miércoles, 30 de diciembre de 2020

La escultura del Salvador, en la Catedral de Oviedo.

Preside y da nombre a una Catedral, que se tardó cuatro siglos en construirse glutinando cuatro estilos arquitectónicos y tesoros de la cristiandad que la hacen única en el mundo.


La Santa Iglesia Basílica Catedral Metropolitana de San Salvador de Oviedo, en el Principado de Asturias, ejemplariza como pocos la evolución cultural y artística de la España cristiana en más de 1200 años, siendo por su transcendencia histórica, por ser la guardiana de uno de los tesoros más grandes de la cristiandad declarados Patrimonio Mundial, y por su inigualable valor artístico un referente único, no sólo un referente nacional sino también mundial.




Su origen se remonta al antaño Reino de Asturias, germen de la actual España, con el  rey Fruela I quien reinó entre los años 757 y 768, quien impulso Oviedo y construyó las iglesias dedicadas a San Salvador, San Julián y Santa Basilisa, así como un palacio real para su esposa Munia. Todo ello destruido por el ejército musulmán  de Abd el Melik en el año 794.

Su hijo Alfonso II el Casto (791-842), el mismo que consta oficialmente como “Primer peregrino a Santiago de la historia”, construyó una hierópolis comparable a cualquier otra de la Europa carolingia, teniendo como eje la Basílica de San Salvador. A la reconstrucción de esta, se unió la de Santa María, las capillas superpuestas de Santa Leocadia y San Miguel, la separada iglesia de San Tirso y el palacio real.




El recinto catedralicio siguió creciendo uniendo capillas y espacios prerrománicos y románicos, a los se les dio unidad grandeza en tiempos góticos y renacentistas. Todo un laberinto artístico inconcluso que no recibe un impulso definitivo hasta el siglo XIV, dándose por concluida a mediados del siglo XVI.




En su nave derecha, en el lado de la Epistola, en el pilar del arco sur del crucero, metros antes de la capilla mayor se encuentra la escultura del Salvador, titular de la Sancta Ovetensis, desde la construcción de la cabecera gótica del recinto.

Fechada en el siglo XIV, está considerada como una de las más antiguas del templo, y se cree que fue una donación del obispo Gutierre Álvarez de Toledo (1377-89), al que se le debe el impulso definitivo del recinto catedralicio.

Su lugar de ubicación inicial fue el claustro, siendo trasladada durante el siglo XVII, en el año 1629, al sitio que ocupa en la actualidad coincidiendo con el derribo de la capilla funeraria de su donante y la construcción de la girola barroca.




Técnicamente es una talla realizada en piedra, policromada, de un tamaño más grande de lo habitual, situada sobre un pedestal. De rasgos hieráticos y arcaicos, poblada melena y barba, de mirada serena y majestuoso gesto y con los pies descalzos. Escenifica a Cristo como Salvador, bendiciendo y sosteniendo el orbe en su mano izquierda y con el cuerpo cubierto por una túnica roja, color que simbólicamente a la sangre derramada por los hombres, y un manto azul de medio cuerpo hacia abajo, en alusión a su majestad.

Rodeada de leyendas milagrosas, convocó las primeras genuflexiones de los peregrinos que llegan a unos de los santuarios que acogen más reliquias de la cristiandad. Meta y salida de peregrinos, que se postran ante ÉL situado sobre el pedestal de piedra decorado con las conchas, el símbolo peregrino, porque como bien dice el dicho: “Quien va a Santiago y no a San Salvador, visita al Criado y deja al Señor”.

 


 

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“Quien va a Santiago y no a San Salvador, visita al Criado y deja al Señor”.

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