viernes, 2 de septiembre de 2011

Un viñedo en la Toscana. Ferenc Maté.

¿Quién no ha imaginado una vida idílica en la Toscana, saboreando un buen vino, disfrutando de la mejor comida y de la amistad vecinal? Ferenc y Candance Máté, escritor y pintora, parecen haberlo logrado. Pero el verdadero sueño de Ferenc es crear su propio vino. Juntos aprenderán que para conseguirlo se requiere perseverancia, buen gusto, y sobre todo, la capacidad de reírse de uno mismo.

UN VIÑEDO EN LA TOSCANA. Ferenc Maté.
Editorial Planeta, S.A. Colección Lectura Plus. Junio de 2011. Barcelona. 439 páginas.

1.- La Soddisfazione.
Francesco a la vez que come con Paolucci reabre su interés por tener un viñedo, lo que le desaconseja su vecino. De camino a su casa -la Marinaia- que daba vista a Montepulciano, estaba en mitad de campos y viñedos, pero apenas poseía una hectárea de terreno, por lo que si quería un viñedo tendría que comprar más tierra.
Dejo atrás las viñas de Paolucci y llego al viñedo de Talosa, que colindaba con su propiedad, lo cuidaba un romano de aspecto grosero que se había dedicado a estafar a todos los vecinos de la zona de una forma u otra. Viendo sus viñedos soñó que trabaja los suyos propios, con la vendimia, las semanas de fermentación y con la visión de su primera botella de vino.

2.- La viña colindante.
Los toscanos detestan a los romanos, no solo por una opresión que empezó hace dos mil años y que aniquilo todo vestigio de la civilización etrusca, sino que la razón más profunda es que por experiencia desconfían de ellos al ser criminales desvergonzados. Él mismo lo pudo comprobar cuando intento comprar la viña colindante.
En la mayoría de los países comenzar a cultivar un viñedo no es un gran problema, pero no en la Toscana, dónde hay que salvar muchas trabas burocráticas y mucho más si es en zonas con Denominazione di Origine Controllata e Garantita (DOGC), como las del Chianti Classico, el Vino Nobile di Montepulciano o el Brunello di Montalcino. La DOGC marca los límites de plantación mediante catastros, controla las cosechas por hectárea y la cantidad de vino que se produce, y para ello cuenta con un escuadrón antifraude que tiene total autoridad, excepto las veces que miran para otro lado después de recibir un salario extra. Para poder plantar hay que comprar derechos de plantación a quién los tenga, pero esto no es fácil, en muchas ocasiones hay que comprar a varios y se utiliza un intermediario, realizándose habitualmente transacciones sin ningún tipo de recibo, la palabra de un toscano vale tanto como el oro.
Un ángulo del viñedo colindante prácticamente se metía en su terreno y él soñaba con qué algún día sería suyo, no era muy grande, poco más de una hectárea y producía unas 8000 botellas al año, suficiente para empezar una bodega familiar. Él como escritor, con 40 años, no iba a tener pensión y buscaba con la bodega obtener unos ingresos en esa etapa.
El viñedo en cuestión estaba hecho un auténtico desastre, como tantos otros en la zona pertenecía a un consorcio romano que para nada tienen amor al vino y suelen tener un administrador al que sólo le importa que produzca uvas, pero le da igual la calidad, y el que el pretendía estaba arruinado por el abandono y la especulación, sólo un poco de amor y cuidado podían devolverle la vida. Al final se decidió comunicarle a su esposa su intención de adquirir aquel viñedo, que no acogió la idea con mucha alegría.
Al día siguiente se encamino en busca del administrador, encontrándose en el camino con Paolucci al que le comunico la noticia, proponiéndole este que se quedase con las suyas. Las cavas de Talosa ubicadas en cavernas cavadas por los etruscos le fascinaban, y en ellas tenía el despacho el administrador, que le recibió con cortesía siendo conocedor de sus intenciones. En total gestionaba más de 40 hectáreas y le ofreció un viñedo de una hectárea cercana a su casa, él rechazo la oferta y le manifestó su interés en el colindante con su casa, pero para su sorpresa el romano le pidió por la hectárea en la que estaba interesado 50.000 dólares americanos, y eso que le iba a poner precio de amigos, ahora entendía la mala fama de los romanos.

3.- Nuestra vida en la Toscana.
Como buen húngaro se crecía ante la adversidad y estando en casa de su amigo Andrew, pintor y escultor inglés, que nunca quiso tener viñas y que le alivio su cabreo con una buena comida y un whisky, tomo la decisión de vender su actual casa y comprar una casa en ruinas con un viñedo, ya que restaurar una casa en ruinas era otra de sus debilidades que había tenido durante toda su vida, y con las que soñaba desde que era niño.
A su llegada a la casa le comunico a su esposa el comportamiento del romano y la decisión que había tomado, pero su mujer se mostró indiferente y le preguntó como se había tomado Paolucci sus intenciones. Para los Paolucci ellos eran como de su familia, les había enseñado todo a su llegada, los invitaban todos los domingos a sus comidas y celebraban juntos todas las familias, pero el lazo más fuerte era su amor por su hijo. Así que anunciarles que se mudaban era como decirle a una madre que sus hijos se iban de casa en busca de nuevas oportunidades.
Otra de las carencias que tenía para él su actual casa era la falta de bosques, una parte muy importante en la vida campestre, también era pequeña y eso obligo a que su esposa tuviera que alquilar un estudio en la ciudad donde pintar. Lo consiguió en una zona tranquila de Montepulciano, alquilándolo una antigua imprenta, al que el dueño le hizo más reformas de las que ella necesitaba, motivo por lo que ella estaba encantada con el lugar.

4.- En busca de ruinas.
Dedico todos sus esfuerzos a la búsqueda de una ruina, delimito un terreno cercano a Montepulciano y examino palmo a palmo hasta el punto que los granjeros le pusieron el mote del “buscador” en una faceta que lo hizo tremendamente feliz, aunque sin gran éxito, aunque en una ocasión encontró un viejo molino que le satisfacía.
Recorría los terrenos con su viejo deportivo Matra, y poco a poco tuvo que ampliar el campo de búsqueda con igual resultado negativo; teniendo en ocasiones anécdotas curiosas, como cuando se le estropeo su coche por meterlo por caminos inadecuados y fue remolcado por tres ovejas.
Amplio su campo de acción a los alrededores de Petroio y posteriormente a los de Siena, sin conseguir lo buscado. En Siena, tierras de arcilla, el gobierno quiso impulsar el cultivo de tomates, haciendo un gran esfuerzo y plantando grandes cantidades obteniendo un gran fracaso, ya que esta zona apenas tiene agua y todas las plantas se murieron.
Después de considerar que había analizado todas las zonas desistió de su empeño. Por aquellos tiempos Italia se sumió en la red de persecuciones jurídicas llamada de “manos limpias” intentando acabar con los sobornos y la corrupción, lo que llevo a muchos a desistir de llevar una vida lujosa y pusieron a la venta muchas propiedades. Una tarde su esposa que cariñosamente lo llamaba “compi” le llamo para que viera un anuncio en una revista italiana, ya que según ella allí estaba lo que buscaba. En la revista había fotos de casas en venta y su mujer le enseñaba una foto área de un pequeño castillo encantado, que parecía abandonado desde tiempos remotos y el titular era “Ahora tiene usted la posibilidad de poseer un viñedo en la Toscana” y la oferta incluía un convento del siglo XIII, 24 hectáreas y derechos para plantar viñedos.

