lunes, 24 de agosto de 2026

Fiesta del Asturcón, XLVI edición, 2026. Pregón de Iván Allende Toraño.

Leído en el acto oficial celebrado en la majada de Espineres el 22 de agosto de 2026.

La responsabilidad de dirigiros unas palabras que representen los sentimientos de esta Fiesta del Asturcón me la han encomendado este año a mí.




Y lo primero que quiero hacer es dar las gracias a ACAS por la confianza. Gracias por el honor que supone estar hoy aquí y por el orgullo de figurar en la lista de pregoneros y pregoneras que, a lo largo de los años, han tenido la oportunidad de poner voz a esta Fiesta de Interés Turístico Nacional.

Para mí, además, hacerlo aquí tiene un significado muy especial. Porque en las laderas que sostienen y delimitan esta maravillosa Sierra del Sueve nací hace casi 38 años. Tres de mis cuatro ramas familiares tienen sus raíces entre La Goleta, Sardea y Robléu. Por eso, cuando hablo del medio rural, de la ganadería, del monte y de nuestras tradiciones, no hablo solamente de algo que conozco. Hablo de mi propia historia.

La ganadería y el medio rural han sido el sustento de todos y cada uno de mis antepasados. Han marcado la vida de mi familia y, sin duda, han moldeado también mi carácter. Permitidme contaros una pequeña historia familiar.

Mi abuelo Ramón fue el último de seis hermanos. Cuando apenas tenía dos años se quedó sin madre, y toda la familia tuvo que abandonar Sardea para trasladarse a Robléu —el pueblo más bonito de Piloña— y convertirse en caseros en aquellos difíciles años de guerra y posguerra. Los hermanos tuvieron que sacar adelante a la familia como pudieron. Unos trabajando en la casería; otros, saliendo a servir en casas de gente acomodada.

Mi abuelo Ramón se casó con mi abuela Lourdes, que había llegado a Robléu desde Lozana, después de unos años marcados por las persecuciones, los señalamientos y las dificultades que siguieron a la guerra.

No tenían prácticamente nada. Pero lo que sí tenían eran unas ganas enormes de salir adelante. Y así, con el sudor de su frente, fueron construyendo una familia y una vida mejor para los que vendríamos después.

La historia de mis abuelos no es excepcional. Es la historia de muchas de nuestras familias. De personas que tuvieron muy poco, pero que nos dejaron una enseñanza que no deberíamos olvidar nunca: que las cosas que verdaderamente merecen la pena requieren esfuerzo, sacrificio y constancia.

El medio rural ha sido durante generaciones el sustento de muchas familias. Y debe seguir siéndolo. Porque hablamos de nuestros pueblos, de nuestro paisaje y de nuestras tradiciones, pero hablamos también de algo tan básico y tan importante como la capacidad de producir los alimentos que necesitamos para sobrevivir.

En mi casa toda la vida hubo vacas de leche. Por eso sé, como muchas otras personas que hoy estáis aquí, lo que significa sacar adelante una explotación ganadera. Sé lo que significa levantarse temprano. Sé lo que significa que no haya domingos ni festivos cuando los animales dependen de ti. Sé lo que significa mirar al cielo y preocuparse por el tiempo. Y sé también lo que significa entender desde niño que tu trabajo es necesario.

En mi familia, aquella explotación era nuestra única dedicación y nuestra única fuente de ingresos y siempre fui consciente de que mis manos hacían falta allí.

Cuando comencé a estudiar Matemáticas en la Universidad de Oviedo, iba y venía todos los días en transporte público. Y tenía que ser así porque mi ayuda era necesaria en casa.

Aquello hizo, sin duda, que mis estudios fueran más difíciles.

Pero hoy estoy convencido de que fue una de las mejores lecciones de vida que pude recibir. Porque aprendí que nada importante se consigue sin esfuerzo. Aprendí que detrás de cada logro hay sacrificios que muchas veces no se ven. Y aprendí a valorar mucho más las pequeñas cosas del día a día.

