Leído en el acto oficial celebrado en la majada de Espineres el 22 de agosto de 2026.
La responsabilidad de dirigiros unas
palabras que representen los sentimientos de esta Fiesta del Asturcón me la han
encomendado este año a mí.
Y lo primero que quiero hacer es dar las
gracias a ACAS por la confianza. Gracias por el honor que supone estar hoy aquí
y por el orgullo de figurar en la lista de pregoneros y pregoneras que, a lo
largo de los años, han tenido la oportunidad de poner voz a esta Fiesta de
Interés Turístico Nacional.
Para mí, además, hacerlo aquí tiene un
significado muy especial. Porque en las laderas que sostienen y delimitan esta
maravillosa Sierra del Sueve nací hace casi 38 años. Tres de mis cuatro ramas
familiares tienen sus raíces entre La Goleta, Sardea y Robléu. Por eso, cuando
hablo del medio rural, de la ganadería, del monte y de nuestras tradiciones, no
hablo solamente de algo que conozco. Hablo de mi propia historia.
La ganadería y el medio rural han sido el
sustento de todos y cada uno de mis antepasados. Han marcado la vida de mi
familia y, sin duda, han moldeado también mi carácter. Permitidme contaros una
pequeña historia familiar.
Mi abuelo Ramón fue el último de seis
hermanos. Cuando apenas tenía dos años se quedó sin madre, y toda la familia
tuvo que abandonar Sardea para trasladarse a Robléu —el pueblo más bonito de
Piloña— y convertirse en caseros en aquellos difíciles años de guerra y
posguerra. Los hermanos tuvieron que sacar adelante a la familia como pudieron.
Unos trabajando en la casería; otros, saliendo a servir en casas de gente
acomodada.
Mi abuelo Ramón se casó con mi abuela
Lourdes, que había llegado a Robléu desde Lozana, después de unos años marcados
por las persecuciones, los señalamientos y las dificultades que siguieron a la
guerra.
No tenían prácticamente nada. Pero lo que
sí tenían eran unas ganas enormes de salir adelante. Y así, con el sudor de su
frente, fueron construyendo una familia y una vida mejor para los que
vendríamos después.
La historia de mis abuelos no es
excepcional. Es la historia de muchas de nuestras familias. De personas que tuvieron muy poco, pero que
nos dejaron una enseñanza que no deberíamos olvidar nunca: que las cosas que
verdaderamente merecen la pena requieren esfuerzo, sacrificio y constancia.
El medio rural ha sido durante
generaciones el sustento de muchas familias. Y debe seguir siéndolo. Porque
hablamos de nuestros pueblos, de nuestro paisaje y de nuestras tradiciones,
pero hablamos también de algo tan básico y tan importante como la capacidad
de producir los alimentos que necesitamos para sobrevivir.
En mi casa toda la vida hubo vacas de
leche. Por eso sé, como muchas otras personas que hoy estáis aquí, lo que significa
sacar adelante una explotación ganadera. Sé lo que significa levantarse
temprano. Sé lo que significa que no haya domingos ni festivos cuando los
animales dependen de ti. Sé lo que significa mirar al cielo y preocuparse por
el tiempo. Y sé también lo que significa entender desde niño que tu trabajo es
necesario.
En mi familia, aquella explotación era
nuestra única dedicación y nuestra única fuente de ingresos y siempre fui
consciente de que mis manos hacían falta allí.
Cuando comencé a estudiar Matemáticas en la
Universidad de Oviedo, iba y venía todos los días en transporte público. Y
tenía que ser así porque mi ayuda era necesaria en casa.
Aquello hizo, sin duda, que mis estudios
fueran más difíciles.
Pero hoy estoy convencido de que fue una
de las mejores lecciones de vida que pude recibir. Porque aprendí que nada
importante se consigue sin esfuerzo. Aprendí que detrás de cada logro hay
sacrificios que muchas veces no se ven. Y aprendí a valorar mucho más las
pequeñas cosas del día a día.
Quizá por eso, cuando hoy miro esta Sierra
del Sueve, no puedo verla únicamente como un paisaje extraordinario. La veo
como un lugar lleno de historias. Historias de personas que vivieron,
trabajaron y lucharon aquí. Historias de familias que encontraron en el monte
una parte fundamental de su sustento.
