miércoles, 29 de diciembre de 2010

Los girasoles ciegos. Alberto Méndez.

“Los girasoles ciegos”, de Alberto Méndez. Editorial Anagrama. Barcelona, 24º edición octubre 2008. 155 páginas.



Este libro es el regreso a las historias reales de la posguerra que contaron en voz baja los narradores que no querían contar cuentos sino hablar de sus amigos, de sus familiares desaparecidos, de ausencias irreparables. Son historias de los tiempos de silencio, cuando daba miedo que alguien supiera que sabías. Cuatro historias, sutilmente engarzadas entres sí, contadas desde el mismo lenguaje pero con los estilos propios de narradores distintos que van perfilando la verdadera protagonista de esta narración: la derrota.


Primera derrota: 1939.
Si el corazón pensara dejaría de latir.
El capitán Alegría eligió su propia muerte a ciegas, sin mirar el rostro furibundo del futuro que aguarda a las vidas trazadas al contrario. Lo eligió el día que se presento ante un enemigo incrédulo gritando ¡Soy un rendido! Primero se rindió, después se entrego al enemigo. Su decisión no fue la de unirse al enemigo sino rendirse, entregarse prisionero. Un desertor es un enemigo que ha dejado de serlo; un rendido es un enemigo derrotado, pero sigue siendo un enemigo.
En el juicio confesó que los defensores de la República hubieran humillado más al ejército de Franco rindiéndose el primer día de la guerra que resistiendo tenazmente. Sin muertos no habría gloria, sin gloria, sólo habría derrotados.
Unido al ejército sublevado en julio de 1936 como alférez provisional fue destinado a Intendencia dónde sirvió intachablemente sin participar nunca directamente en la batalla, hasta que el día previo a la rendición del Comité de Defensa de Madrid se entregó al ejército republicano dónde no lo creyeron.
Enviado a calabozos de la Capitanía General, fue dejado en los mismos abandonado cuando la desbandada del Comité, y allí fue encontrado por las fuerzas nacionales a los que les explicó su situación. La respuesta del oficial que le interrogaba fue clara era un imbécil y un desertor y por ello sería juzgado. En eso acabó la entrega del capitán hijo de unos hacendados rurales de Huérmeces en Burgos, que estudió Derecho primero en Madrid y después en Salamanca, en dónde conoció a Inés Hoyuelos con la que mantuvo una relación formal.
De la Capitanía paso a los hangares del aeródromo de Barajas, dónde el ejército vencedor y su justicia fueron agrupando a los militares de graduación para someterles a juicios sumarísimos que acabaron, sin excepción, en condenas a muerte. Aquí estuvo desde el 4 al 8 de abril, dónde Carlos Alegría fue condenado a morir fusilado por traidor y criminal de lesa patria. Antes de su muerte escribió tres cartas, una a su querida Inés, otra a sus padres a los que quitó las ganas de vivir y otra al Generalísimo Franco, de la que se sabe por decírselo a Inés en la suya.
Fue fusilado al amanecer en un campo de Arganda del Rey junto con muchos más. Cuando recobró el conocimiento estaba sepultado en una fosa común amalgamado en un caos de muerte y tierra. Estaba vivo. Una bala le había dado en la parte alta de la frente de tal suerte que resbaló sobre su cráneo, abriendo una profunda herida casi hasta la nuca, sin romper la calavera.
No se sabe como llego de Arganda hasta La Acebeda, un pueblo de montaña de la vertiente sur de Somosierra. Allí le encontraron exhausto y agonizando unos labriegos que le creyeron muerto, pero al querer cogerle los zapatos, le dieron bebida, comida y primeros auxilios, fueron los únicos que se atrevieron al huir todos de él.
Quería morir en Huérmeces y hacía allí se dirigió el cuarto día alejándose de las carreteras y evitando cualquier contacto. Cuando llegó al pueblo de Somosierra se entrego a los guardianes del puesto del fielato, para acabar levantándose la tapa de los sexos con un fusil arrebatado a sus guardianes.