Quizá por eso, cuando hoy miro esta Sierra del Sueve, no puedo verla únicamente como un paisaje extraordinario. La veo como un lugar lleno de historias. Historias de personas que vivieron, trabajaron y lucharon aquí. Historias de familias que encontraron en el monte una parte fundamental de su sustento.

Y precisamente por eso recuerdo especialmente la primera vez que subí a esta mayada de Espineres. Nosotros, en casa, teníamos vacas de leche y no éramos habituales del monte. Pero aquella primera subida la recuerdo perfectamente. Subí con mi padre y con Pepe, el de Brez, que para mí fue casi un abuelo más. Y aquí, en esta cabaña, pasamos dos días con Domingo, el de Miyares, con Ramón, el de Braniella y con Luis, el de Cutre. Hoy los tres han desaparecido. Pero siguen estando de alguna manera aquí. Están en nuestra memoria. Están en nuestras conversaciones. Y, sobre todo, están en aquello que nosotros tenemos la responsabilidad de conservar.

Porque Domingo, Ramón, Pepe, Luis y tantos otros pertenecían a esa generación que entendía el monte de una manera muy diferente a como muchas veces lo entendemos nosotros. Ellos sabían que el monte era patrimonio. Pero no patrimonio entendido como algo que simplemente se contempla. Era patrimonio porque de él dependía la vida. Para muchas familias, el monte era prácticamente el único patrimonio que tenían. Y, al mismo tiempo, era el patrimonio de todos. Por eso lo estudiaban. Por eso lo cuidaban. Por eso lo respetaban.

Y por eso creo que debemos recuperar también nosotros esa mirada. Porque si hoy podemos celebrar aquí esta Fiesta del Asturcón es, en buena medida, gracias a aquellas personas que entendieron que había algo que merecía la pena conservar.

Y ahí está, precisamente, la grandeza de esta fiesta. La Fiesta del Asturcón no nació como un acontecimiento turístico. Nació de la necesidad de poner en valor una forma de vida, una raza, un paisaje y una tradición que forman parte de nuestra identidad. Y con el paso de los años se ha convertido en mucho más. Hoy tenemos el reconocimiento de Fiesta de Interés Turístico Nacional. Y debemos sentirnos orgullosos de ello.

Pero ese reconocimiento no puede hacernos olvidar cuál es el verdadero motivo por el que estamos aquí. Estamos aquí por el asturcón. Por esos caballos que durante siglos han formado parte de estas montañas. Por quienes los cuidaron y los siguen cuidando. Por quienes entendieron que había que protegerlos cuando quizá no era fácil hacerlo. Y por quienes hicieron posible que esta fiesta llegara hasta nosotros. Porque el asturcón no debería ser solamente protagonista durante un día. Tenemos que conseguir que el asturcón esté presente durante todo el año.

Que se conozca. Que se valore. Que nuestros niños sepan qué es un asturcón y qué representa. Y que quienes nos visitan entiendan que cuando ven uno de estos caballos están contemplando una parte de nuestra historia.

Por eso iniciativas que miran al futuro, como la recuperación y conservación de la raza, la investigación o proyectos como el cercado para la visita de los asturcones en el entorno de la Piscifactoría de Infiesto, tienen que servir para garantizar que aquello que celebramos hoy tenga continuidad mañana. Invertimos parte de los Fondos Europeos de Turismo en desarrollar estas instalaciones del Centro de Interpretación del caballo de Asturcón en la Piscifactoría, que desde el pasado mes de julio están abiertas, y que iremos completando con dotación de servicios a lo largo de los próximos meses.

Y aprovechando que hoy, como en muchas otras ocasiones, tenemos con nosotros a la Vicepresidenta del Gobierno de Asturias, Gimena Llamedo, tengo el deber de agradecerle el empujón y la ayuda que nos brindó tanto para la puesta en marcha de este Centro del Asturcón, como para que en el año 2019 esta fiesta fuera declarada de Interés Turístico Nacional. Gracias Gimena.

Porque conservar no significa mirar únicamente hacia el pasado y el presente. Conservar significa preparar el futuro. Y en ese futuro tenemos también que hablar del monte. De la convivencia entre las actividades tradicionales y la conservación de la naturaleza. De la ganadería extensiva. De ganaderos y ganaderas. De la fauna. Y también del lobo.

