viernes, 1 de diciembre de 2017

Real Monasterio de San Juan de la Peña, en la Jacetania.

Epicentro de la cuna del Reino de Aragón, está declarado Monumento Nacional.

En pleno Pirineo Aragonés, en la provincia de Huesca, en la comarca de la Jacetania, se encuentra el Paisaje Protegido de San Juan de la Peña y monte Oroel, calificado como tal desde el año 2007. Enclavado en la parte somera y septentrional de su sierra, constituyendo un balcón privilegiado orientado hacia las escarpadas cumbres pirenaicas, el Real Monasterio de San Juan de la Peña se ubica a unos 20 kilómetros al suroeste de Jaca.






Desde al que se accede a través de Santa Cruz de la Serós, población de la que parte un ramal asfaltado tan curvilíneo como pintoresco que conduce al conjunto monacal.






Dos son los establecimientos monásticos que, bajo la advocación de San Juan, fueron fundados en este recóndito rincón prepirenaico: uno alto medieval, del siglo XI al abrigo de un enorme peñón, y un segundo levantado unos cientos de metros más arriba a finales del siglo XVII como consecuencia del incendio que asoló el monasterio bajo.






El primero de ellos, cubierto por la enorme roca que le da el nombre, aparece perfectamente mimetizado con su excepcional entorno natural, abarca una amplia cronología que se inicia en el siglo X. 





En él comenzó a andar el incipiente reino cristiano aragonés, siendo centro de poder religioso y político durante los siglos XI y XII, y lugar de peregrinaje en la vía francesa del Camino de Santiago.





Sus orígenes se pierden en la oscuridad de los tiempos alto medieval, con halo de leyenda y relatos legendarios incluidos, como un supuesto refugio de eremitas, aunque los datos históricos conducen a la fundación de un pequeño centro monástico dedicado a San Juan Bautista en el año 920, del que sobreviven algunos elementos. 





Abandonado durante los últimos años del siglo diez, fue refundado bajo el nombre de San Juan de la Peña, por Sancho el Mayor de Navarra hacia el año 1026, quien introdujo en él la regla de San Benito, norma fundamental en la Europa medieval, cediéndoles el conjunto en el año 1071 e introduciendo en la Península Ibérica el rito romano, en perjuicio de la liturgia hispano visigoda imperante hasta entonces.





A lo largo del siglo XI, durante el primer período del Reino de Aragón, comenzando por Ramiro I, el centro se amplió con nuevas construcciones, convirtiéndose en panteón de los primeros reyes aragoneses y monasterio predilecto de la incipiente monarquía aragonesa que lo dotó con numerosos bienes y posesiones rescatadas a los musulmanes. A finales del siglo XI se construyó la nueva iglesia  y ya iniciado el siglo XII el impresionante claustro con la abrupta pared de la cueva como único techo.






A partir de finales del siglo XII y todo el XIII, en cenobio inició un lento proceso de decadencia, justificado por las nuevas conquistas y el desplazamiento de los focos de influencia. Continuando su ostracismo y decadencia durante toda la Baja Edad Media, que culminó con el devastador incendio de 1675, que motivo el traslado de la comunidad a un nuevo cenobio barroco levantado unos cientos de metros más arriba,  en la llamada pradera de San Indalecio.






Tras la invasión francesa y, sobre todo, tras la desamortización de Mendizábal, ambos monasterios quedarían abandonados, siendo posteriormente declarados Monumentos Nacionales en 1889 y 1923 respectivamente, procediéndose a su restauración y adecuación para el turismo, existiendo en la actualidad un centro de interpretación, una hospedería y un pequeño museo.






El conjunto monacal primigenio, que aglutina diversos estilos artísticos, está dividido en dos niveles en altura: uno inferior en el que se encuentra la primitiva iglesia mozárabe y la llamada sala de los Concilios; y uno superior en el que, sobre el propio templo bajo, se acomoda una segunda iglesia, el panteón real, el celebérrimo claustro, así como una serie de dependencias monacales anejas.






PLANTA BAJA.

La iglesia mozárabe.
Nada más entrar en el edificio se encuentra, a mano derecha al fondo, semi excavada en la roca, la iglesia dedicada a los santos Julián y Basilisa, es el más antiguo testimonio conservado del cenobio, remontándose su consagración al año 920.






Consta de dos cortas naves cubiertas por bóvedas de cañón y separadas por arcos de herradura sobre columnas, que culminan en dos ábsides rectangulares excavados en la roca.






En el siglo XII fue desplegado en los muros y bóvedas de la cabecera mozárabe un amplio programa iconográfico basado en la vida y martirio de los santos Cosme y Damián, que se encuentra muy perdido a día de hoy.







Al construirse la iglesia románica, esta zona paso a realizar las funciones de cripta, dónde se encuentran enterrados cinco abades.
En una segunda fase constructiva, coincidente probablemente con el reinado de Sancho el Mayor, fue ampliada mediante la prolongación hacia los pies de sus dos naves, las cuales, comunicadas a través de escaleras, quedan a un nivel ligeramente inferior respecto a la cabecera.







Sala de los Concilios.
Con la remodelación y ampliación realizada en el siglo XI, contigua a la iglesia inferior y comunicada con la misma, se creó la sala de Concilios, destinada a albergar los dormitorios de los monjes, conservándose incluso horadados en la pared varios enterramientos.





La estancia, accesible también desde el exterior a través de unas escaleras, presenta una planta trapezoidal, quedando dividido el espacio interior en ocho tramos, separados por arcos rebajados y cubiertos por bóvedas independientes de cañón.






PRIMERA PLANTA.

