jueves, 8 de marzo de 2012

Los Jardines de la Fonte Baixa en invierno.

En febrero el Jardín comienza a despertar, con la llegada de un tiempo más benigno, después del duro invierno.




Me faltaba pasear y ver como se manifestaba el Jardín en época invernal, ya había estado en la primavera, en verano y en otoño, y esta era la única estación en el que no conocía su estado.
De acuerdo con esta premisa, y siguiendo el consejo del amigo José Manuel Alba, el 26 de febrero de 2012 fue la fecha elegida para ir hacía las queridas tierras valdesanas. Grupo heterodoxo el formado, la existencia de esta maravilla corre de voz en voz, y a cada visita se me suman personas relacionadas directa o indirectamente. En esta ocasión el grupo lo formamos 34 personas, algunos de ellos los conocían de una visita anterior y otros lo hacían por primera vez, y una vez más a nadie dejo indiferente.
El siempre sonriente José Manuel ya nos estaba esperando a nuestra llegada, para comenzar la visita de forma inmediata, desde la cúpula de entrada a la ahora unificada finca, compuesta por 59 fincas independientes adquiridas en su momento a 33 dueños diferentes. En la cúpula se dan las primeras  explicaciones sobre el lugar, historia y composición, que se van ampliando al paso por los diferentes árboles, plantas, obras de arte y miradores.
Es en la época invernal en el que comienza la floración, y en el que los ejemplares más vistosos por estar ya en avanzado estado del mismo son los magnolios de hoja caduca, las azaleas, los rododendros y especialmente las camelias, como bien nos comenta José Manuel. Especialmente a todos ellos les dedicaremos especial interés.








El inicio del paseo ya nos muestra una imagen bien diferente a la de otras ocasiones, con muchos árboles de hoja caduca sin ella y muchas plantas sin florecer, la visión general es mucho más amplia; los trabajos de mantenimiento están a la vista y uno tiene la sensación de que todo el jardín en sí, se está preparando para la explosión primaveral que se avecina.






En la primera parte del Jardín, llaman curiosamente la atención las plantas tropicales, en las que su base es mucho más ancha, y les sirve para aguantar los habituales huracanes de aquellas latitudes ¡qué sabia es la naturaleza!. Curiosa es también la “pata de elefante” de Kenia, llamada así porque su tronco asemeja a la pata de este mamífero, y las “yucas americanas” cuyas raíces son comestibles, su ramaje forman manglares y de sus hojas se obtiene un fuerte licor.








Vistosa como nunca desde el alto, lucía la fuente de mármol rojo cuya parte final tiene forma de granada, rodeada de las cuatro espléndidas columnas, también de mármol rojo con incrustaciones de granito gris tallado a mano. A su alrededor tres granados a los que rinde homenaje, contando el central con más de 500 años, que sin tanta vegetación a su alrededor mostraba su antiquísima estructura.








Tocaba llegar al segundo mirador sobre la villa, muelle y playas de Luarca, el formado en el cruce de los paseos del campanario y de los abedules, en el que está ubicada la virgen italiana de hierro fundido y cuya historia y significación es una incógnita, en el que José Manuel me tenía preparada una sorpresa. Entre la virgen y el mirador, han colocado una nueva antigüedad, una maravillosa fuente del año 1788, procedente de un monasterio de Málaga, que había visto sin montar en la última visita, cuyo funcionamiento es con luz solar, y que en acto simbólico cariñoso me “obligó” a inaugurar. En ese lugar privilegiado luce todo su esplendor.









En esta visita, se cambió una parte del itinerario habitual, y nos dirigimos hacia la llamada “laguna nueva”, charca en el que viven  peces japoneses cois, y en dónde los nenúfares gigantes, esperan para lucir esplendorosos en los meses de verano para mostrar su grandiosidad y dar su espectacular concierto al abrirse por las mañanas.








En el camino, varios árboles llamaron mi atención: el “palo santo mejicano” que tiene como fruto el caqui, y cuya madera es muy valorada para hacer muebles e instrumentos musicales; el “árbol del coral” típico de los atolones del Pacífico, llamado así porque cuando está florecido en verano su flor roja recuerda a los picos del coral; la “savia” o árbol botella, igualmente del Pacífico, y sobre todo el conjunto de azaleas que hay en la zona, muchas de ellas totalmente florecidas, y entre las que destacaba la “azalea de la nieve”.










De la laguna nueva hay una leve subida hacía el primer estanque, que se realiza por el paseo de las hortensias, tampoco conocido por mi, y que mostraban orgullosas sus esbeltos palos en espera de su florecimiento. En el camino vemos el “pino de los pantanos de Florida”, único de hoja caduca y que sólo se da en zonas pantanosas, y luego el tranquilo estanque con su peculiar puente romano y su perfecta oca, y desde el pequeño alto el pequeño paraíso que el conjunto forma.