El lobo genera preocupaciones y dificultades para quienes viven y trabajan en el medio rural. Debemos ser capaces de hablar de todo ello con respeto, con conocimiento y, sobre todo, escuchando a quienes viven en el territorio. Porque proteger la naturaleza no puede significar olvidar a las personas que llevan generaciones cuidándola.

Esta semana se publicaba que a partir de septiembre se vuelve a aplicar el Plan de Lobo en Asturias después de los ajustes normativos exigidos por los tribunales de justicia. Es imprescindible que se contenga la población del lobo si queremos seguir viendo incorporaciones de gente joven y futuro para el sector. El Sueve es un buen ejemplo, pasando de ser un territorio libre de lobos a un monte con ataques constantes durante los últimos dos años. Y necesitamos entender que el futuro del Medio Rural debe construirse con su gente, con sus ganaderos, con sus vecinos y con quienes aman este territorio.

Hoy, mientras celebramos esta fiesta, tenemos una enorme responsabilidad. La misma que tuvieron nuestros mayores. Ellos recibieron esta tierra de quienes les precedieron. La trabajaron. La cuidaron. Y nos la entregaron a nosotros. Ahora nos toca a nosotros decidir qué queremos entregar a quienes vengan después.

Ojalá podamos entregarles un Sueve vivo. Un Sueve cuidado. Un Sueve con ganadería. Un Sueve con asturcones. Un Sueve con gente viviendo y trabajando. Un Sueve donde nuestras tradiciones no sean solamente un recuerdo, sino una parte viva de nuestro futuro.

Y ojalá, dentro de muchos años, alguien pueda volver a ponerse aquí delante y contar que sus abuelos subían a Espineres, que conocieron a aquellos hombres y mujeres que hicieron posible esta fiesta y que, gracias al esfuerzo de muchas generaciones, el asturcón sigue corriendo libre por estas montañas.

Porque ese será el mejor homenaje que podamos hacer a quienes nos precedieron. No solamente recordarles. Continuar su legado.

Por eso hoy quiero dar las gracias. A ACAS, por mantener viva esta fiesta. A nuestros ganaderos, por su esfuerzo diario. A quienes cuidan de nuestros asturcones. A quienes trabajan por nuestro medio rural. A quienes hacen posible que esta celebración siga creciendo. Y a todas esas personas que, muchas veces sin que nadie las vea, hacen posible que nuestras tradiciones sigan formando parte de nuestras vidas.

Y quiero dar las gracias también a quienes ya no están. A Pepe. A Domingo. A Ramón. A Luis. A mis abuelos. Y a tantos hombres y mujeres que hicieron posible que hoy estemos aquí. Porque si hoy podemos mirar estas montañas con orgullo es porque antes hubo personas que las trabajaron, las cuidaron y las amaron. Que nunca olvidemos eso. Que nunca olvidemos de dónde venimos. Y que nunca dejemos de sentir orgullo por lo que somos.

Hoy, aquí, en Espineres, en el corazón del Sueve, celebremos nuestra tierra. Celebremos nuestras raíces. Celebremos a nuestra gente. Y celebremos, por encima de todo, al asturcón. Ese pequeño gran caballo que, con su fortaleza y su libertad, representa como pocos el espíritu de estas montañas.

¡Viva el Sueve! ¡Viva Asturias! ¡Viva el medio rural! Y, sobre todo, ¡Viva el asturcón!

Muchas gracias y feliz Fiesta del Asturcón a todos.





 

OBSERVACIONES: Subido a esta web por gentileza de su autor, Iván Allende Toraño, alcalde de Piloña.

 

 

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“El lobo genera preocupaciones y dificultades para quienes viven y trabajan en el medio rural. Debemos ser capaces de hablar de todo ello con respeto, con conocimiento y, sobre todo, escuchando a quienes viven en el territorio. Porque proteger la naturaleza no puede significar olvidar a las personas que llevan generaciones cuidándola”. Iván Allende Toraño, alcalde de Piloña, en su pregón en la XLVI Fiesta del Asturcón.

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