5.- Las trece mejores.
El matrimonio se desplazo desde Montepulciano a Montalcino a través de una carretera que es el sueño de todo fanático de la conducción deportiva, ya que allí habían quedado con Silvia, gestora de propietarios de fincas y que era el contacto señalado en el anuncio. Se llevaron una gran sorpresa cuando esta les dice que aquella solo era una de las trece casas, todas igualmente hermosas, que tenían en venta.
Le explico todos los pasos que había dado y que había visitado la zona, pero curiosamente no visito una zona de dos mil hectáreas de ondulantes colinas que pertenecían en su mayoría a Banfi, la mayor bodega de Montacino. Decidieron que lo mejor era ver las trece fincas.
Dejaron la carretera pavimentada y entraron en una pista de tierra, el paisaje cambio por completo, pasando del frío interior al calor del Mediterráneo, los terrenos y bosques rebosaban vitalidad y en las colinas había castillos, torres y ruinas todas en venta. El matrimonio no daba crédito a lo que veía y no se explicaba como aquello no era conocido.
Se fueron hasta el pequeño y precioso pueblo de Camigliano, en donde estaba situada la primera de las ruinas, Centine, de la que quedaron prendados y que él ya quería comprar siendo frenado por su esposa.
Posteriormente vieron Bellavista, que también fue de su agrado, pero contaba con el inconveniente de estar pegado a la carretera por donde pasaban los camiones de las bodegas de Banfi. La siguiente que vieron fue en Lavatrice, pero la finca solo contaba con una hectárea y estaba rodeada por viñedos de Banfi. Visitaron otras cinco más y estaban hipnotizados por lo que habían visto, así que agradecieron el momento de ir a comer.
A la conclusión siguieron viendo fincas, una de ellas una iglesia del siglo X, tesoro nacional que no podía ser restaurada por particulares, y la gestora dejo para la última la que denomino la joya de la corona de Banfi, “Il Colombaio”, a la que se llegaba después de pasar por un puente construido por los romanos y por Soldera, dónde elaboran el mejor Brunello de todo Montalcino, hasta un punto en dónde hay que dejar el coche y continuar a pie. El paisaje que veían era de una belleza pasmosa y Candance corrió como una loca y cavo hasta sacar un tallo con dos hojas de parra, diciendo: “Aquí lo tienes, compi, tu propio viñedo”.

6.- La joya de la corona.
Mientras él observaba las viñas y el bosque, las mujeres ya habían llegado hasta la casa y Candance lo primero que vio fue un gigantesco horno de ladrillo en perfecto estado, en ese momento él supo que aquella era la casa que buscaban, su mujer anhelaba tanto un horno como él un viñedo.
Armados de palos se abrieron hueco hasta el interior de la casa, era grande con una torre y diferentes salas, él se engaño a si mismo: la casa sólo necesitaba un repasillo, reforzar las vigas rotas, dar una capa de pintura y quitar el polvo. La propiedad se extendían mucho más allá, pero el sol ya estaba demasiado bajo para seguir la exploración. Candance lo tenía claro y le manifestó que Dios les había reservado aquella ruina para ellos.

7.- Primer paso: la decantación.
Una cosa es encontrar la casa en ruinas que siempre había soñado, pero otra cosa muy distinta es poder pagarla. Como todo su dinero lo habían invertido en La Marinaia, el único modo de comprar Il Colombaio era venderla. Mientras durara la restauración tendrían que acampar en el patio y era consciente de que una restauración completa llevaría dos años. Sus ingresos dependían de un libro que aún no había terminado y era fuente de ingresos no fiable.
Un día tuvo un sueño, en el que una mujer amaba su casa, pero que necesitaba gente cerca de ella y la casa una importante reforma, por eso anunció la venta con un jardinero que cuidara día y noche la casa, su objetivo era venderla a gente que solo la quisiera para pasar las vacaciones y algunos fines de semana y permanecer ella en la misma. Y ellos tenían a ese comprador, al hermano de Candance, un riquísimo inversor canadiense que vivía a 10.000 kilómetros de distancia.
Una vez tomada la decisión les entraron las dudas: Buster quería a sus compañeros de colegio, Candance tenía su estudio en la ciudad y estaban sus vecinos los Paolucci, por lo que decidieron no decidir. Para mirar las cosas a distancia decidieron navegar durante su verano con su velero por las costas de la Columbia Británica, allí podría documentarse para escribir “The Ghost Sea” la novela que estaba preparando.

8.- Un nuevo amigo.
Una vez cada mucho tiempo tienes la suerte de conocer a una persona y saber, desde el primer momento, que seréis amigos para toda la vida. Antes de salir a navegar por el Pacífico, fueron a conocer a Tommaso Bucci, a quién los amigos llaman Tommi. Dirige la bodega –de alta tecnología- de Banfi, y también se encarga de gestionar sus terrenos. Era él quien tenía la última palabra sobre la venta de Il Colombaio. Después de una charla animosa estuvieron viendo un mapa dónde estaban señaladas todas las propiedades, hasta que llegaron a la joya de la corona, a la casa que ellos deseaban. Sus ojos se entornaron y dijo: Si yo fuera un escritor rico… es una casa tan poética, y con veinticuatro hectáreas, dos promontorios, una oscura garganta y las mejores tierras de la Toscana para cultivar las vides ¿qué más se puede pedir? Eso no es sólo un trozo de tierra, es un pequeño reino.
Más tarde les llevo a dar un paseo por la bodega y cataron varios de sus vinos hasta que llego el Cavaliere Rivella, lo de Cavaliere era una condecoración que le había otorgado el gobierno italiano por sus logros, entre los que se contaba la creación de las bodegas Banfi. Les hablo de la finca, de las cuatro hectáreas orientadas al suroeste que poseía el terreno ideal para plantar Sangiovese –la cepa con la que se hace el Brunello- y sobre los terrenos de arcilla orientados al oeste donde él había plantado Merlot; también que el Cabernet crecía con fuerza en las tierras altas de las colinas y sobre todo de unas terrazas medio derruidas orientadas hacia el sur, estando convencido de que fueron construidas por los etruscos, y que si pudiera reconstruir no dudaría en plantar en ellas Syrah.
Candance después de la efusiva defensa de los terrenos no dudo en preguntarle porqué entonces no las plantaron ellos. Tommi explico en un mapa de la propiedad en la que señalaba los sitios dónde se podía plantar y en él se veía la pequeña dimensión de las mismas, el resto era bosque que no se podía tocar y para trabajarlas se necesitaba maquinaria pequeña y especializada, cuando ellos trabajaban con grandes maquinas, además había otro grave problema ya que tendrían para adaptar al personal acostumbrado a trabajar en otras condiciones. Acabo diciendo que un lugar tan magnífico como éste, no debería desaprovecharse en manos de una gran corporación, necesitaba a alguien que lo ame.