Y precisamente por eso recuerdo
especialmente la primera vez que subí a esta mayada de Espineres. Nosotros, en
casa, teníamos vacas de leche y no éramos habituales del monte. Pero aquella
primera subida la recuerdo perfectamente. Subí con mi padre y con Pepe, el de
Brez, que para mí fue casi un abuelo más. Y aquí, en esta cabaña, pasamos dos
días con Domingo, el de Miyares, con Ramón, el de Braniella y con Luis, el de
Cutre. Hoy los tres han desaparecido. Pero siguen estando de alguna manera
aquí. Están en nuestra memoria. Están en nuestras conversaciones. Y, sobre
todo, están en aquello que nosotros tenemos la responsabilidad de conservar.
Porque Domingo, Ramón, Pepe, Luis y tantos
otros pertenecían a esa generación que entendía el monte de una manera muy
diferente a como muchas veces lo entendemos nosotros. Ellos sabían
que el monte era patrimonio. Pero no patrimonio entendido como
algo que simplemente se contempla. Era patrimonio porque de él dependía la
vida. Para muchas familias, el monte era prácticamente el único patrimonio que
tenían. Y, al mismo tiempo, era el patrimonio de todos. Por eso lo estudiaban. Por
eso lo cuidaban. Por eso lo respetaban.
Y por eso creo que debemos recuperar
también nosotros esa mirada. Porque si hoy podemos celebrar aquí esta Fiesta
del Asturcón es, en buena medida, gracias a aquellas personas que entendieron
que había algo que merecía la pena conservar.
Y ahí está, precisamente, la grandeza de
esta fiesta. La Fiesta del Asturcón no nació como un acontecimiento turístico. Nació
de la necesidad de poner en valor una forma de vida, una raza, un paisaje y una
tradición que forman parte de nuestra identidad. Y con el paso de los años se
ha convertido en mucho más. Hoy tenemos el reconocimiento de Fiesta de
Interés Turístico Nacional.
Y debemos sentirnos orgullosos de ello.
Pero ese reconocimiento no puede hacernos
olvidar cuál es el verdadero motivo por el que estamos aquí. Estamos aquí
por el asturcón. Por esos caballos que durante siglos han
formado parte de estas montañas. Por quienes los cuidaron y los siguen
cuidando. Por quienes entendieron que había que protegerlos cuando quizá no era
fácil hacerlo. Y por quienes hicieron posible que esta fiesta llegara hasta
nosotros. Porque el asturcón no debería ser solamente protagonista durante un
día. Tenemos que conseguir que el asturcón esté presente durante todo el año.
Que se conozca. Que se valore. Que
nuestros niños sepan qué es un asturcón y qué representa. Y que quienes nos
visitan entiendan que cuando ven uno de estos caballos están contemplando una
parte de nuestra historia.
Por eso iniciativas que miran al futuro,
como la recuperación y conservación de la raza, la investigación o proyectos
como el cercado para la visita de los asturcones en el entorno de la Piscifactoría de
Infiesto, tienen que
servir para garantizar que aquello que celebramos hoy tenga continuidad mañana.
Invertimos parte de los Fondos Europeos de Turismo en desarrollar estas
instalaciones del Centro de Interpretación del caballo de Asturcón en la
Piscifactoría, que desde el pasado mes de julio están abiertas, y que iremos
completando con dotación de servicios a lo largo de los próximos meses.
Y aprovechando que hoy, como en muchas
otras ocasiones, tenemos con nosotros a la Vicepresidenta del Gobierno de
Asturias, Gimena Llamedo, tengo el deber de agradecerle el empujón y la ayuda
que nos brindó tanto para la puesta en marcha de este Centro del Asturcón, como
para que en el año 2019 esta fiesta fuera declarada de Interés Turístico
Nacional. Gracias Gimena.
Porque conservar no significa mirar
únicamente hacia el pasado y el presente. Conservar significa preparar el
futuro. Y en ese futuro tenemos también que hablar del monte. De
la convivencia entre las actividades tradicionales y la conservación de la
naturaleza. De la ganadería extensiva. De ganaderos y ganaderas. De la fauna. Y
también del lobo.