Segunda derrota: 1940.
Manuscrito encontrado en el olvido.
Este texto fue encontrado en 1940 en una braña de los altos de Somiedo, donde se enfrentan Asturias y León. Se encontraron un esqueleto adulto y el cuerpo desnudo de un niño de pecho sorprendentemente conservado, juntos y envueltos en una colcha blanca, según reza el atestado. En 1952 el autor descubrió un cuaderno en el Archivo General de la Guardia Civil, que había sido encontrado por un pastor sobre un taburete bajo una pesada piedra que nadie hubiera podido dejara allí descuidadamente. Se describe el texto completo, con notas, dibujos e iconos. del que se saco estas notas.

Página 1.
Elena ha muerto durante el parto. No se sido capaz de mantenerla a este lado de la vida. Sorprendentemente el niño esta vivo. No sé que hacer, no me atrevo a tocarlo, seguramente le dejaré morir junto a su madre. Ya no huiremos a Francia, sin Elena no hay camino.

Página 2.
No es justo que comience la muerte tan temprano, ahora que aún no ha habido tiempo para que la vida se diera por nacida. La madre muerta, el niño agitadamente vivo y yo inmóvil por el miedo. Es gris el color de la huída y triste el rumor de la derrota.

Página 3.
Quien lea lo que escribo, por favor, que esparza nuestros restos por el monte. Elena no pudo llegar más lejos y el niño y yo queremos permanecer a su lado.

Página 4.
Sí. Hemos perdido una guerra y dejarnos atrapar por los fascistas sería lo mismo que regalarles otra vez otra victoria. Elena ha querido seguirme y ahora jamás que fue una decisión errónea, debimos hacer caso a sus padres, a los que les pido perdón, nunca debimos emprender un viaje estando ella de ocho meses.

Página 5.
Pienso que ella no hubiera querido un hijo derrotado. Yo no quiero un hijo nacido de la huída. Al cabo de tres días le comienza a dar leche desleída en agua; la vida se le impone a toda costa.

Página 6.
He hecho una cuna con unos sacos y la colcha de ganchillo heredada de su abuela y que su madre insistió en llevar. Se le está secando el cordón umbilical. Y llora.

Página 7.
No he comido, hoy enterraré a Elena junto al roble. No tengo fuerzas para ordeñar las vacas, pero se están poniendo enfermas, quisiera que subieran del valle a recogerlas, para no tener que decidir si me alimento o me dejo caer muerto.

Página 8.
Al enterrarla se me provoco un llanto tan sofocante que tuve la sensación de que también yo iba a morir. Pero morir no es contagioso, la derrota sí. He puesto una gran piedra blanca sobre su tumba, sin nombre, los ángeles reconocerán su alma bondadosa.

Página 9.
No sé por qué estoy escribiendo este cuaderno, siento cierto placer morboso pensando que alguien leerá lo que escribo cuando nos encuentren muertos al niño y a mí.

Página 10.
La vaca enferma muge y muge, no me atrevo a matarla, necesito neveros para conservarla. A la otra la conseguiré alimentar. Sólo me preocupa el lápiz, tengo uno y quisiera escribir lo necesarios para saber que tipos de muertos han encontrado. Soy un poeta sin versos.

Página 11.
El niño sigue vivo y la nieve a nuestro alrededor parece una mortaja. Tenemos carne suficiente y leche de la vaca que ahora esta con nosotros. La respiración apacible y rítmica del niño pone coto a la soledad que, de no ser por él, me vencería.

Página 12.
Hemos comido los despojos de una cabra montés medio comida por los lobos. ¿Me reconocerían mis padres si me vieran? Recuerdo mi aldea silenciosa y pobre ajena a todo menos al miedo producido cuando mataron a don Servando, mi maestro.

Página 13.
Ha pasado el tiempo y no sabría contar los días. Mi tristeza se ha ido solidificando con el frío. Tengo miedo a que se muera el niño, la vaca, a que nos descubran.

Página 14.
¡Hoy he matado un lobo! Han llegado cuatro a merodear en torno a la cabaña. El más grande rasgo la puerta, la entreabrí y de un hachazo se la corte. Me lo comeré y con sus entrañas haré algo comestible al niño.