9.- El señor Adhesivo.
Cuando volvieron de navegar durante todo el verano estaban listos para dar el salto, solo necesitaban que no hubiera otro pretendiente para la finca, pero en la entrevista con Tommi le dijo que estaban negociando con un rico industrial, un gran fabricante que controlaba la mayoría de la producción de adhesivos; ya habían firmado un acuerdo preeliminar y se desplazaría en los próximos días para aclarar detalles sobre los derechos de Brunello, prácticamente lo tenían todo perdido.
Tras recibir la noticia fueron a la finca, pensando que sería la última vez, y en la visita descubrieron una buena cantidad de hongos porcini, con lo que prepararon una colosal cena.
El glorioso juego de fútbol -el calcio- es más sagrado para los italianos que el báculo del Papa, él estaba viendo el partido de la selección que perdía 0-2 siendo la última posibilidad de entrar en la Copa del Mundo, un silencio mortuorio se cernía sobre el país cuando sonó el teléfono. Era Tommi Bucci, le hablaba muy deprisa, en el encuentro final con Rivella el señor Adhesivo se había puesto arrogante y agresivo, lo que motivo que el Cavaliere enrojeciera de ira y mandará llamarle de inmediato.

10.- El bautismo.
En la mayoría de países civilizados, los negocios de patrimonio se llevan a término ante notario, con acuerdos escritos y un talonario. Con Bucci y Rivella las cosas no funcionaban de ese modo, en vez del papeleo legal sobre la mesa había cuatro vasos y una botella de champagne. Al poco rato Tommi les lanzo un manojo de llaves y Rivella brindo por su nueva casa y por su renacer que empezaba al día siguiente. Francesco quedó paralizado, ni habían firmado ni negociado nada, ni tan siquiera le habían pedido un aval o una fianza.
Tommi fue a buscar los planos de la casa para que pudieran soñar con ella esa misma noche, cuando una llamada los interrumpió. Era el señor Adhesivo que no paraba de poner condiciones para llevar a cabo el acuerdo, cuando fue cortado e informado de la venta realizada.
Ya en su casa comenzaron a estudiar los planos y a su redistribución, tenían claro que el domingo irían a bautizarla. Comer fuera el domingo se había convertido en una tradición familiar y gracias a su continua búsqueda de ruinas conocía prácticamente todos los sitios de la Toscana donde se comía bien y familiarmente.
El domingo llegó y hacia la casa fueron, antes de llegar pararon en una vinatería que había junto a su camino, informaron de la compra y el dueño les regalo una botella de Brunello de 1987 ya que él había nacido en ella. La emoción era indescriptible, limpiaron y a la hora de hacer la parrilla mandaron a Buster a por madera, llegando sin ella aunque con un buen ramillete de porcini.
Después de la comida planificaron el trabajo que les quedaba por delante y mandaron a su hijo en busca de más porcini para poder ellos subir tranquilamente a la torre, hacer el amor y estrenar su nueva casa de manera oficial. Il Columbaio estaba bautizado.

11.- Los últimos contadini.
Había llegado el momento que tanto temían, decírselo a los Paolucci, el domingo de vuelta pararon delante de su casa y les dieron los porcini y salieron deprisa con la disculpa de que su hijo estaba durmiendo. El resto de la semana estuvieron esquivos, pero el jueves noto que la tensión crecía entre ellos, estaba seguro que alguien les había adelantado la noticia, por lo que decidieron decírselo esa misma noche. Candance les hizo una tarta y su hijo unos dibujos, en la reunión comieron y bebieron, pero sin la jovialidad de otros tiempos, Rosanna rompió el hielo y comunico que habían recibido noticias sobre la casa, Candance se intento explicar, pero hablaban de su casa, el propietario la quería y tenían que mudarse.
La noticia les produjo un impacto mucho mayor que su propia mudanza, pero había una explicación. Los Paolucci eran una de las últimas familias de contadini que quedaban en la Toscana, eran una versión moderna de los siervos medievales, durante centenares de años las tierras eran propiedad de los poderosos, los grandes terratenientes y la Iglesia, que las arrendaban a los contadini; la casa, la tierra, la maquinaria e incluso las semillas eran propiedad del terrateniente, el contadini sólo podía contar con sus ropas y sus objetos religiosos, pero lo normal era vivir en la casa desde su nacimiento hasta su muerte, como contrapartida del trabajo realizado recibían la mezzadria, es decir la mitad de todo lo que producían. Después de la II Guerra Mundial el Estado puso fin a este sistema y los terratenientes tuvieron que ofrecer a los contadini la oportunidad de comprar la casa y las tierras colindantes a un precio razonable, pero los Paolucci no compraron. Se irían a casa de una hermana a dos pueblos al oeste de allí, Candance les dijo que ellos se irían a tres al oeste, ya que la mitad de la casa era de su hermano y se tenían que ir y la alegría por seguir siendo vecinos les inundo a todos.

12.- El nuevo contadino.
Si quieres convertirte en granjero en Italia tienes que hacer mucho más que cavar surcos en la tierra, para obtener los subsidios y las reducciones de impuestos hay que convertirse oficialmente en un “imprenditore agricolo” lo cual implica pasar por extenuadas pruebas de resistencia física y mental, y además aprobar un examen, que consta de 20 preguntas escogidas al azar de un volumen que contiene 2679 preguntas.
El examen se convoca dos veces al año y él se dedico al estudio, pero poco antes Piccardi -que no daba crédito al saber que lo había estudiado todo- le dio un papel arrugado con las veinte preguntas del examen, las mismas se venían repitiendo desde hacía treinta años, y le apostillo que aquello era Italia.
Después de todo el esfuerzo por poco no logra presentarse al examen, fue a presentar la solicitud el último día a última hora a la oficina agraria, pero allí no era, había que hacerlo en correos, a dónde llegó en el momento de cierre de la oficina, gracias a las amenazas de una robusta campesina que él siguió consiguió registrar la solicitud en tiempo y forma.
A la hora del examen, reconoció a una buena parte de los 30 que se presentaron, estaba el farmacéutico, el peluquero, el enterrador, el jefe de la policía, etc. todos ellos se habían convertido de repente en campesinos con el objeto de reducir impuestos, el examinador pidió seriedad, pero al rato todo el mundo se comunicaba a voces.