Las dependencias por orden de ubicación, que en la misma se encuentran, son: horno de pan, panteón real, panteón de nobles, museo, la iglesia superior románica, la puerta mozárabe, capilla gótica de San Victorián, el claustro románico y la capilla de San Boto.





Horno.
Al inicio de la planta, en el ala izquierda, se encuentra lo que fueron las cocinas, en las que es visible el horno, junto con tres tumbas antropomórficas, así como una vitrina expositiva con su panel explicativo.







Panteón de Nobles.
En la entrada del monasterio, se encuentra la escalera datada en 1301, que desemboca en el Panteón de Nobles, pequeño espacio al descubierto habilitado entre la iglesia, las celdas monacales convertidas hoy en museo, y el moderno panteón neoclásico, el cual, fue acomodado sobre el muro en el que se disponen los enterramientos.






Las tumbas, empotradas en el muro, se suceden bajo una cenefa ajedrezada divididas en dos registros: doce en el superior y diez en el inferior. 






Los veintidós enterramientos que suman en total presentan la misma disposición, quedando individualizadas mediante arcos de medio punto de roscas ajedrezadas o perladas que inscriben, a modo de pequeños tímpanos, distintos motivos decorativos.






Además de las tumbas, son también numerosas las laudas funerarias alusivas a diferentes personajes relevantes. El último noble enterrado en este panteón fue Don Pedro Pablo Abarca de Bolea X Conde de Aranda, quien realizo la reforma del Panteón Real.






Museo.
Habilitado en la zona de celdas de los monjes, a la derecha del Panteón de Nobles, se encuentra el modesto museo.






En él se pueden apreciar diferentes capiteles aislados aparecidos en diversas restauraciones o campañas de excavaciones y paneles explicativos sobre el cenobio, su historia y hechos relacionados.






Panteón Real.
Entre el Panteón de Nobles y la propia peña, bajo la cual se asientan las distintas dependencias monásticas, se situaba el Panteón Real original en el que reposaban los restos de los reyes de Aragón y Navarra, entre ellos Ramiro I, Sancho Ramires y Pedro I. 






Sin embargo, en el siglo XVIII y por mandato del rey Carlos III, fue erigido el suntuoso panteón neoclásico actual, después del incendio producido en 1675.






La iglesia superior.
Situada sobre la primitiva iglesia mozárabe, fue edificada en dos etapas: una primera encuadrable cronológicamente en el reinado de Sancho el Mayor, de la que tan sólo se conserva un lienzo hacia el costado de la epístola; y una segunda que correspondería a la actual fábrica que, promovida por el rey Sancho Ramírez, fue definitivamente consagrada en el año 1094.





Su espacio queda definido mediante una amplia y diáfana nave de tres tramos separados por fajones de medio punto que, cuya cabecera se encuentra  excavada en la roca. 





Consta dicha cabecera de tres ábsides de planta semicircular cubiertos con bóvedas de cuarto de esfera precedidas de brevísimos tramos rectos con bóveda de cañón, siendo ligeramente de mayor tamaño el altar central, dedicado a San Juan, respecto a los dos laterales, bajo la advocación respectivamente de San Miguel y San Clemente.




Capilla de San Victorián.
A la izquierda de la cabecera de la iglesia románica, al norte del claustro, se encuentra la capilla de San Victorián. Ejemplo de arquitectura gótica flamígera, que contiene decoración pintada en el siglo XIII y cuyo fin era albergar los enterramientos de los diferentes abades.










Capilla de San Boto y Félix.
La edificación más al sur del cenobio, a los pies del claustro, es la capilla de San Boto y Félix, de construcción posterior, en la que destaca su portada de estilo barroco realizada en el siglo XVII.









Claustro románico.
Por una puerta de arco de herradura mozárabe, en la que destacan sus inscripciones de caracteres mozárabes, desde la iglesia románica se pasa al claustro levantado a finales del siglo XII y principios del XIII, que se ha convertido en el ícono del conjunto monacal.







Del que quedan restos del muro que lo protegían del exterior y cuyos muros cuentan con laudas epigráficas dedicadas a miembros de la comunidad tras su fallecimiento.





Compuesto por arquería de medio punto, dispuesta sobre un podio, los arcos se rodean por una moldura ajedrezada y descansan sobre columnas con capiteles muy decorados, con iconografía sobre escenas bíblicas.







Siendo de suponer que en su totalidad constituiría una verdadera y completísima Biblia pétrea, sin embargo, debido a la desaparición casi total de las pandas sur y este, sólo son visibles las escenas labradas en los capiteles de los lienzos norte y oeste así como con algún capitel aislado y descontextualizado aparecido en los alrededores y recolocado de manera aparentemente aleatoria, que hacen un total de 26 capiteles.







Como importante centro religioso que fue durante la Edad Media, el monasterio  custodió grandes obras de arte, unas perdidas y otras expoliadas. Entre ellas las reliquias de San Indalecio, llevadas a Jaca en el siglo XIX, y sobre todo un cáliz que fue considerado durante siglos el Santo Grial, del que es visible una reproducción.






Según la leyenda, éste permaneció en el monasterio, después de pasar por diversas ubicaciones, como la cueva de Yebra de Basa, el monasterio de San Pedro de Siresa o la Catedral de Jaca. En 1399 el rey Martín I lo traslado primero a Zaragoza y posteriormente a la Catedral de Valencia, donde permanece.







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“No se concibe el Santuario sin el monte. De tal modo se armonizan y se complementan las bellezas de la naturaleza y las producidas por el genio del artista. Quitad el monte al Santuario y habréis mutilado el monumento”. Párrafo del informe del Distrito Forestal de Huesca oponiéndose a la venta del monte del Estado “San Juan de la Peña”, 9 de julio de 1869.



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