Página 15.
Escribe una poesía referente a los lobos.

Página 16.
Nieva y nieva, los tres estamos cada vez más débiles, aunque el pequeño al que aún no le he puesto nombre tiene una vivacidad sorprendente. Siguiendo las huellas de un animal he descendido monte abajo hacia Sotre y he visto unos leñadores. He sentido revivir en mí un miedo familiar y denso. Si sigo aquí moriremos la vaca, el niño y yo. Si descendemos al valle moriremos igualmente.

Página 17.
He pensado mucho en ello pero no quiero darles la última satisfacción de la victoria. ¿quién le contara al pequeño todo lo que tengo que contarle? Solo he sido un mal poeta que ha cantado la vida en las trincheras donde anidaba la muerte.

Página 18.
Soy incapaz de seguir alimentando a la vaca, y esta al niño. No me puedo alejar nada de la braña, lo poco que han dejado los lobos de la vaca muerta esta durísimo.

Página 19.
Mataría la otra vaca, pero no la podría conservar, afuera están los lobos y dentro no aguantaría la temperatura.

Página 20.
El niño esta enfermo, casi no se mueve, he matado a la vaca y le estoy dando su sangre. No recuerdo los poemas que recitaba a los soldados, con el hambre lo primero que se muere es la memoria.

Página 21.
Huele a podrido. Ah, sin ti no hay nada.

Página 22.
He perdido el lápiz, al final lo he encontrado, y he visto algo que no conseguía descifrar: la soledad. Tengo la sensación de que todo terminará cuando termine el cuaderno.

Página 23.
El niño ha muerto y le llamaré Rafael, como mi padre. No he tenido calor suficiente para mantenerlo vivo. Aprendió de su madre a morir sin aspavientos.

Página 24.
Vuelve a repetir “Rafael” “Rafael” hasta 62 veces.

Página 25.
Vuelve a repetir “Rafael” “Rafael” mucho más pequeño hasta 119 veces

Página 26.
Escrito en un tizón apagado o algo así, no en lápiz “Infame turba de nocturnas aves”.

Nota del editor.
El año 1954 fui a una aldea de Santander, Caviedes, allí supe que el maestro llamado don Servando fue ajusticiado por los republicanos en 1937, y su alumno más destacado con una afición desmedida a la poesía había huido con 16 años al bando perdedor, nadie ni sus padres Rafael y Felisa supieron jamás de Eulalio Ceballos Suárez. Si el fue el autor de este cuaderno lo escribió con 18 años.

Tercera derrota: 1941.
El idioma de los muertos.

