viernes, 23 de noviembre de 2018

Belmonte, el asentamiento judío de Portugal.

Situada en los acantilados de la serra da Gardunha, es una de las doce aldeas integradas en la “Red de aldeas históricas de Portugal”.

En el año 19991, el gobierno de Portugal, puso en marcha el programa denominado “Red de aldeas históricas”, con el objetivo de dar al interior de la región centro una estrategia de desarrollo y valorización centrada en los valores de la historia, la cultura y el patrimonio, así como combatir los efectos del paso del tiempo y la desertización.
Aldeas unidas por ubicaciones estratégicas junto a la frontera española, fruto de la preocupación de varios reyes preocupados por la defensa del territorio, que se encargaron de poblar y fortificar la región, edificando castillos y murallas, otorgando cartas forales y ofreciendo privilegios a quien allí se estableciese.
La Red la constituyen doce aldeas: Almeida, Belmonte, Castelo Mendo, Castelo Novo, Castelo Rodrigo, Idanha-a-Velha, Linhares da Beira, Marialva, Monsanto, Piódao, Sortelha y Trancoso.
Sortelha, la sortija medieval de Portugal.

En la región Centro, en la subregión Beiras y Serra da Estrela, en el distrito de Castelo Branco, en la comarca de Cova da Beira, en los acantilados de la serra da Gardunha, se encuentra Belmonte. Municipio, que limita al norte con el de Guarda, al este con Sabugal, al sudeste con Fundao y al oeste con Covilha.






Tiene una extensión de 114,56 kilómetros cuadrados, se encuentra dividido en 5 freguesías: Belmonte, Caria, Colmeal da Torre, Inguias y Maçainhas y cuenta con un censo poblacional de 7.192 habitantes –censo de 2015-.





Su ubicación estratégica le hizo dominar desde tiempos inmemoriales territorios y rutas de comunicación. Los restos de dólmenes y poblados, datan la presencia humana al menos desde el Neolítico Final, así como en la Edad del Bronce y del Hierro.







Siendo los romanos los vestigios existentes más importantes, con los restos de la villa Quinta de la Fórnea y la expectacular torre Centrum Cellas, en Colmeal da Torre, de 12 metros de altura y cuyo uso está aún sin esclarecer, declarada Monumento Nacional desde 1927. Así como materiales relacionados con la explotaciones agrícolas y mineras, entre otras actividades, que verifican el dinamismo económico vivido en el municipio, beneficiado a su vez por ser paso de la calzada romana que comunicaba Emerita Augusta (Mérida) con Bracara Augusta (Braga).








El municipio recibió la carta foral del rey Sancho I en 1199 con el objetivo de promover su desarrollo, siendo la su torre y castillo construido por orden de Alfonso III, que  integró la línea defensiva que, antes de la firma del Tratado de Alcañices en 1297, protegía el territorio del Alto Côa, siendo el territorio donado por Alfonso V a Fernando Cabral, alcalde mayor.






Tierra de acogida de otros credos y culturas, allí se asentó una comunidad judía sefardí que sobrevivió siglos y siglos, perdurando en la actualidad. Su presencia está datada a finales del siglo XI, con el descubrimiento de una lápida fechada en 1297, viéndose incrementada la misma con los judíos llegados de España después de la orden de expulsión de los Reyes Católicos en 1492. Y aunque muchos la abandonaron posteriormente por otro decreto de expulsión a quien no se convirtiese realizado por Manuel I, Belmonte fue una de las localidades elegidas por un pequeño grupo de judíos sefardíes que, negándose a salir del reino, se aisló en la población y mantuvo en secreto durante más de cinco siglos los preceptos judíos.







Como reconocimiento y homenaje a esa comunidad y su historia, la ciudad cuenta desde el año 2015 con el museo Judaico, el primero existente en Portugal, que cuenta con un más de un centenar de piezas originales que van desde los siglos XV al XX, utilizados en sus profesiones, vida cotidiana y actos religiosos, que retrata la historia de un pueblo, así como su integración en la sociedad portuguesa y su papel crucial en la cultura, arte, literatura y comercio. Museo que ha revolucionado el turismo local y comarcal al ser foco de gran interés en la comunidad judía no sólo nacional, sino también internacional.