13.- Camino sin retorno.
Para reconstruir una ruina en la Toscana hace falta mucha paciencia, pasión, perseverancia y una gran montaña de documentos, ya que todo es patrimonio histórico nacional, por lo que lo mejor es contratar a lo que allí llaman un geometra, o lo que es lo mismo entre un ingeniero de estructuras amateur y un arquitecto, y el mejor era Piccardi, y a él le contrato para solucionar todo el papeleo. También contrato a Fosco Pignattai, que dirigía una constructora de ocho obreros. Aunque Piccardi preparo un documento correcto para la obra, Pignattai le propuso hacerlo entre los dos, era un acto de fe, el no se haría rico pero lo pasaría bien, a aquella propuesta no se podía negar, además empezarían inmediatamente sin papeles, lo llamarían limpieza y mantenimiento. Y así fue como el lunes siguiente comenzaron los trabajos, llevaron una grúa de 25 metros para comprobar la solidez de los cimientos y comenzar con todas las medidas, el constructor no tomaba nota de nada, lo llevaba todo en la cabeza, pero él si lo hacía de lo que estaba seguro el constructor.
La semana siguiente se tuvieron que ausentar, Candance exponía en una muestra en uno de los pequeños palacios más hermosos de Mantua, una de las maravillas italianas, y a la vuelta impacientes pudieron conocer a los albañiles y ayudantes, pero para su desgracia también oyeron un estruendo tremendo y unas maldiciones del capataz, el suelo de las habitaciones y el tejado se habían desplomado, solo había cuatro altos muros, la restauración había comenzado.

14.- La visita del rey del vino.
Angel Gaja es autor de algunos de los mejores vinos del mundo y el que empezó la revolución enológica en Italia, insistiendo en la calidad superior sin importar la cantidad. Un día de los que estaban trabajando llego a la finca a presentarse, acababa de comprar los viñedos de al lado, se saludaron y ambos se alabaron mutuamente las propiedades adquiridas.
Realmente hasta esa visita prácticamente se había olvidado de los viñedos, el trabajo de reconstrucción era tal que le absorbía todo su tiempo, y los domingos en los que la familia iba a comer a la finca recomponía las situaciones en las que se encontraba. Curiosamente se empezó a preocupar por ellas, un día que fueron a cenar a casa de unos amigos, y llevaron la botella que Gaja les había regalado en la visita - un “Sori San Lorenzo 1989”- Candance quedó fascinada con sus sabores y explicaron la procedencia de la botella, hablaron sobre él, un piamontés que había comprado en la Toscana y casi, casi entre todos obligaron a Francesco a comenzar a plantar las viñas, teniendo un vecino tan ilustre no podían dejar pasar la ocasión

15.- Un tesoro enterrado.
Después de dos meses de renovaciones su casa parecía recién bombardeada, lo único que quedaba en pie eran los altos muros, sin techos, ni suelos ni tejados, se elevaban grises y desolados hacía el cielo. Él trabajaba como un albañil más, un día mientras golpeaba con el cincel en las piedras golpeo contra algo débil y crujiente y de una grieta salió una nube de langostas lo que les obligo a retirarse del trabajo.
Pasaron tres meses desde que comenzaron a descorchar los muros hasta que limpiaron todos los escombros. Uno de los días que estaban trabajando en el establo, levantando las tablas uno de los albañiles encontró el canto de una urna enterrada. Él escarbo y escarbo, pero cuanto más lo hacía más grande se hacía la urna, era una de las usadas desde los tiempos de los etruscos como recipiente, y él que era conocedor de un yacimiento etrusco en las inmediaciones, se imagino una y mil cosas sobre lo que podía contener.
Llegó el final del día, los albañiles se fueron y él siguió con la excavación, al final consiguió sacar toda la urna y en ella había un pequeño baúl de madera, del tipo de los que se usa en joyería, pero no había joyas ni tan siquiera una moneda, lo que contenía era una carta envuelta en una tela aceitosa de fecha 1782 y todo indicaba que se trataba de una carta de amor, en el que destacaba una franqueza: “¿De verdad me amas, o lo que amas realmente es soñar con que amas?. La urna permanece hasta el día de hoy en el rincón donde fue encontrada.

16.- La primavera perdida.
Fabricio Moltard llegó brincando entre las ruinas, había sido agrónomo de Frescobaldi, uno de los destacados viticultores de Italia, y ahora trabajaba para el mejor: Angelo Gaja, se presentó y le explicó que había estado observando sus progresos. Mientras hablaba no paraba de mirar el suelo, cogió un puñado de tierra y lo metió en agua varias veces hasta que se lo enseño, era un fósil, una concha espiral cubierta por bultos extraños. Estaba conmovido y el motivo no era otro que algunas de las mejores cosechas se dan en las tierras llenas de fósiles y limo, Fabrizio sentenció: “Tiene un suelo excelente, lleno de minerales y colonias microbiológicos que darán un sabor especial a las uvas. La mayoría de las gentes daría gracias a Dios sólo por eso. Pero además tiene la pendiente ideal para que el agua corra, la perfecta orientación al suroeste y la brisa marina que al atardecer modera el calor y evita que sus uvas se cuezan. Y, aparte de todo esto, tiene un subsuelo llenos de fósiles y limo, que puede dar a sus vinos una dimensión única; de aquí saldrá un gran vino, pero no puede plantar sus viñas como el resto de la gente de la Toscana”. Se despidió diciendo que al día siguiente iría el enólogo a analizar el suelo.
Al día siguiente Fabrizio paseo con el toda la propiedad, diciendo lo que iban a plantar en cada terreno. Las cuatro hectáreas frente a la casa las destinó sin pensárselo a Sangiovese, la uva del Brunello. Iban de sitio a sitio cavando agujeros y analizando la tierra. De la casa al sur plantarían Merlot, sería excepcional y hasta Petrus daría por tener unas tierras como éstas. A un kilómetro de la casa, al lado del bosque plantarían Cabernet Sauvignón. En lo alto de la colina, dónde se sentía la brisa del mar y el suelo tenía galestro (una especie de pizarra) plantaría Sangiovese, sería de una calidad excepcional, pero al oeste, dónde había un exceso de galestro plantarían Cabernet. Tenían una gran variedad de suelos, pero los estratos más ricos están en las profundidades, debían de forzar las raíces y para ello plantarían tres mil viñas por media hectárea en lugar de las mil quinientas que se plantaban normalmente, llevar el doble de trabajo pero la calidad será infinitamente mayor, el único problema era que necesitaban mucha, mucho agua.
En la zona había muchos cactus, y los vecinos les habían dicho que la mayoría de los pozos se habían secado. Para su suerte, un día fue a verlo Lamberto Fattoi, uno de sus vecinos más lejanos, como hacía en muchas ocasiones, ese día le hablo de la falta de agua y él recordó que su padre que era cazador le había hablado de una fuente oculta en bosque de las tierras de Il Colombaio. Al día siguiente vino con su padre Ofelio, y armados con machetes se adentraron en el bosque, hasta que encontraron una gran cisterna de agua con agua cristalina en su interior; hizo un cuenco con las manos y contó los segundos que tardaron en llenarse: tres litros por minuto y en un verano sin lluvia, sin duda era la mejor fuente del valle.