Al decir sí en el juicio que se estaba siguiendo en su contra dirigido por el Coronel Eymar, Juan Serra, profesor de chelo salvó momentáneamente su vida. El sí era que conoció a su hijo Miguel, en la cárcel de Porlier en 1938.
A Juan Senra Sama, nacido en Miraflores de la Sierra, Madrid, en 1906, hijo de Ricardo y Servando, se le acusaba de masón, organizador del presidio popular, comunista, soltero y criminal de guerra. El presidente del tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo no quería ganar tiempo, simplemente quería saber algo de más de un hombre que había conocido a su hijo, y al que siempre le recordaba su mujer Violeta al salir de casa.
Juan se tuvo que inventar historias sobre Miguelito para poder salir airoso de los interrogatorios a los que su progenitor le sometía. También lo hacía que consiguió en muchas ocasiones que su sentencia se demorara y volver a la galería segunda dónde internaban a los presos pendientes de juicio y no a la cuarta planta a dónde enviaban a los que al día siguiente fusilarían en algún descampado. Su vuelta inquietaba al resto de compañeros que no entendían el porqué de su vuelta, sobre todo Eduardo López, miembro del buró político del Partido Comunista y organizador de la resistencia de Madrid, que temía que el acusado hablara más de la cuenta.
Sin embargo él sabia que su salvación era momentánea y por eso su única obsesión era poder escribirle a su hermano, más pequeño que él, para despedirse y aconsejarle en sus últimos días de vida, aún a sabiendas que el alférez capellán devolvía cartas que tuvieran algún mínimo contenido político o de crítica.
Otro de los presos, Eugenio Paz, de Brunete, con sólo 16 años hizo las debilidades de Juan, que se volcó con él como un hijo, al que contaba historias e intentaba hacerle más grata la existencia en aquél habitáculo, antesala de la muerte, cada vez que volvía airoso de algún interrogatorio. Eugenio se apuntó al bando contrario al que se había apuntando su tío, que lo maltrataba tanto a él como a su madre que trabajaba en la taberna de aquél. Participó en la guerra como quien juega, sólo para que no ganara el adversario, sin ideales, sin pensar en la razones de su toma de postura. Era muy joven y afuera le esperaba una novia segoviana embarazada.
En uno de los interrogatorios aparte de los militares habituales estaba en la sala una mujer protegida por un abrigo de astracán raído y gesto severo, que poco a poco se fue acercando a él. Se le pregunto él motivo de porqué estaba preso Miguel Eymar; mintió en un acto de defensa y en lugar de decir la verdad, contesto que por pertenecer a la quinta columna. La mujer intervino en el interrogatorio, quería saber si era verdad que lo había conocido y al respuesta positiva al lugar dónde su hijo tenía una marca de quemadura de aceite hirviendo, claudico al darse cuenta de que realmente lo había conocido. De nuevo seguía vivo.
Se obsesiono con escribir a su hermano, el papel y el lápiz los obtendría mediante trueque por sus calcetines, con dos de sus compañeros de celda, pertenecientes al bando nacional que cumplían un arresto y eran cómplices de los carceleros. En la carta se despedía de su hermano y le aconsejaba que trabajase y cuando pudiera vendiera las tierras de sus padres e invirtiera el dinero en formarse.
Le sacaron un día de la celda en su calidad de enfermero, tenía que mantener con vida a otro preso, Cruz Salido redactor jefe del Socialista, durante un día para que pudiera ser fusilado al siguiente. Si no lo conseguía el fusilado sería él. Pero Cruz no quería vivir para ver su destino final, objetivo que consiguió, aunque al final muerto y todo pasó por el pelotón de fusilamiento.
Entre los presos había un hombre envejecido y silencioso que evitaba la proximidad con el resto, con una gran cicatriz en la frente y al que sus compañeros llamaban el Rorro. En realidad su nombre era Carlos Alegría, alférez provisional del ejercito rebelde, puesto que obtuvo gracias a ser auxiliar de la cátedra de Derecho Romano en la Universidad de Salamanca. Cuando le preguntaron su filiación junto a su nombre dio la fecha del 18-04-39 como la de su nacimiento en una fosa común de Arganda del Rey y que jamás había ganado una guerra. Uno de los días en un descuido de los carceleros le arrebato a uno el fusil y se voló los sesos.
El sargenteo Edelmiro lo sacó de la celda, pero en lugar de llevarlo a la sala de los juicios, lo llevó a un cuartucho en el sótano. Allí estaba el Coronel y su mujer, que querían escuchar cosas de su hijo. Al final la mujer le trato con mucho cariño y le prometió llevarle un yérsey. No se atrevía contar a nadie lo que estaba pasando, pero tuvo que sincerizarse ante el comisario político Eduardo López, que no ocultó su desconcierto.
La misma escena volvió a suceder al cabo de unas semanas, la mujer le llevo el yérsey prometido que era de Miguelito y le solicito más información sobre el mismo. De nuevo más mentiras para seguir resistiendo. Al marcharse le dieron un bocadillo de arenques, que él en la celda compartió con el muchacho, aunque antes soporto el interrogatorio del comisario político.
El tiempo que estaba en la celda, lo dedicaba a la carta que escribía a su hermano y a conversar con el joven. Las listas de interrogatorios eran cada vez más cortas y lo que era más esperanzador, supieron de varias condenas a cadena perpetua pero no a muerte. Eso era algo parecido a la vida. Tuvo otra visita de los padres de Miguel.
Hasta que un día el primero de la lista para someterse al veredicto fue Eugenio, no volvió a la celda y nadie ni siquiera el capellán sabía que había sido de él. Sobornó al sargento Edelmiro con el jersey y supo que estaba en la cuarta galería, pero no la pena impuesta, quiso mandarle un recado pero ya no tenía con que pagar sus súplicas y el joven nunca supo que Juan le había mandado un abrazo de amigo y hermano. Un amanecer escuchó su nombre entre los elegidos para morir aquél día, aquello era un golpe muy fuerte y decidió acabar la carta a su hermano, había renunciado a vivir en aquella continua tristeza.
Al tercer día de acabarla el matrimonio volvió a visitarlo, con otro bocadillo que rehusó, para pasar a detallarles lo que realmente había sido su hijo. Fue justamente fusilado porque era un criminal, no de guerra sino de baja estofa, ladrón, asesino de civiles para robarles y venderlo después de estraperlo, muñidor de delincuentes y lo que era peor, traidor a sus compinches y que permitió desmantelar una banda que traficaba con medicamentos caducados. Acabo diciendo que él había estado mandando el pelotón de fusilamiento –cosa que no era cierta – y que se cago en los pantalones, fue un mierda y murió como lo que era. Todo lo que les había dicho anteriormente era mentira, lo había hecho para salvarse, pero ya no quería vivir.
Todo fue un fulgor, una sacudida que congeló el aliento de la pareja, escucharon aquél retrato de su hijo sabiendo que todo lo dicho era verdad. Nadie miente para morir. Fue devuelto a la celda y a los dos días lo llevaron ante el tribunal y condenado a muerte. Al día siguiente fue el primero de la lista para subir al camión con destino a la Almudena. Se acordó de que Eduardo López estaría más tranquilo sabiendo que no había ninguna razón para mantenerle vivo. Solo de dejó de odiar cuando pensó en su hermano.