La presencia también es constatable a través de edificaciones construidas según sus costumbres, con pequeñas aperturas y cruces en las hombreras, como las existentes en el entorno de la antigua judería, en el centro de la localidad.








Comunidad que cuenta con la moderna Sinagoga Bet Eliahou, construida en 1996, y un centro de formación judaica.







Por ello el municipio es conocido como tierras de judíos y de los Cabral, la familia a la que perteneció su territorio durante siglos.





Su icono monumental es el Castillo, de trazado ovalado irregular fue mandado construir por el rey Alfonso III al Obispo Egas Fafes en 1258, jugando un papel importante defensivo antes de la firma del Tratado de Alcañices.








La definición de fronteras lo relegó a una segunda línea de defensa, perdiendo su función militar, siendo donado en 1446 por el rey Alfonso V al gobernador Fernando Cabral junto con su territorio. Teniendo en él los Cabral su residencia durante tres siglos, desde el siglo XV al XVII.













Abandonado después de un importante incendio en el siglo XVII, sufrió varias remodelaciones, estando formado en la actualidad por el conjunto de murallas, la torre del homenaje, parte de la cual se utiliza como centro de exposiciones, parte de la antigua “alcaidaria” –conocida como Paço dos Cabrais- y un moderno anfiteatro al aire libre. 



   










Siendo su elemento de valor artístico su ventana manuelina construida en granito.



  





A la familia de los Cabral perteneció el belmontense más ilustre, Pedro Álvares Cabral, el tercer hijo de Fernando Cabral. Militar, capital de la segunda armada -después de la Vasco de Gama- que salió desde el puerto de Belem con destino a la India bajo el mandato del rey Manuel I, quien descubrió el actual Brasil, arribando al actual estado de Bahia el 22 de abril del año 1500, tras 43 días de viaje.





En su honor, en el antiguo solar de los Cabral, se ubicó el museo de los Descubrimientos. Cuenta con 16 salas repartidas en dos plantas, dónde a través de un proyecto interactivo, de sensaciones y efectos en base a nuevas tecnologías multimedia, el visitante conoce una historia de 500 años de construcción de un país y de la portugalidad, con los descubrimientos marítimos portugueses y, en especial, al de Brasil, detallando desde la preparación del viaje a la India hasta su llegada.






La joya del arte religioso es la iglesia de Santiago. De traza románica, aunque con modificaciones a lo largo de los tiempos, edificada en los siglos XII y XIII, que acoge el panteón de la familia Cabral desde el siglo XV, dónde se encuentra el intrépido descubridor y sus padres.









Su interior alberga la capilla edificada en 1240; una pila bautismal del siglo XIV; frescos de dos períodos diferentes; restos de un fresco de un tríptico de figuras de Nuestra Señora, Santiago y San Pedro.







   





Y anexado el panteón de los Cabrais, construido en 1483 con las tumbas de varios miembros de la familia.







Las capillas de San Antonio y del Calvario, en la plaza del Castillo, son las otras dos referencias religiosas de la ciudad.







Su oferta cultural la completa su amplia oferta museística, que reflejan y divulgan su historia, patrimonio y tradiciones. Al museo Judaico y al de los Descubrimientos, se suman el del Aceite y el ecomuseo del Zêzere. 
El primero ubicado en un antiguo lagar se expone toda la maquinaria de la transformación de la aceituna en aceite en el siglo XX. Mientras que en los antiguos almacenes de los Cabrais, edificados en el siglo XVI, se muestra la flora y fauna del recorrido por el municipio del río Zêzere.




El actual edificio consistorial o la casa de la rueda de Caria, edificada posiblemente en el año 1784 como reza una inscripción en su fachada, presentando su ventana la rueda local, donde en la oscuridad de la noche se dejaban a los niños repudiados.



                                       





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“Tierra soleada, de buenas gentes, paisajes sin fin y una historia de siglos”. Eslogan de Belmonte.

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