Pasado el puente que comunica con la zona nueva del Jardín, nos encontramos con el hogareño escañu de 1847, procedente de Taramundi y continuando en leve descenso y pegado a la pagoda china, el “litiumespermum” o árbol del amor japonés, que lucía vigoroso sus flores blancas, y que motivo continuas bromas.








En dirección a la zona menos arbórea, llama la atención lo cargado que se encuentran los pinos atlánticos, que parece ser son más resistentes cuánto más marítimos sean; José Manuel nos muestra un ejemplar que pasa por ser el primero fotografiado en Luarca, concretamente en el año 1888, y que luce vistoso en solitario dando vista a la playa, muelle y villa.










Si hasta ahora la información botánica y artística se nos acumulaba y se hacía difícil de digerir, en el mirador dónde se encuentra la caseta del antiguo transformador de Luarca, Fernando Bastida iba a ejercer su docencia e impartirnos sobre la marcha una clase de geología, que nos dejo traspuestos. Pegado al transformador hay un bloque de piedra, curioso y llamativo para los profanos, pero de gran interés cultural, perteneciente a la formación rocosa “pizarras de Luarca” formadas en el período conocido como “Ordovícico”,  hace 460-470 millones de años. Su peculiaridad merece  un apartado independiente y como tal se lo he hecho, con las explicaciones dadas por el modesto amigo y gran geólogo.









Camino de la zona alta, el paso por el lavadero de pies de peregrinos de Puente la Reina, nos pone nostálgicos a las 10 personas que pateamos el Camino mensualmente. Estratégicamente colocado junto al acebuche, o padre de todos los olivos y a pies del vaso de agua, luce esplendoroso.










Toca acceder tranquilamente al amplio prado dónde se ubica el original y emblemático reloj celta, con su peculiar funcionamiento,  que sirve para las bromas en torno al pozo de los deseos, y preámbulo para ver la magnífica vista que desde la pirámide se observa. Este rincón, a pesar de su escasa masa arbórea sigue siendo mi preferido y su vista me transporta a otros lugares.










El revuelto agua de la charca de la pirámide no impide que apreciemos su majestuosidad, al igual que la del algarrobo, que con sus 1008 años, sigue vivito y coleando. La última vista al horizonte y a Luarca, nos lleva a disfrutar del paseo del paseo de las camelias, que se encontraban en distintos puntos de floración e incluso algunas ya marchitas. José Manuel con sus amplios conocimientos fue diciendo el nombre de cada una de ellas y sus diferencias.










El Jardín cuenta con más de 10.000 camelias, de más de 1.000 variedades, y entre ellas una que está censada por la Asociación de Camelistas de Europa entre las tres más viejas del viejo continente, cuya edad está entre los 400 y 500 años -foto siguiente-. Se han visto muchas y variadas, llamaron la atención las conocidas como “sangre de Cristo” “tipo clavel” “tipo rosa” “gigante manchada” o la que sus estambres se hace el té de camelia. Curiosos los diferentes nombres de famosas que se dan a tipos de la “dama de la camelia” como el de la emperatriz Josefina, Madame Curiel, Eugenia de Montijo, Leonor de Aqutania, etc. Como ven, todo un mundo de camelias.










El día continuó por tierras valdesanas, primero reponiendo fuerzas en el restaurante Villuir, dónde su propietario Evelio se volcó en atenciones y comimos estupendamente y posteriormente con la visita al Museo Etnográfico de Luarca, sito en el cercano pueblo de San Martín, dónde amablemente fuimos atendidos por Ramón Fernández y pudimos de comprobar de cerca la riqueza etnográfica que nuestro Principado atesora.
El mayor de mis agradecimientos a los Marqueses de San Nicolás de Nora, José Javier y Queco, y a José Manuel Alba; a unos por crear y compartir su “paraíso terrenal” con todo el que lo desee y al otro por la dedicación, sapiencia y divulgación que hace del mismo con una simpatía y cariño digna de mencionar. Este espíritu altruista no es muy normal en los tiempos que corren.
Si alguien tiene interés en visitarlos, debe contactar con José Manuel Alba al teléfono: 678-86-52-76. Sólo se realiza una visita diaria. Los grupos deben de ser al menos de 9 personas, sino él indica el día que pueden acudir para unirse a otras personas. No hay publicidad, funciona a través del boca a boca, y desde su inauguración lo hemos visto más de 8.000 personas.




MÁS INFORMACIÓN.
“El libro de la naturaleza alcanza cada año una nueva tirada”. Hans Christian Andersen (1805-75) escritor danés.

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