17.- Las vigas de Dante.
Fosco reclamaba su presencia, las vigas que hasta su llegada habían sostenido el tejado y los suelos de la casa estaban demasiado podridas hasta para quemarlas, las tendrían que enterrar. Las paredes estaban listas, pero no tenían techo y el verano se acercaba. El problema era más grave de lo que parece, las podían comprar de nogal que había en abundancia, pero no estarían listas para que no se secaran ni agrietaran. Esa fue su razón para convencer a sus albañiles, él no quería vigas nuevas, ya que estaba irremediablemente enamorado de las antiguas vigas de roble que había visto en los techos de las capillas y los palazzi. El desafío era encontrar vigas antiguas, para ello recorrió prácticamente todas las obras en restauración implorando a los albañiles que le vendieran vigas viejas, pero solo consiguió dos.
En un viaje que hizo con su mujer a Umbría, cuando cruzaban la planicie central de Italia en dirección este, cerca de la ciudad de Monterchi –donde está expuesta la Madonna del Parto de Piero della Francesca, una virgen embarazada, de belleza terrenal y serenidad celestial- encontró un albañil que acababa de vender una casa llena de vigas a un hombre llamado Dante, que planeaba cortarlas para fabricar muebles de madera antigua. Vivía más al este, junto al mar Adriático y en su búsqueda fue con la lista que había hecho de habitación por habitación. Dante por su parte le explicó el diámetro de circunferencia que debía de tener una viga para producir el óptimo efecto estético, y una vez más su mirada le delato y en lugar de ofrecerle unas de abeto rectas y aburridas, le ofreció unas irregulares y abolladas que debían haber pertenecido al roble más extraño y retorcido que uno pueda imaginarse. Se enamoro de ellas y comenzó a preparar la lista, lo que acabo después de atender la invitación de comer que le hizo su proveedor.
Dante llegó a Il Colombaio al cabo de dos días con un camión lleno de vigas, mientras los albañiles no podían creer lo que veían sus ojos, e incluso Fosco asentó. Fosco era el único de los albañiles que comía de restaurante, y como era costumbre en Italia tenía un precio especial por ser cliente, eso sí, sin recibo, y bien que lo aprendió él que igualmente se beneficiaba del sistema, lo que también hacían aunque parezca mentira los guardias di finanza.
Alinearon las vigas por tamaños e intentaron juntar las que irían en la misma habitación, pero él se centro y dedicó a limpiar en profundidad lo que él consideraba una joya, que iría en el largo vestíbulo que unía la entrada con el salón, y con la colaboración de todos la colocaron en el sitio elegido, pero al día siguiente todos observaban la viga, era como si un zeppelín hubiera aterrizado en mitad de la casa, era demasiado grande y la tuvieron que retirar. No todos los sueños son tan perfectos a la mañana siguiente.
Pero eso sucedía a menudo, elegían una para un espacio y tenía que volver al inicio, no todas encajaban a la perfección, por lo que un fin de semana con su mujer e hijo hicieron las combinaciones necesarias y dejaron seleccionadas las correspondientes a cada habitación.
Lo siguiente en la lista era encontrar las puertas, por lo que llamo a Dante, que le suministro un buen puñado de puertas antiguas, fuertes y robustas que nadie quería para nada. Escogió las más grandes, tan gruesas que podían servir de contrapeso a una catapulta, lo que motivó la ira de Fosco que exclamó: “mira el nuevo invento del Dottore, en vez de construir una casa de piedra y cortar un trozo de madera para que entre en los agujeros, ha escogido las maderas para que hagamos unos agujeros que encajen alrededor de ellas” el resto de albañiles parecían perplejos.

18.- El Armegedón Humano.
Antes de preparar las tierras para las viñas, la familia habían estado limpiando las malezas del viejo olivar; en otros tiempos los monjes de la abadía habían sido grandes fabricantes de aceite, pero en la devastadora helada de 1894 murieron la mayoría de los olivos centenarios, más tarde Banfi cortó el resto con la intención de plantar viñas, pero de los tocones brotaron nuevas ramas que crecieron hasta convertirse en árboles de dos metros. Preguntó a los vecinos si creían posible trasplantar los olivos desde el viejo olivar hasta el prado que había junto a la casa, la respuesta fue unánime si lo hacía se morirían todos, pero él estaba convencido de que era posible. Fue a ver a un hombre al que veía operar con gran maestría una oruga gigantesca y le pregunto lo mismo, pero su respuesta fue diferente: “Sería un bonito oasis”.
Y a la semana siguiente ya estaba trabajando en la finca, pero no con la oruga sino con una gran excavadora con una pala monstruosa, con la que conseguía recoger el árbol y la tierra de debajo, lo levantaría todo y lo depositaría intacto en su nuevo agujero. Pero eso no era tan fácil, se necesitaba la paciencia sobrehumana y la exactitud de Constantin al requerir una gran técnica. Mientras los vecinos no daban crédito a lo que veían, trasladaron y sobrevivieron los doscientos viejos olivos y en menos de un mes tenían un bello oasis alrededor de la casa.
La tierra del viejo olivar no había sido labrada durante décadas, y su dureza era tremenda, Fabricio insistió en levantar todo el campo y darle la vuelta al menos tres veces para que las nuevas vides pudieran echar raíces profundas. De las profundidades surgieron más fósiles, Fabricio tenía razón había conchas y fósiles de todas las formas imaginables e incluso desenterraron un cráneo. El campo estaba listo, pero debería quedar en barbecho hasta la primavera que sería cuando la tierra estaría a punto.
También limpiaron los márgenes de los bosques, para lo que contrataron a Álvaro, que era un auténtico Armagedón humano. En una ocasión cuando cortaba un árbol casi mata a Giancarlo –otro trabajador- por no avisarle a tiempo de su caída; en otra ocasión con el tractor que debía de quitar los tocones de los olivos muertos para que no se reprodujeran no se sabe como pero llegó con el hasta un barranco con el consiguiente riesgo de caer por él, salvándolo la rápida actuación de Francesco, pero con la total destrucción del techo; su despido llegó cuando le destrozo el coche al moverle el coche y no poner el freno de mano, por lo que se estrello contra unas rocas, quedando como un acordeón.

