martes, 14 de febrero de 2017

Castillo de los Templarios en Ponferrada (Léon).

Bien de interés cultural, que goza de la declaración de Monumento Nacional desde 1924.


Ponferrada, capital de la comarca del Bierzo, en el occidente de la  provincia de León, está situada en la confluencia de los ríos Sil y Boeza. Su extensión es de 283 kilómetros, cuenta con 37 núcleos de población y su población en el área metropolitana está cercana a los 70.000 habitantes. Debe su origen y nombre a la construcción de un puente medieval –siglo XI- reforzado con hierro, Pons Ferrata, sobre el río Sil.
Milenario hito jacobeo, paso del Camino de Santiago francés, enclave de la Orden del Temple entre los siglo XII y XIV, villa de realengo y ciudad moderna y hospitalaria, su casco histórico y su privilegiado entorno natural son dominados por el castillo de los Templarios y su rico patrimonio cultural la convierten en uno de los íconos turísticos de la provincia de León.







Castillo fortaleza, de 8000 metros cuadrados, con murallas, torres, escudos, troneras y miradores, construidos en diversas épocas y estilos, entre los siglos XII y XVI, que conforman un singular conjunto monumental. Conjunto fortificado más importante del norte peninsular y uno de los enclaves templarios más importantes y significativos  de Europa.






En el lugar dónde se levanta, anteriormente estuvo ubicado un castro celta y posteriormente una ciudadela romana y un asentamiento visigodo.






En 1178 Fernando III de León permite que los templarios establezcan una encomienda en la pequeña fortaleza existente en la villa. Los míticos monjes-caballeros pertenecientes a la primera orden militar del mundo, construyeron el Castillo sobre los que era un pequeño poblado con una cerca hecha de cantos y barro, habilitándolo  durante casi siglo y medio, hasta el año 1312 que se disuelve la orden.







Tras ser confiscado a la Orden, la propiedad paso a la corona de León y a Pedro Fernández de Castro. En el siglo XV perteneció al Duque de Arjona, a su hermana Beatriz de Castro y al esposo de está, Pedro Álvarez Osorio, Conde de Lemos, hasta que en 1486 los Reyes Católicos toman posesión del mismo, siendo gobernado en los siglos XVII y XVIII por un Corregidor en nombre de la Corona. Desde 1850 hasta 1924 se produce  un declive, abandono y deterioro, que se frena con la declaración de Monumento Nacional.






El Castillo, que se erige majestuoso sobre un espigón rocoso, no es un edificio único, sino un recinto en el que se acumulan una serie de elementos independientes. Es el resultado de una larga serie de ampliaciones, reformas y añadidos que suponen un largo viaje por la historia.






Con forma de polígono irregular, rodeado de un foso excepto en su parte noroccidental dónde su función la cumple el río, en él se distinguen dos partes claramente diferenciadas: la norte, del siglo XII, y el resto construido a lo largo del siglo XV, con reformas realizadas en los siglos XIX y XX.







Esta hermosa muestra de arquitectura militar sorprende por su grandiosidad. Son más de ocho mil metros cuadrados de superficie, a los que se accede desde el lado sur a través de una impresionante portada principal de mampostería, que flanquean dos torreones rematados de finas almenas un amplio arco de medio punto.






Tras este arco se alzaban las puertas de acceso al patio en el que, a la izquierda, se sitúa la torre del homenaje, desde la que se accede al patio de armas, hoy cubierto de escombros.






Puertas construidas por Pedro Álvarez de Osorio, Conde de Lemos, en la segunda mitad del siglo XV, levantadas entre las torre del Moclín y de la Cabrera, cuyas terrazas dotadas con saeteras, matacanes y troneras, las dotan de un eficaz sistema defensivo.






La torre del Moclín, también llamada de los Caracoles por las torrecillas almenadas que rematan su puerta principal con rastrillo, fue levantada por el mismo Conde entre los años 1440 y 1463. En ella termina la fachada noroeste, que constituye un parapeto corrido sobre el río Sil.









De planta hexagonal irregular, sus plantas acogen una exposición de una colección de las vestimentas utilizadas en distintos oficios medievales.






Bajo él se abría una nueva ronda que defendía el subterráneo que unía el castillo con un aljibe, situado en una torre albarana.






También de 1440 data la construcción de la torre de la Cabrera, la de mayor envergadura, y que toma el nombre de la comarca hacia la que está orientada. Se alza sobre los restos más antiguos de la primitiva muralla, engarzando con la parte alta y cortando la baja, reforzando la defensa de la entrada del recinto.







En la ronda alta, entre las torres Cabrera y Malvecino, se encuentra el palacio renacentista con su patio interior, conocido como Palacio Nuevo, recientemente rehabilitado. 









Por su arquitectura y gran superficie – 4.000 metros-  es uno de los conjuntos palaciegos más importantes del siglo XV del norte de España.






Igualmente mandado construir por el Conde de Lemos, en sus torres de los Azulejos y del Cenador Alto, se ubica el “Centro de investigación y de estudios históricos del siglo XV” y la “Biblioteca Templaria”. Acogiendo el primero, en la actualidad, la  exposición bibliográfica “Templum Líbri”, compuesta por un centenar de libros, una de las mejores colecciones del mundo en su género, que muestra la grandeza de los libros más bellos de la historia.








En el extremo sureste se encuentra el Castillo Viejo. Edificado entre los siglos XIV y XV, después que los templarios fuesen obligados a abandonar su fortaleza, en obras iniciadas por Pedro Fernández de Castro, continuadas por el Duque de Arjona, por Pedro Álvarez Osorio y por los Reyes Católicos.






A él se accedía por dos puertas, la principal abierta por un arco apuntalado por un balcón superior y en su momento dotada de un puente levadizo y otra más pequeña en su interior con acceso a la ronda.






En el costado izquierdo, el castillo está jalonado por dos torres: el cubo circular del Conde de Arjona y la torre del Homenaje.








El Castillo, es sin duda, la joya de la Ponferrada monumental. Su privilegiada situación en el corazón de la ciudad, entre rumores de ríos, montañas y huellas de peregrinos, evoca el espíritu de los míticos monjes que lo construyeron, cuya memoria, conservada y reedificada por los nobles que los sucedieron, habita aún entre sus venerables muros. Cada edificio, cada torre, cada puerta, e incluso cada tramo de muro tiene desde la Edad Media un nombre propio, un aparejo distinto, y en muchos casos, un escudo y una inscripción que identifica a un promotor diferente.










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“Si el señor no protege la ciudad, en vano vigila quien la guarda”. Filosofía de la Orden del Temple.





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