domingo, 10 de mayo de 2020

El lago Tana, el mar interior y espiritual de Etiopía.

Es el más extenso del país, y el décimo de África, sus penínsulas e islas acogen iglesias y monasterios cristianos únicos en el mundo.

La región de Amara,  es la base histórica sobre la que consolido la unidad de Etiopía, desarrollada durante la época imperial, al ser la zona elegida por los emperadores para establecer en ella su corte entre los siglos XV y XIX. Es en la actualidad uno de los ocho Estados, que junto con tres Ciudades Autónomas, en que se vértebra la República Democrática Federal de Etiopía desde 1995.
Situada en el altiplano etíope, con altitudes que van desde los 700 a los 4.620 metros, su extensión es de 161.828 kilómetros cuadrados, su lengua oficial es el aramiña y su población, perteneciente mayoritariamente a la etnia amara y practicantes del cristianismo copto, supera los 28.000.000 de habitantes.
Su capital es Bahar Dar, que en amariña significa “a la orilla del mar”, al estar situada a píe del lago Tana. Históricamente es una de las ciudades más importantes, siendo considerada como una de las modernas y ordenadas de las mismas.
Bahar Dar, confluencia de naturaleza, historia y modernidad.





El lago Tana, situado a una altitud de 1788 metros. es el más grande de los muchos existentes en el país, y el décimo del continente africano,  con 85 kilómetros de largo por 65 de ancho, una superficie de 3600 kilómetros cuadrados y una profundidad máxima de 14 metros.







Con una curiosa forma de corazón, en él confluyen aguas de más de 60 ríos. Y en él se encuentran las “fuentes del Nilo Azul”, dónde nace el río que desde él recorre un total de 1606 kilómetros por territorio etíope y sudanés antes de unirse en Jartun al Nilo Blanco, formando el segundo río más largo del mundo, con un recorrido total de 6853 kilómetros.





Paraíso faunística, cuenta con la declaración de Reserva de la Biosfera por la Unesco desde 2015. Está habitado por una gran variedad de peces, incluidas 21 especies autóctonas, y por una rica y variada fauna de mamíferos y por más de 300 tipos de aves acuáticos, favorecido por su ubicación, encrucijada migratoria de África, Asia y Europa.





Cigüeñas, cocodrilos, cormoranes, garzas, hienas hipopótamos, ibis, monos de diferentes razas, leopardos, pelícanos o serpientes pitón, son algunos de sus habitantes.





Auténtico mar interior de agua dulce, en un país sin mar, cuenta con cerca de cuatro decenas de islas e islotes, algunas no habitadas, cuyo número exacto varía según el nivel del lago y las diferentes interpretaciones de geógrafos, y en sus orillas se encuentran las penínsulas de Górgora, Mendabba y Zeghe.







En su orilla norte se encuentra la de Górgora, la tercera ciudad más importante de Amara, capital imperial en el siglo XVII en tiempos del emperador Susneyos, convertido al catolicismo por los misioneros jesuitas españoles y portugueses. A unos kilómetros de la ciudad, aún se conservan las antiguas ruinas del palacio y de la catedral católica, edificada por dichos misioneros.






En la orilla opuesta, la suroeste, a unos 20 kilómetros de Bahar Dar, se encuentra la de Zeghe, compuesta por un denso bosque tropical, principalmente de café, la planta endémica del país dónde fue descubierta.
El café en Etiopía. Leyenda, rito, ceremonia y hospitalidad.





Mandabba, al norte de Górgora, acoge el monasterio de Medhani Alem, uno en los que la entrada no está permitida a las mujeres.






La comunicación por el lago, sus diferentes penínsulas e islas, se hace a través de diferentes tipos de embarcaciones como transbordadores; lanchas diseñadas para turistas y las embarcaciones que lo surcan desde tiempos inmemorables, los “tankwas”. 
Las Tankwas, las embarcaciones etíopes de papiro.








Construidas manualmente con papiro, bambú y cuerdas en un solo día, y cuya vida útil es de dos a tres semanas, que son utilizadas por los nativos y sacerdotes para sus desplazamientos y para pescar.







Las islas y penínsulas albergan más de 20 templos y monasterios, fundadas por ermitaños cristianos, levantados desde mediados del siglo trece a principios del catorce, considerados únicos en el mundo.








Pos su aislamiento geográfico y su difícil acceso, estos monasterios sirvieron de refugio en el siglo XIV en el que el caudillo musulmán Ahmed Ibn Ibrahin Ghazi, el zurdo, invadió el país, siendo derrotado en 1543 en Wrine Dega, cerca del lago.





Prácticamente todos los monasterios, aunque la conservación de algunos de ellos no es la más apropiada, están habitados por monjes, e incluso algunos exclusivamente por monjas. Algunos no son visitables, y en otros no está permitida la entrada a mujeres.









Suelen ser de planta circular e interior en forma de cubo, construidas con argamasa de barro y paja, y techo de paja de teff, el cereal endémico de la región.






Cuyos interiores guardan impresionantes pinturas, así como diferentes reliquias monásticas, manuscritos y libros de la época de su fundación. E incluso algunos albergan tumbas de emperadores etíopes.