19.- El hombre de las viñas.
A diferencia de la mayoría de cosas en esta vida, la venganza no engorda y es divertida. La venganza inmediata, como el consumismo convulsivo, debería evitarse en la medida de lo posible pues se pierde el placer de las cosas bien planeadas. Desde su encuentro con el romano había soñado miles de venganzas, pero el destino hizo el trabajo por él, el destino y la mierda de cerdo.
Poco después de la compra de Il Columbaio, el estafador fue a verlo a su casa, le ofrecía la venta de una gran parte de todo su conjunto por un precio de amigo, ya que parecía ser que el consorcio que representaba y sus bodegas estaba contra las cuerdas por los juicios de corrupción. Pidió consejo sobre el precio, y le dijeron que no menos de 150.000 dólares, que coincidía con el precio que quería el romano, pero él le ofreció 75.000 y acabo comprándolo por 50.000 dólares para el hermano de Candance al que le explicó que había conseguido la mitad del valle por un precio de risa. Aquella noche no podía quitarse la sonrisa de la boca.
Pero el romano también esperó la hora de su venganza, después de firmar el trato le pidió que le arrendase el viñedo y se lo dejase cultivar hasta que él pudiera plantar más; el alquiler eran 400 botellas de su Vino Nobile de Montepulcinao, y Francesco solicito dejarlas en su bodega hasta terminar la suya, pero pasado un año se negó a pagar. Ahí es cuando el destino le mandó la mierda de cerdo. El límite de sus propiedades estaba ahora a dos metros de la casa del romano, y un día que vio mucho movimiento en la misma se entero de que estaba organizando un gran evento para periodistas extranjeros y para compradores que venían hacer una cata de sus vinos, aquello era su gran oportunidad. En una cata de vinos, la nariz es tan importante como la boca, y él acudió a su vecino que tenía 200 cerdos y le pidió un cargamento de mierda fresca para aquella noche y lo echo justo en el límite de las propiedades; aquella noche apenas podían dormir por el repugnante olor pero la venganza estaba hecha.
Contrató a Pierre Guillaume, especialista más reputado de Europa en rizomas de la vid, que recorrió todos sus campos eligiendo la cepa adecuada para cada uno; en cada campo plantarían por lo menos tres cepas, así el vino tendría más complejidad y finura, llegado a las terrazas etruscas, tampoco dudo que allí se debía plantar Syrah.
Bajó las ordenes de Fabricio comenzaron a limpiar las terrazas, habían estado abandonadas durante décadas y requerían un trabajo muy especial, y él y Constantin con sus maquinas se volcaron en el trabajo.

20.- Ricardo, el fantasma de la torre.
Había que conducir el agua desde el manantial hasta la casa que estaba a un kilómetro de distancia, para lo que era necesario cavar una zanja por la que harían pasar la cañería, el camino más corto era hacerlo por el bosque, pero eso requería cortar árboles, algo que él no estaba dispuesto a hacer. Se necesitaba manos delicadas y el indicado era Gioia (alegria) un hombre solitario que lo llamaban así irónicamente, pero era un mecánico brillante capaz de arreglar cualquier cosa y que incluso había inventado una máquina de volar, aunque cuando la estreno no muy afortunadamente y después de salir del hospital, ya nunca fue el mismo. Su trabajo en la finca fue perfecto y llevo el agua hasta el oasis de la casa. Como anécdota le gustaba dormir la siesta después de comer en los sitios más insospechosos, y en una ocasión después de cerrar el hueco de la chimenea y terminar el arco de la puerta, el hombre no aparecía y al final escucharon golpes que procedían de la misma, cuando salió lo hizo con cara de pocos amigos.
Il Colombaio ya empezaba a parecer una casa de nuevo, las vigas y el tejado ya estaba acabado y si había aguantado siete siglos a base de mortero y ratones, ahora aguantaría dos mil años más gracias al acero y al hormigón, ya podían dormir tranquilos. Como no podía parar y todo el exterior de la casa estaba terminado decidió quitar las vigas que no habían utilizado y apilarlas a la entrada del patio dónde no molestara, por lo que un fin de semana se puso a ello, las ató y preparó para cogerlas con la grúa, pero no supo controlarla y las vigas cayeron destrozando el techo de su taller, la pocilga de los cerdos y un tanque de acero entre otros, había sido sin duda un gran desastre.
Lo mejor de haber terminado el tejado era que podían celebrar la fiesta del tejado, una famosa tradición toscana. Normalmente los propietarios llevan a todos los colaboradores a un restaurante, pero él alquilo el gran salón del castillo de Banfi. Hoy el castillo alberga un restaurante de tres estrellas Michelin, pero entonces sólo había una vasta habitación vacía, ocupada por Riccardo el Fantasma, que había muerto en 1930. Tres veces al año las bodegas de Banfi organizan una gala para clientes y periodistas del medio, y el menú lo preparaba María, la mujer de Tommi, una excelente cocinera que había tenido un restaurante, y ellos estaban halagados cuando accedió a cocinar para su fiesta privada.
Aunque pidieron algo sencillo, cuando llegaron no podían creer el lujo que tenían ante ellos, quedaron estupefactos y emocionados. Mientras degustaban el champagne de entrada, María les contó la historia del pobre Riccardo, el habitante de la torre que vagaba por el castillo durante la noche; en ese momento sonó un aullido en lo alto de la torre y Buster cogió una espada de una armadura y gritó: ¡Andiamo, Riccardo, no te tengo miedo! pero por si acaso se refugió en las faldas de Candance, lo que motivo las risas de todos. A Buster siempre le gusto la cocina y en todos los restaurantes le daban una calurosa bienvenida y lo metían acto seguido en la cocina a lavar verduras, secar platos o llevar pan y agua a la mesas y a cambio aprendía algún truco nuevo, por lo que en esta ocasión no dudo en estar todo el rato al lado de María. Cuando su madre le fue a buscar no estaban en la cocina, y cuando los encontró le dijeron que habían expulsado a Riccardo y que no molestaría más. Pasada la medianoche cuando se iban plenamente satisfechos y llenos de vino, al despedirse en la ventana más alta de la torre vieron como se asomaba Riccardo revolviéndose y gimiendo como una bruja trastornada pero cubierto con un mantel muy sospechoso, Buster se escondió detrás de su madre, estaba más blanco que la luna.
Ahora que el acueducto de Gioia estaba terminado podían empezar a plantar, su objetivo era plantar arbustos, árboles frutales y flores, pero como sus vecinos querían espacio para plantar viñas, les pidió si podía retirar sus olivos y plantarlos en su finca, con la inestimable ayuda de Constantin, por lo que el olivar creció de una manera importante. Un día fue a verlo Pietro -propietario de un vivero- que había escuchado que estaba interesado en plantar árboles e iba a ofrecerles sus servicios, tenía docenas de pinos mediterráneos y algunos cipreses ya crecidos, de los que se quería librar para plantar más pequeños, se los dejaba a un precio de risa si le pagaba el transporte y las horas de trabajo, sobre la marcha le dio permiso para hacer lo que considerara, por eso alrededor de la casa tienen más cipreses que en un cementerio.

