miércoles, 19 de diciembre de 2012

Santa María de Lebeña. Cantabria.

Iglesia mozárabe del siglo IX, ubicada en la localidad cantabra de Lebeña, y que es un ejemplo único del arte mozárabe en España, no exenta de una curiosa leyenda y que en 1993 fue profanada y la imagen de la Virgen robada.


Santa María de Lebeña, perteneciente al municipio de Cillorigo de Liébana y a doce kilómetros de Santo Toribio de Liébana, esta datada en el año 924, es Monumento Nacional desde el 27 de marzo de 1893, y una de las pocas obras en al que se puede analizar la fusión de los estilos visigodos, prerrománico asturiano y mozárabe. Es una de las dos iglesias de Cantabria, junto con la de San Román de Moroso, en el valle del Besaya, consideradas de estilo mozárabe.
Es en el cartulario de dicho monasterio fechado en el año 925, aunque parece ser una transcripción del siglo XIII)  es dónde se encuentran los documentos que informan de su fundación y origen, patrocinado por los los condes de Liébana, posiblemente mozárabes procedentes de Sevilla, don Alfonso y doña Justa,  aunque no hay nada seguro al respecto, para depositar los restos de Santo Toribio, que pretendían robar en el monasterio por entonces llamado San Martín de Turieno, dónde se encontraban. Tras  perder la vista -por no ser del agrado del santo- dieron sus heredades al citado monasterio:
En nombre de Dios. Sea notorio y manifiesto que yo el conde Alfonso y mi esposa, la condesa Justa, edificamos la iglesia de Santa María de Lebeña para trasladar el cuerpo de Santo Toribio a ella y mis siervos lo tomen y entierren, y como lo hubiesen tomado para enterrar, fui castigado por el juicio divino y quedé ciego hasta el presente, y mis soldados, que eran inocentes, al empezar a cavar con azadas quedaron también ciegos. Entonces ofrecí mi cuerpo y todo cuanto tengo en Liébana a Santo Toribio y a ti, abad Opila, y a los clérigos que allí sirven a Dios...



 Cara sur, con el tejo milenario a la izquierda.



Sea cierta o no esta historia, la misma se convierte en leyenda, enriquecida con la existencia de dos árboles en su exterior, que parece ser representan los espíritus de la andaluza doña Justa, en forma de olivo en el lado norte, y del cantabro don Alfonso, en forma de tejo en el sur. Este fue derribado por el viento en el año 2007, y aunque su tronco aún esta en píe, será sustituido por un esqueje del mismo



Lado norte, con el olivo en primera línea.



En 1187, el rey castellano Alfonso VIII donó la iglesia al abad del monasterio benedictino de San Salvador de Oña, aunque el propio rey desconocía como había llegado a ser de su propiedad. Es posible que al haber sido una fundación condal, en algún momento hubiese pasado a la corona.
Sin embargo, desde el siglo XI y hasta el siglo XVI en que se convierte en parroquia, cae, junto con sus pertenencias, bajo la dependencia del abad de Santo Toribio. Los monjes cobraban las rentas de esta iglesia y poseían abundantes propiedades en el pueblo. Muchos vecinos de Lebeña donaban tierras al cenobio para la salvación de sus almas, otros arrendaban o intercambiaban campos y sobre todo viñas, que constituían una de las principales riquezas agrícolas de la comarca.
En el siglo XVI, al menos desde 1510, comienzan a surgir pleitos a causa de que los vecinos de Lebeña no reconocían el señorío del prior y se negaban a pagar los diezmos al monasterio. Con el tiempo, acaban desligándose del mismo y consiguen la creación de una parroquia autónoma, que ha perdurado hasta nuestros días.
La advocación completa de esta antigua iglesia era de Santa María, San Salvador, San Román, Santa Priesca y Santas Justa y Rufina. La restauración de 1897, tras ser declarada Monumento Nacional, respeto las trazas fundamentales del primer edificio.








La unidad estilística que presenta indica que pudo ser construida para ser capilla funeraria,  tiene forma de cruz griega inscrita en un rectángulo, casi cuadrado, del que sobresalen tres ábsides planos, algo más largo el central, que es de de la misma anchura que la nave central, siendo los laterales en forma de trapecio, algo más estrechos que las naves correspondientes. Para su construcción se utilizo piedra de mampostería, utilizándose la sillería solo en los ángulos y en los cercos de los vanos, siendo sus medidas de planta de 16 metros de largo por 12 de ancho.
Cabe destacar la influencia del arte asturiano en la forma de su cabecera tripartita, plana e irregular, así como lo tres compartimentos que existen en el lado opuesto, y en el que posiblemente estuviera la entrada principal, sustituida posteriormente por la puerta lateral actual al añadir el pórtico del costado sur.
En el exterior el templo presenta una forma casi cuadrangular coronada por el volumen que forman los dos primeros tramos de la nave central que se elevan por encima de los demás. Su planta es rectangular. La cabecera recta, orientada hacia el Este, presenta tres ábsides paralelos, el mayor algo más profundo, y tres naves separadas por cuatro pilares exentos. En su estructura se mezclan elementos de tradición visigoda -la planta y el alzado-, prerrománico asturiano -el aparejo y los ábsides-, y propiamente mozárabe: pilares, arcos, alfiz, técnica decorativa y concepto espacial.