Ellos fueron los depositarios de objetos de valor procedentes de templos y palacios de otras zonas etíopes, durante las diferentes guerras civiles y externas acontecidas en el país, lo que explica la existencia de cruces, coronas y otras joyas en parte de ellos. Aunque los diferentes saqueos han mermado su número.







De inmenso interés histórico y cultural, se cree que ellos fueron los intercomunicadores de Etiopía con el mundo exterior, en concreto con los antiguos egipcios y griegos. Estos últimos denominaban al lago la “joya de Etiopía” y “el lago teñido de cobre.





Que, como no podía ser entendible hablando de Etiopía, no exentas de leyendas sobre su creación. Por ellas estuvo durante 800 años el Arca de la Alianza del rey Salomón, que llego a esas tierras en el año 400 a.C; piedras donde descanso la Virgen María de regreso de su viaje a Egipto; monasterios guardianes del Arca de la Alianza; santos que volaban sobre el agua;  otros que mataban monstruos con solo tocarles con la cruz; o troncos que navegaban solos por el lago hasta los lugares donde se levantaron las iglesias, son algunas de ellas.







El primer europeo que escribió sobre el lago Tana, las fuentes dónde nace el río Nilo Azul y las cataratas que este forma a los 30 kilómetros de su nacimiento, fue el jesuita español, aunque algunas crónicas le otorgan falsamente nacionalidad portuguesa, Pedro Páez, en el año 1618.
Las cataratas del río Nilo Azul, en Etiopía.
Puente de los portugueses,  el primero en piedra de Etiopía.





El madrileño de Olmeda de la Cebolla, actual Olmeda de las Fuentes, llegado en 1603 a Etiopía, tuvo una gran relevancia en la historia de este país. Fue capellán y convirtió a dos emperadores –Za Dengel y Susinios Segued III- al catolicismo, que se instauro como religión oficial en el país; creó escuelas; construyó el palacio de este último y una iglesia católica en Gorgora y escribió la “Historia de Etiopía” que él conoció, siendo el primero en ofrecer la detallada historia y geografía del entonces desconocido país africano.






Con motivo de un viaje turístico humanitario realizado en febrero de 2020, hemos tenido la posibilidad de visitar Bahar Dar; el lago Tana, la península de Zeghe y sus monasterios de Ura Kidane Mihret, que significa “Promesa de la Virgen María” y otros identifican como “Nuestra Señora de la Misericordia” y de Azuwa Maryam, “Virgen María”; y navegar por el nacimiento y fuentes del río Nilo Blanco.






Una mañana fue el tiempo destinado a la visita a la península y sus monasterios. Su visión fue fascinadora, conjunto espectacular, suscribiendo que son “únicos”, difíciles de imaginar y “agradeciendo” que hasta la invasión italiana en la década de los años treinta del siglo pasado, no se conociera su existencia.






Considero que, conociendo sólo dos de ellos, y salvo el primero no de los más importantes, que su conjunto bien son merecedores de ser declarados Patrimonio de la Humanidad. Sería una buena forma de dotarles de una protección y de unos medios de conservación, que permitan el disfrute de su visión para próximas generaciones.






Que completamos con la visión del lugar dónde, teóricamente, nace el mítico río, cuna de civilizaciones. Practicamente metido en la ciudad.








En él pudimos disfrutar de la visión de una manada de unos veinte pelícanos, que revoloteaban como si estuviesen domesticados, en torno a un pescador que a bordo de un tankwa, les tiraba peces al aire.






Maravilloso espectacular, que no dio la sensación de ser casual, sino una forma honesta de ganarse unos “birr” por el pobre hombre.





Pero también de la visión, esperada pero que no siempre se consigue, del mayor depredador y que más muertes humanas causa en el país, los hipopótamos.






El llamado “caballo marino” por el jesuita, al que fascinaba, del que fue también el primer europeo en describir y transmitir la peligrosidad del gigantesco mamífero acuático herbívoro para el ser humano y para las embarcaciones que navegan por el lago.





Al que en sus escritos describió como: “Es animal cuadrúpedo y tan grande como una vaca, pero los pies son muy cortos; y en cada uno tiene cuatro uñas, dos de ellas delante, y grandes y largas, otra más pequeña, y otra menor, y no están unidas sino separadas. Tiene orejas como caballo y el hocico romo; los dos dientes de encima son de cuatro dedos de grueso y de palmo y medio de largos, poco más o menos, y arqueados como los de los cerdos de bosque. Cuando abre la boca muestra que será de tres palmos o más; y su relincho parece algo al del caballo; el cuello es corto, tiene el cabello muy ralo y como de puerco; la gordura de su piel se parece a la del tocino y su carne a la de la vaca”.





Finalmente también hemos podido disfrutar de la gastronomía de los frutos del lago, degustando la “tilapia”, su pescado más valorado, una de cuyas especies tres especies más conocidas es endémica del lago y río Nilo, la Oreochromis Noliticus. La elaboración degustada era una especie de “papillote”, con una cama de arroz blanco en  la inferior y tomate en la superior. La otra forma que ofertan es a la plancha.






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“Pedro Páez, era un soldado de Dios sin espada ni mosquete, entrenado tan sólo con las armas de la dialéctica y la diplomacia”. Javier Martínez Reverte (1944 -) viajero, periodista y escritor español, en su libro “Dios, el diablo y la aventura”.

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