21.- Navidades en los Dolomitas.
No importa lo que andes buscando, siempre acabarás encontrando lo contrario; en su caso estaba convencido de que sentiría un gran alivio después de reforzar las paredes y cubrir el techo, pero se le acumulaban múltiples problemas en la finca y se le acercaba la fecha de entregar su último libro y, para terminarlo, debía de tener la cabeza clara y ordenada. Por todo ello decidió hacer lo que mejor se le daba: huir.
Había nacido en Transilvania, la zona montañesa más hermosa y romántica de Hungría, después de la guerra Rumania se quedó con sus montañas y cerró las fronteras, para volver a su nación tuvieron que hacerlo de noche y su padre cruzó las montañas con él en una mochila cundo apenas tenía un año. Cuando tenía 10 años, los húngaros se sublevaron contra los rusos y los echaron, pero estos volvieron y de nuevo su familia se tuvo que ir en esta ocasión a Austria caminando durante dos días y dos noches por la nieve, niebla y hielo. La escapada que tenía en mente le serviría para reorganizarse y terminar el libro. Recordó los días pasados en los Dolomitas con los Piccardi en la última semana blanca, forman parte de la región más hermosa de Austria hasta la guerra, el Tirol y ese era el lugar ideal para ir.
En el pueblo de San Vigilio di Marebbe estaba la casa que los Piccardi les habían dejado y cerca de ella en una excursión encontraron con la ayuda de un carpintero una cabaña que satisfacía lo que buscaba, y no dudo en alquilarla para todo el año, sin duda era el lugar ideal para huir de Il Colombaio.
De camino hacia su destino las inclemencias del tiempo les obligo a quedar en Florencia, dónde estaba enamorado de un pequeño hotel antiquísimo llamado Hotel di Brunelleschi, situado a escasos metros de la famosa cúpula de la catedral que diseñó y construyó Brunelleschi, de ahí el nombre. Allí consiguió un precio especial para la mejor de las habitaciones que estaba pegada a la cúpula.
Al llegar a los Dolomitas, la nieve cubría la aldea y su cabaña estaba fría, también estaba vacía la botella de grapa que había dejado la anterior ocasión, cuando fue a buscar leche se encontró con Josef –su arrendador- que le explicó que si no tapaba bien el corcho de la botella, la grapa se evapora en una noche. Así que o se encargaba el mismo del fuego o tenia grapa. La nieve no paraba de caer y la nevada era demasiado hermosa para irse a dormir
Llegaba la navidad y aún no tenían árbol en casa, cuando se dirigía con su hijo en busca del árbol ideal, Toni –el hermano de Josef- se dirigía hacia ellos con un bello ejemplar. En Nochebuena la nieve estaba demasiada alta para ir a la iglesia en coche, por lo que fueron andando entre la nieve, Buster estaba convencido de que se perderían la llegada de Papá Noel y quería volver corriendo, cuando llegar era toda una odisea al ir enterrándose en la nieve al caminar, y además tenía duda si aquél sabía donde estaban, aunque su madre le tranquilizó. En la cabaña se acostó y al poco rato le despertaron con las campanas que habían comprado simulando las de los renos y a su padre le dio tiempo justo de colarse por la ventana de la cocina y llegar a la habitación cuando madre e hijo miraban el cielo nocturno y su hijo manifestaba ver los renos.

22.- Las piedras y la gente.
En todos lo pueblos del Tirol se quema la “bruja del invierno” para gozar de una primavera fértil, a esta fiesta se le llama Befana, después de bailar y quemar la bruja decidieron que era el momento de volver a casa. Il Colombaio volvía a ser una casa, durante su estancia fuera los albañiles habían hecho verdaderos milagros en las paredes, aunque algunas estaban sin acabar, pendientes de su decisión. En la limpieza de las piedras de los suelos descubrieron que con el paso de los años, debido a las diferentes arcillas y a los diferentes métodos de cocción de cada pueblo, hacía que en una misma habitación los colores no fueran uniformes, haciendo una mezcla de colores que parecía más una alfombra persa, el conjunto era una preciosidad.
Aprender de sus errores no era una de sus mayores virtudes y no había escarmentado del percance con la grúa, por lo que un día no dudo en coger la máquina que utilizaban para granallar la suciedad de piedras y otros elementos a base de arena, y decidió limpiar un viejo puño de hierro, pero una vez más el control se le escapó y volvió a armar un pequeño desastre.
Su nuevo objetivo era encontrar baldosas antiguas, habían salvado casi la mitad de los originales, pero necesitaban muchas más, al final la suerte le volvió a sonreír al conseguir piezas del siglo XVI procedente de una capilla que iban a derruir. Candance estaba empeñada en conseguir materiales autóctonos y para los suelos y paredes del baño quería usar el travertino y consiguieron uno perfecto con vetas claras y arabescas, en una cantera cercana.

23.- Plantar las vides a mano.
Había llegado la primavera y era el momento de comenzar a plantar las viñas, además de las múltiples decisiones que debía de tomar cada día con respecto a la casa, ahora se sumaba las que tenían que ver con poner el viñedo en marcha. Lo primero que había que decidir era la orientación de las filas, lo común es que las filas sigan la orientación del terreno para facilitar el drenaje y el trabajo de las maquinas. En su caso decidieron orientarlos en perpendicular respecto a la cuesta, sus campos eran pequeños, por lo que cuanto menos filas mejor, así que las harían bien largas. También hay que tener en cuenta la orientación, en zonas con pocas horas de luz se suelen hacer correr con el eje norte-sur para asegurarse el sol por ambos lados, pero allí llovía mucho y lo mejor es hacerlo en la dirección que corre el viento para favorecer el secado de las hojas. También hay que decidir la distancia óptima entre una fila y otra, y la de cada vid con su vecina; el espacio ideal entre vides es de un metro, pero si se quiere meter tres mil vides en media hectárea hay que apretar mucho las filas, al final dejaron en setenta y cinco centímetros la distancia entre vides y separaron las filas algo más de metro y medio. También había el problema de los postes, poniendo uno para cada seis plantas, necesitaban unos 7500 y debían decidir el material de los mismos, decidiéndose por unos de acacia de Hungría, resistentes, densos y tan duros que ni se puede clavar un clavo en ellos y eso es un inconveniente cuando hay que clavar cinco en cada uno de ellos con el consiguiente tiempo invertido en ello.
Un día Fabrizio llegó corriendo con unos papeles en la mano, venia a recordar que los análisis de las tierras habían detectado falta de microorganismos, y para solventarlo había encargado quince camiones de mierda de vaca, lo que los mantuvo ocupados una semana cavando, removiendo, inhalando y caminando entre esa mierda.
Pero aún estaban en calentamiento, lo peor llego cuando apareció un camión de matricula francesa con una montaña de sacos de color blanco lleno de lo que sería su futuro viñedo; en cada caso venía anotada la variedad de vid y el tipo de rizoma, la parte que va hundida a la tierra, así como el tipo de cepa, la parte que sobresale del suelo y de la que saldrán los brotes. Pero había un problema, en las hojas de instrucciones decían que deberían mantenerse refrigeradas a una temperatura menor de 1,6 grados o se abrirían y romperían al intentar plantarlas, acaba de llover y no podían plantar hasta al menos una semana, pero gracias a Tommi Banfi que le ofreció su habitación refrigerada pudieron salvarlos.
La mayoría de los viticultores modernos plantan las vides con máquinas, mediante un sistema de proyección de un rayo láser de un extremo a otro de la fila que las máquinas utilizan como referencia para plantar las vides, pero su viñedo en forma de arco no lo permitía por lo que plantaron a mano uno a uno de los cuarenta y dos mil cepas.