El lobo genera preocupaciones y
dificultades para quienes viven y trabajan en el medio rural. Debemos ser
capaces de hablar de todo ello con respeto, con conocimiento y, sobre todo,
escuchando a quienes viven en el territorio. Porque proteger la naturaleza no
puede significar olvidar a las personas que llevan generaciones cuidándola.
Esta semana se publicaba que a partir de
septiembre se vuelve a aplicar el Plan de Lobo en Asturias después de los
ajustes normativos exigidos por los tribunales de justicia. Es imprescindible que
se contenga la población del lobo si queremos seguir viendo incorporaciones de
gente joven y futuro para el sector. El Sueve es un buen ejemplo, pasando de
ser un territorio libre de lobos a un monte con ataques constantes durante los
últimos dos años. Y necesitamos entender que el futuro del Medio Rural debe
construirse con su gente,
con sus ganaderos, con sus vecinos y con quienes aman este territorio.
Hoy, mientras celebramos esta fiesta,
tenemos una enorme responsabilidad. La misma que tuvieron nuestros mayores. Ellos
recibieron esta tierra de quienes les precedieron. La trabajaron. La cuidaron. Y
nos la entregaron a nosotros. Ahora nos toca a nosotros decidir qué queremos
entregar a quienes vengan después.
Ojalá podamos entregarles un Sueve vivo. Un
Sueve cuidado. Un Sueve con ganadería. Un Sueve con asturcones. Un Sueve con
gente viviendo y trabajando. Un Sueve donde nuestras tradiciones no sean
solamente un recuerdo, sino una parte viva de nuestro futuro.
Y ojalá, dentro de muchos años, alguien
pueda volver a ponerse aquí delante y contar que sus abuelos subían a
Espineres, que conocieron a aquellos hombres y mujeres que hicieron posible
esta fiesta y que, gracias al esfuerzo de muchas generaciones, el asturcón
sigue corriendo libre por estas montañas.
Porque ese será el mejor homenaje que
podamos hacer a quienes nos precedieron. No solamente recordarles. Continuar su
legado.
Por eso hoy quiero dar las gracias. A
ACAS, por mantener viva esta fiesta. A nuestros ganaderos, por su esfuerzo
diario. A quienes cuidan de nuestros asturcones. A quienes trabajan por nuestro
medio rural. A quienes hacen posible que esta celebración siga creciendo. Y a
todas esas personas que, muchas veces sin que nadie las vea, hacen posible que
nuestras tradiciones sigan formando parte de nuestras vidas.
Y quiero dar las gracias también a quienes
ya no están. A Pepe. A Domingo. A Ramón. A Luis. A mis abuelos. Y a tantos
hombres y mujeres que hicieron posible que hoy estemos aquí. Porque si hoy
podemos mirar estas montañas con orgullo es porque antes hubo personas que las
trabajaron, las cuidaron y las amaron. Que nunca olvidemos eso. Que nunca
olvidemos de dónde venimos. Y que nunca dejemos de sentir orgullo por lo que
somos.
Hoy, aquí, en Espineres, en el corazón del
Sueve, celebremos nuestra tierra. Celebremos nuestras raíces. Celebremos a
nuestra gente. Y celebremos, por encima de todo, al asturcón. Ese pequeño gran
caballo que, con su fortaleza y su libertad, representa como pocos el espíritu
de estas montañas.
¡Viva el Sueve! ¡Viva Asturias! ¡Viva el medio rural! Y, sobre todo, ¡Viva el
asturcón!
Muchas gracias y feliz Fiesta del Asturcón
a todos.
OBSERVACIONES: Subido a esta web
por gentileza de su autor, Iván Allende Toraño, alcalde de Piloña.
MÁS INFORMACIÓN COMPLEMENTARIA. Pinchar en enlaces.
“El
lobo genera preocupaciones y dificultades para quienes viven y trabajan en el
medio rural. Debemos ser capaces de hablar de todo ello con respeto, con
conocimiento y, sobre todo, escuchando a quienes viven en el territorio. Porque
proteger la naturaleza no puede significar olvidar a las personas que llevan
generaciones cuidándola”. Iván Allende Toraño, alcalde de Piloña, en su pregón
en la XLVI Fiesta del Asturcón.




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