domingo, 29 de octubre de 2017

Albarracín, en Teruel, el pueblo de color rodeno.

Ubicada en el suroeste de la provincia de Teruel, está considerado uno de los pueblos más bonitos de España.


Albarracín es la cabeza comarca de la sierra de mismo nombre, ubicada en el noroeste peninsular, en el suroeste de la provincia de Teruel, en el Sistema Ibérico. Geográficamente situada en un entorno de de gran valor geológico de gran belleza y relevancia, es un eje estratégico de comunicaciones entre las ciudades de Teruel, Valencia, Cuenca y Zaragoza. Territorio de parajes recónditos, esconde hermosos paisajes surgidos de una difícil orografía, que se articula en torno a un variado conjunto de barrancos, cañones, peñas, valles y extensos bosques, bajo la protección de la Reserva Nacional de los Montes Universales, de la que es una estribación.





Encastrada en una hoz del río Guadalaviar, encajonada en un meandro del río que nace en la sierra y que a su paso por la ciudad de Teruel mudará su nombre por el de Turia, en mitad de un paisaje de fantasía, se levanta la localidad de Albarracín, situada a 1.171 metros de altitud, con una población que apenas supera el millar de habitantes, que habitan el segundo municipio más extenso de la provincia de Teruel, con 452 kilómetros cuadrados.





Su historia se pierde en el albor de los tiempos. Al Neolítico pertenecen las pinturas rupestres del llamado estilo levantino, que se encuentran en varios abrigos de los cañones que forma el río y en los pinares de los alrededores, declarados juntos con otros de su estilo, Patrimonio Mundial del arte rupestre levantino, que propició la creación del Parque Cultural de Albarracín.






Fundada por la tribu celta de los lobetanos, los romanos la bautizaron como Lobetum. Reino árabe de Taifas en el siglo XI, gobernada por la dinastía de los Bari Racín, de dónde procede su actual nombre, fue señorío independiente en el siglo XII bajo el dominio de los navarros Azagra hasta integrarse en el reino de Aragón.




Auténtica joya del patrimonio arquitectónico español, ha conservado modelos y materiales constructivos tradicionales, acumulando huellas de todas las civilizaciones que por ella han pasado.






Conjunto perfectamente homogéneo, es una realidad viviente de un cuento medieval, encaramada en un peñón, rodeada por un imponente cinto de murallas y por el río Guadalaviar, con casas apiñadas de color rodeno en lo alto de un farallón colgando sobre el abismo roqueado de la serranía.





Posiblemente su mayor encanto está en el trazado de sus calles, empedradas y empinadas, adaptadas a la difícil y complicada topografía del terreno, con escalinatas y pasadizos, y en el conjunto de su caserío de muros irregulares, del color rojizo, con entramado de madera, en difícil equilibrio, con balcones y voladizos que casi se juntan de unas casas a otras, así como las vistas que regala su privilegiado emplazamiento.







Su imponente muralla fortificada, fue construida en tres épocas diferentes. El Alcázar y la torre del Andador, corresponden al siglo X, al período de dominación musulmana; en el siglo siguiente, los reyes taifas construyeron las murallas que rodean el arrabal conocido como Engarrada, y del período de la reconquista de los reyes de Aragón, los tramos más nuevos y la mayoría de los fuertes y torres que se conservan.







Su patrimonio artístico cuenta con importantes construcciones religiosas y civiles, entre las primeras destacan la iglesia de Santa María de Levante, visigoda, sustituida por otra de fábrica medieval y levantada de nueva planta en 1567 y la Catedral de El Salvador, de estilo gótico, de nave única con capillas laterales, construida en el siglo XIII con importantes reformas en el siglo XVI y en la que en los últimos años se le ha practicado una rehabilitación integral.








Anexo a la catedral se encuentra el palacio Episcopal, residencia de los obispos de Albarracín desde su construcción en el siglo XVI hasta el fallecimiento del último de ellos en 1839, cuya actual fachada de estilo barroco se incorporó en el siglo XVII, y que en la actualidad acoge una valiosa colección de tapices flamencos.







De la Edad Moderna, fruto del desarrollo económico, se construyeron caserones y palacetes, estando los más importantes en torno a la plaza de Santa María con sus porches y ventanales, hoy plaza Mayor, como son el edificio del actual consistorio del siglo XVI, con sus balcones de madera y su corredor corrido sobre el río o la casa de Juan Gómez.








De la plaza parten las calles, en las que se disponen las llamadas “casas colgantes” y las casas señoriales de los Dolz de Espejo, Monterde,  los Navarro Arzuriaga,  la casa de la Brigadiera, la de la Comunidad  o la de la célebre Julianeta, símbolo de la ciudad, con su geometría imposible.







Callejear por la ciudad es descubrir un rincón nuevo o alguna casa con algún detalle llamativo, como los peculiares picapuertas con figuras de lagartos, otro de los símbolos albarraciences.








A ello se suma una amplia oferta museística compuesta por el museo Diocesano, el de la Historia de Albarracín, el de la ciudad, el del juguete y el de la forja, y una serie de salas de exposiciones varias.








Por todo ello, su conjunto artístico histórico fue declarado bien de interés cultural, Monumento Nacional en 1961, en 1966 recibió la medalla de oro al mérito en las Bellas Artes, y en la actualidad se encuentra propuesta para ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. A la vez que está considerado uno de los pueblos más bellos de España.





Sin embargo la realidad que ahora se vive, con la ciudad divida en la parte antigua y amurallada y el Arrabal, la nueva ciudad situada en la vega del río, motivo de interés y reconocimiento general, no es la que el visitante se hubiese encontrado hace tres décadas.






El despoblamiento rural español de esa época, generó un proceso de decadencia en la comarca que llegó a alcanzar uno de los índices de despoblamientos mayores de Europa, que fue superado gracias a la constitución de la Fundación Santa María de Albarracín, que no sólo atajó el problema, sino que lo ha revertido.





Auspiciada por su actual gerente, el geógrafo Antonio Jiménez, y participada por el Gobierno de Aragón, el Obispado de Teruel y Albarracín, IberCaja y el Ayuntamiento local, ha convertido la restauración de su patrimonio en su motor económico. A partir de sus escuelas-taller, le dio un impulso a la vieja idea regeneracionista de convertir la restauración y conservación del patrimonio artístico y arquitectónico en una fuente de recursos, consiguiendo crear un buen número de puestos de trabajo –más de 40- y revertir la perdida de población, logrando sacar de la incuria y el olvido, y en numerosas ocasiones salvado de la ruina, monumentos y casas particulares. Entre unas cosas y otras la ciudad se ha ido restaurando entera.









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“Turista es aquel que va a ver lo que ya sabe que quiere ver y la actitud del viajero es encontrarse con cosas que no esperaba”. Javier Martínez Reverte (1944 - ) periodista, escritor y viajero español.

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