La disposición en planta basilical de tres naves, la central algo más ancha que las otras, se asemeja a la de los templos prerrománicos asturianos. La cabecera es tripartita, estando formada por tres capillas absidiales escalonadas, de planta rectangular, comunicadas entre sí por arcos de medio punto que cargan directamente sobre las jambas. También son de medio punto peraltado el arco de triunfo y los que dan acceso a las capillas laterales desde sus respectivas naves. Esta es la primera iglesia de España en la que aparece el pilar compuesto cruciforme.








El espacio interior es de compartimentación horizontal y vertical, subrayada por el empleo de la bóveda de cañón longitudinal en la nave central, y transversal en los tramos de las naves laterales. La cubrición de los diversos espacios en que se distribuye el templo se realiza mediante bóvedas de cañón; pero, mientras que los ejes de las bóvedas de la nave central y de los ábsides son longitudinales, los de las naves laterales son transversales. Su sustentación se confía a arcos de herradura -tanto los transversales como los formeros- que descansan sobre columnas de fuste circular con interposición de capiteles corintios adornados por dos o tres órdenes de hojas de acanto y collarines típicamente asturianos, que hacen referencia a la eternidad. Estas columnas se adosan a los muros o a pilares de sección cuadrada para formar, en este caso, soportes compuestos de gran robustez.








Tanto los capiteles vegetales del interior como los modillones de lóbulos que sostienen el alero el tejado, muestran una excelente labra. Los capiteles son derivados del corintio, con hojas de acanto, símbolo de la eternidad, apareciendo a veces planetas (símbolo de la fertilidad y del triunfo) y rosetas, símbolo de Cristo.
La importancia excepcional de Lebeña con respecto al arte prerrománico radica en la utilización por primera vez de ese tipo de pilares compuestos, preparados con sus columnas adosadas para recibir los arcos fajones y formeros, solución que será sistemáticamente utilizada en el Románico.
Externamente ofrece el edificio un insólito juego de volúmenes debido a las diferencias de altura de cada uno de los cuerpos y a la diversidad de orientación de sus cubiertas siempre a dos aguas. Estas cubiertas forman aleros muy pronunciados que apoyan en modillones de lóbulos decorados con esvásticas y rosetas inscritas en círculos. Por debajo corre una cenefa decorativa a base de tallos, zarcillos y otras figuras vegetales.









En su interior, en el altar se encuentra adosado en su basamento al retablo mayor una gran piedra. Se trata de un gran bloque de piedra arenisca, de forma prismática, de 173 cm de largo en la parte superior, 162,5 de largo en la parte inferior y 103 cm de altura, con un fondo de 20 cm.  Su ubicación primitiva sería entre las dos primeras columnas de la nave central, como elemento de separación del espacio dedicado al coro -delante del presbiterio- y de la nave.
El frontal alberga siete círculos grabados, rehundidos o pintados en la piedra, cuatro mayores en los ángulos, de 30 cm de diámetro y dos menores, intermedios, de unos 19 cm de diámetro,  que se distribuyen simétricamente en toda la superficies a partir de un gran motivo central. Analizando en una lectura global el contenido del frontal, parece obvio destacar su significado cristológico y escatólogico, temáticas ambas muy utilizadas por los pueblos germánicos cristianizados y en el arte prerrománico.









El retablo mayor, en madera policromada y drada, es una obra del barroco decorativo, fechada en 1745. En su hornacina central se venera la imagen de la Virgen de Santa María de Belén, obra hispano-flamenca del siglo XV.








La imagen gótica del siglo XV,  de la Virgen dando el pecho al Niño, conocida como Virgen de la Buena Leche, por tener a un niño mamando de su pecho y que está en el centro del retablo, fue robada con su hornacina en 1993 y recuperada por la Guardia Civil en Alicante el siete de abril de 2001, junto con otras obras de arte sacro, después de que se hubiese encargado una réplica al darla ya por irrecuperable.







El resto de las imágenes son de la época del retablo. En las capillas posteriores se conservan dos pequeños retablos de estilo renacentista, fechados en 1584, el de la derecha según se entra en la iglesia, esta dedicado a Santa Cecilia.







Mientras que el de la izquierda, está dedicado a San Roque.








Existe en la nave de la epístola otro retablo, dedicado a la Virgen del Rosario, con San Antón y el Niño Jesús, de finales del siglo XVIII.







De su fundación es la bonita piedra bautismal.







El pórtico fue construido ya en el siglo XVIII y la torre campanario a finales del siglo XIX, tras ser declarada Monumento Nacional en 1893, que se yergue junto a la iglesia no forma parte de ella, construida en estilo mozárabe a finales es de hechura muy reciente, construida bajo la dirección del arquitecto José Urieste.











“Son los inocentes y no los sabios, los que resuelven las cosas difíciles”. Pío Baroja (1872-1956) novelista español.


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