Cuarta derrota: 1942.
Los girasoles ciegos.

(Hermano Salvador) Reverendo padre, estoy desorientado como los girasoles ciegos. A pesar de que hoy he visto morir a un comunista, en todo lo demás he sido derrotado y por ello me siento como una sombra fugitiva. Todo comenzó, cuando siguiendo su consejo Padre, me alisté en el Glorioso Ejército Nacional, combatiendo durante tres años.
(Niño) Probablemente los hechos ocurrieron como otros los cuentan, pero yo los reconozco sólo como un paisaje donde viven mis recuerdos. Quizás por eso recuerde a mi padre joven, alto, escuálido y vigoroso abrazado a mi madre anciana, cansada y dulce. Recuerdo al Hermano Salvador con una sotana castrense acosando a mi madre anciana, cansada y dulce y a unos policías procaces insultando a mi madre. Pero sobre todo recuerdo a un niño lleno de complicidades con su madre, a la que no logro recordar como me dijeron fue: joven, vigorosa y dulce.
Estos dos párrafos del inicio del libro es sin duda lo más esclarecedor del relato. Que cuenta con cuatro protagonistas entre los que gira todo el entramado.

HERMANO SALVADOR.
A través de un escrito enviado al Padre, su confesor, va recordando sus vivencias, que comienzan con su participación en la Guerra Civil, su paso una vez acabada la misma como profesor de Párvulos y Preparatoria en el Colegio de la Sagrada Familia, aceptando el diaconato en la orden del Santo Padre Gabriel Taborit dedicada enteramente a la enseñanza y su final acabando enamorado perdido de la madre de uno de sus alumnos.
El Hermano se tuvo que fijar en Lorenzo, de siete años, simplemente porque el muchacho leía de corrido cuando el resto balbucían ante las letras y en su comportamiento observaba que había algo más. Poco a poco se fue volcando con él, fijándose en su comportamiento, en el que tuvo todo que ver el día que observo en la fila que el niño a pesar de tener el brazo levantado no cantaba el cara al sol, lo obligó pero no consiguió su objetivo y nadie sabe lo que hubiera pasado si en ese momento no interviene su madre que lo venía a buscar como todos los días.
Este primer contacto supuso su punto de inflexión, comenzó su obsesión por una mujer diferente, particular, que poco le fue absorbiendo. Primero con interrogatorios al niño, preguntas a sus contactos policiales, después siguiéndola por Madrid, paso después yendo a su casa con la peor de las disculpas, para acabar intentando acosarla físicamente lo que produjo el desenlace final del relato.
Obsesionado como estaba, sin saber si era una necesidad carnal o que realmente estaba enamorado paso por las etapas descritas, para acabar abandonando el Colegio dónde vivía con el resto de sus hermanos y vivir como un civil en una humilde pensión, para de esa forma poder estar más cerca del objeto de su deseo. Una noche desesperado acude a la casa e intenta abusar de la mujer, el marido sale de su escondite en su defensa y ante la petición de la presencia policial, este acaba arrojándose por la ventana del piso antes sus seres queridos.

