, pero totalmente diferentes, totalmente antagónica, que deja la sensación de estar en un pueblo organizado y relativamente evolucionado.




Ya de entrada sorprende que no cobren la cantidad fija de 200 birr abonadas por cámara o teléfono en las anteriores, aquí hay que pagar a las personas que fotografías directamente, bien 5 ó 10 birr, en función de su petición o lo que pactes.



Y aunque uno no se consigue separar de la “nube de niños” que acompañan a uno desde la salida de la capital nacional, aquí se percibe que el nivel de escolarización es mayor, a pesar de que el porcentaje de más de siete años es apenas de un 35 %.




Muestra de ello, es que lo que más te intentan vender son los que ellos llaman “televisores”, pequeños artilugios de madera de bambú, que mediante un rodillo de papel se ven imágenes varias de su entorno rotando una varilla. Aunque ello no quita para que continuamente extienda la mano en petición de limosna, quizá para acudir a la tienda de “chuches”, algo sorpresivo.




El paseo por la aldea permite observar sus muchas peculiaridades diferenciadoras, los elementos sofisticados de su estructura social y sus peculiares construcciones, con un estilo arquitectónico propio e incluso plaza publica con fuente de agua.




Curiosa la amplia plaza rectangular principal, protegida por una robusta muralla y  presidida por la comunitaria cabaña, donde a píe del árbol de las generaciones uno se traslada a la visión de sus habitantes confesando sus perdones o levantando piedras para obtener el visto bueno para contraer matrimonio.




No menos la cabaña donde los adolescentes pasan sus noches juntos como vigías y desarrollando una convivencia difícil de entender en el mundo occidental.
La aldea se le ve viva, con su connotación agrícola presente en sus gentes, que portan por la misma diferentes productos obtenidos de la tierra.




En la salida de la misma, una vez visitada y aún con la jauría de niños acosándote, uno se sorprende agradablemente con la visión de unos servicios comunales, totalmente destartalados y faltos total de higiene, pero servicios. Dato claro que esta etnia, no es como las otras.




Ignoro si los konso son conocedores de la magnitud de sus aspectos antropológicos y culturales, que han merecido según la Unesco ser declarados Patrimonio de la Humanidad. Al igual que uno ignora, cuantos años van a pervivir los mismos.




Lo que si tengo claro, es que un entorno de pobreza y miseria que llega a límites extremos, los konso son un pueblo privilegiado, estatus obtenido por una organización y un trabajo que se pierde en los albores de los tiempos. Esperando que la globalización, y sobre todo el mercantilismo que vive la población etiope, en el que el dejarse fotografiar da más pingües beneficios que el trabajo, no acabe con esta cultura ancestral y única en breve espacio de tiempo, y si que les ayuden a evolucionar y a coger el tren de la prosperidad al que tienen derecho.





MÁS INFORMACIÓN COMPLEMENTARIA. Pinchar en enlaces.

“La inteligencia y el sentido común se abren paso con pocos artificios”. Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) escritor y científico alemán,


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