LORENZO.
Es el protagonista principal,.hijo del matrimonio compuesto por Ricardo y Elena, comienza con que no quiere acudir a clase al entender que todas las atenciones e interés con el que se vuelca el Hermano Salvador es que le tiene manía.
Va detallando con todo lujo de detalles como es la vida en el colegio, su vida en casa en la que la oscuridad es la cómplice de una familia obligada a vivir en la clandestinidad por la postura política de su padre. El recuerdo de una madre trabajadora, incansable y dulce que intenta por todos los medios que el encierro voluntario de su marido no influya en la vida del pequeño y el de un padre que comparte cariño, afecto y conocimiento con un hijo sin saber lo que es la luz del día.
La descripción de lo que significaba la manzana de las casas en aquellos tiempos, formada por las calles Alcalá, Montesa y Ayala. La descripción de sus compañeros de juego, las diferencias sociales de los mismos, las figuras de sus respectivos padres, los nuevos conocimientos que van adquiriendo a través de los juegos, travesuras y conocimientos adquiridos en la calle, es la otra pata de la triste historia del pequeño.
Los recuerdos de la estrechez económica de la familia, el trabajo encubierto del padre, y por desgracia el sonido del ascensor cuando se paraba en su planta o del timbre de la puerta, unido a las visitar policiales completan la memoria infantil.
Un párrafo de sus reflexiones, deja claro su pensamiento: “Podría enumerar las razones por las cuales todos admirábamos a los padres de los habitantes de la manzana. Ésta fue la única compensación que tuve el día en que se hizo público que el mío no sólo no había muerto, sino que estaba en casa cuidándome desde el interior de un armario”.

RICARDO MAZO.
Profesor de literatura en el Instituto Beatriz Galindo, uno de los organizadores en 1937 del II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, también formo parte de la comisión enviada en septiembre de 1936 por el Gobierno rojo a Plymouth para alterar las resoluciones de No Intervención tomadas por las Trade-Unions inglesas. Oficialmente huido, casado y con dos hijos de los que el hermano Salvador no consiguió la fe de bautismo.
Acabada la guerra se encerró voluntariamente en su casa, en un armario de la habitación matrimonial, en el que un rosario de cuentas de madera tapaba los goznes que abrían el mismo. Primero era una vida marcada por las tinieblas a las que la familia se obligaba para hace ver a la vecindad que allí solo vivía una viuda y un huérfano, con un trabajo intelectual en la clandestinidad, con la esperanza de poder encontrar el día en que toda la familia pudiera partir hacia el exilio.
Después fueron días de desesperación en el que estaba dispuesto a tirar la toalla, y en el que la bebida se instaló en su vida, de la que le salvó el cariño de su mujer, para luego acabar prácticamente encerrado todo el día en el armario, para pasar luego a la planificación de la huída definitiva y a un triste final nunca pensado.
Aguanto encerrado en su cobijo las visitas policiales y la primera vez cuando el Hermano Salvador intentó abusar de su mujer aguanto y ella pudo evitar el trance. Pero en la segunda ocasión se abalanzó hacía él aunque no consiguiera mucho debido a su debilidad. El hermano lo dio a voces reclamando a la policía, y él consciente de su perdición se arrollo por la ventana de la casa ante sus seres queridos.

ELENA.
Auténtica heroína de la historia, se enfrenta a la vida en un entorno hostil, por un lado su marido obligado a estar encerrado en la casa en espera del momento oportuno para huir a Francia o a Maruecos. Su pequeño hijo de 7 años, al que intenta criar sin que la sociedad conozca la realidad familiar y el recuerdo permanente de su hija mayor Elena, que preñada de ocho meses huye de Madrid a los pocos meses de terminar la guerra siguiendo a un aprendiz de poeta que temió ser ajusticiado por escribir unos poemas en el Mundo Obrero y en boletines del Ejército Popular.
Procedente de una familia acomodada antes de la guerra y su matrimonio con el intelectual Ricardo, le había permitido mantener contactos amigos y una serie de bienes con lo que poder subsistir con su venta en los duros años de postguerra.
El día lo ocupaba en llevar y traer a su hijo al colegio cercano, en ir a recoger a la empresa Hélices, la compañía estatal hispanoalemana, los textos para traducir, que luego realizaría en casa su marido y trabajar como modista, que era la mayor fuente de ingresos familiar.
Cuando descubrió que Salvador la seguía y se inmiscubía en su vida, dejo de acompañar a su hijo al colegio, pero él siguió insistiendo en el acoso yendo a visitarla a su casa. Cuando ya tenía decidida la huía a Marruecos con su marido e hijo, para lo que vendió lo poco que le quedaba de valor de los bienes acumulados en épocas de bonanza, el cura fue a su casa y se produjo el trágico desenlace que dio al traste con todas sus esperanzas y le trajo la desgracia familiar.

CONTRAPORTADA
Este libro es el regreso a las historias reales de la posguerra que contaron en voz baja los narradores que no querían contar cuentos sino hablar de sus amigos, de sus familiares desaparecidos, de ausencias irreparables. Son historias de los tiempos de silencio, cuando daba miedo que alguien supiera que sabías. Cuatro historias, sutilmente engarzadas entres sí, contadas desde el mismo lenguaje pero con los estilos propios de narradores distintos que van perfilando la verdadera protagonista de esta narración: la derrota.
Un capitán del ejército de Franco que, el mismo día de la Victoria, renuncia a ganar la guerra; un niño poeta que huye asustando con su compañera niña embarazada y vive una historia vertiginosa de madurez y muerte en el breve plazo de unos meses; un preso en la cárcel de Porlier que se niega a vivir en la impostura para que el verdugo pueda ser calificado de verdugo; por último, un diácono rijoso que enmascara su lascivia tras el fascismo apostólico que reclama la sangre purificadora del vencido.
Todo lo que se narra en este libro es verdad, pero nada de lo que se cuenta es cierto, porque la certidumbre necesita aquiescencia y la aquiescencia necesita la estadística. Fueron tantos los hombres que, al final, todos los miedos, todos los sufrimientos, todos los dramas, sólo tienen en común una cosa: los muertos. Pero los muertos de nuestra posguerra ya están resueltos en cifras oficiales, aunque ya es hora de que empecemos a recordar lo que sabemos. Éste es el primer ajuste de cuentas de Alberto Méndez con su memoria y lo hace emboscado en un flagrante intento de hacerlo desde la literatura.

EL AUTOR.
Alberto Méndez (1941-2004) nació en Madrid, donde trascurrió su infancia. Estudió el bachillerato en Roma y se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid. Durante toda su vida estuvo vinculado a la edición, primero como fundador de la editorial Ciencia Nueva y colaborador de Montena y de la distribuidora Les Punxes, entre otras actividades. Con “Los girasoles ciegos” su primer y único libro, ganó el Premio Setenil 2004, otorgado por el Ayuntamiento de Molina de Segura al mejor libro de cuentos del año, y posteriormente, en 2005, el Premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa, quedando así consagrado como un clásico contemporáneo.


MÁS INFORMACIÓN. Pinchar en enlaces.
Resúmenes de libros Dendecagüelu.



"En la paz, los hijos entierran a los padres; la guerra altera el orden de la naturaleza y hace que los padres entierren a sus hijos". Herodoto (484-425 a.C) historiador griego.

No hay comentarios:

Publicar un comentario