24.- Las terrazas etruscas.
A él en un principio le gustaban todas las viñas por igual, cada una tenia su encanto y le buscaba el lado positivo, pero sobre todas ellas tenía una especial predilección por las antiguas terrazas etruscas dónde habían plantado el Syrah. Reconstruir las terrazas con una excavadora fue casi tan difícil como la restauración de la casa, Fosco hizo el siguiente cálculo al final de la restauración, al cabo de un año y medio habían construido, destruido y reconstruido de nuevo al menos un diez por ciento de la casa, pues la renovación de las terrazas había seguido la misma filosofía. Reconstruirlas mano a mano era imposible, por lo que vencieron a la naturaleza con técnica, seccionando la pendiente en seis terrazas, cada una de tres metros de ancho, don dos filas de viñas separadas unos treinta centímetros de los márgenes dejando un pequeño espacio para permitir el paso del pequeño tractor. Fue un arduo trabajo, en el que tuvieron que superar improvisto continuos, tardando más de un mes en preparar el terreno para dos mil viñas, que no producirían más de novecientas botellas de vino al año, pero que vino, lo que le faltaba en cantidad le sabrosa en sabores concentrados que fascinaron a todos los que tuvieron la suerte de probarlo. No estaba seguro del por qué, pero aquella era su viña preferida, no sabía hasta que punto el arroyo, la cascada y el cañón influenciaban en ello, pero era la única que él mismo podaba, es la primera que florece, que coge el momento optimo y la que primero entra en la bodega.
Cuando compraron la finca no tenían ni idea que un arroyo y un cañón formaban parte de la propiedad, ya que el mapa que les había dado Tommi no mostraba ni las elevaciones ni los contornos de las tierras, solo se veía una línea serpenteante que llevaba por nombre el Fosso del banditone, pero no le hicieron demasiado caso, ya que en la zona llamaban fosso a arroyos que ni tan siquiera contenían agua. Lo descubrieron un día en el que el matrimonio había salido a hacer senderismo y en un momento de distracción, resbalaron y cayeron, fueron buscando una salida del lugar al que aterrizaron y dieron con un río, una cascada y el cañón, algo impensable y que él no creía posible. Aquél era un descubrimiento fascinante.

25.- El corazón de la casa.
Había que reorganizar una montaña de baldosas por tamaños para su ubicación y cuando contaba con que se tenía que enfrentar él a ello, le presentaron a Vasco, apodado il Sargento, que en principio se encargaría de repartir, organizar, limpiar y buscar un lugar para cada baldosa, aunque más tarde haría infinidad de cosas.
Él y Fosco se estaban volviendo locos con la nueva cocina, para la que los toscanos era sin duda el corazón de la casa, y en ella era imprescindible una chimenea. El gran problema era que deberían hacer un agujero de un metro de profundidad en la pared, que precisamente en la que la querían ubicar era la que mantenía en pie toda la casa. Uno de los días de mucho pensar, se le ocurrió la solución, harían un largo canal en el que colocarían una viga de acero que permitiría construir un arco que liberara provisionalmente el futuro agujero de la chimenea. El sistema funciono aunque no sin algún tipo de sustos, como el día en que un albañil rompió unas vigas con mucha fuerza en el piso de arriba y pensaron que todo se venía abajo.

26.- Esta lloviendo, cariño.
La primavera llego con mucho calor y las viñas necesitaban agua, solo les quedaba la solución de regar, y debían de planificar un método, al final se decidieron por coger una manguera e ir regando enganchándola a las válvulas esparcidas a lo largo de la traída, la solución era muy buena pero requería un arduo trabajo de continuo y el deseo de que lloviese se hizo imperioso. Y la lluvia llegó cuando más lo necesitaban, ya que la cisterna se estaba secando y las viñas demandaban agua sin parar.
Otro problema les sobrevino: los ciervos, que se comen todo lo que encuentran, sobre todo si es de color verde, se comieron sus arbusto, las lechugas, las cabezas de las zanahorias y hasta su pijama, pero lo que más amaban y más le desquiciaba a él era que se comían las hojas tiernas de las vides. Al final se decidió por la solución más humana: construir un cercado. Pero eso no era tan sencillo, se trataba de veinticuatro hectáreas de terreno irregular, con bosques, arroyos y precipicios; la principal ventaja es que de hacerlo podían colgar carteles de coto privado y prohibir que quién quisiera y cuando quisiera entrara a cazar en su propiedad ya que así lo permitía la ley. Hicieron un cercado, pero solo de tres cuartas partes, estaba seguro que al sentirse atrapados se irían, pero el resultado fue totalmente el contrario, y no sólo se fueron sino que cada vez comían más fechorías. Había que pasar al plan B y como esos bichos huían al menor ruido que escuchaban un buen día llamo e invito a todos los amigos a venir armados con los instrumentos más insospechados de hacer ruido, recorriendo el terreno provocando una gran desbandada entre los ciervos.

27.- El descubrimiento de la ciudad antigua.
La fase final de la restauración les deparaba sorpresas casi a diario y siempre había alguna novedad para dar placer a la vista. Se engrasaron las vigas de tal manera que parecía que habían estado allí toda la vida y ya solo faltaba pintar las paredes, pero antes él quería realizar una pequeña demoler y rehacer las esquinas de puertas y ventanas, a pesar del gran trabajo que les había costado a los albañiles. Se tuvo que ir una semana a Nueva York y les dejo los dibujos de cómo quería que quedasen, exactamente radiales. A su vuelta se encontró que el trabajo realizado era justo lo contrario de lo de él deseado, y se puso como loco con una de ellas hasta darle la forma que el quería. Con el enfado en el cuerpo se fue al bosque lleno de furia y con el machete se dedicó a abrirse camino por la parte más espesa, cuando de repente golpeo un muro de piedra, aún tardaría un tiempo en saber que se había topado con las murallas de una auténtica ciudad de la Antigüedad.
La propiedad tiene dos colinas; los nativos llaman a una de ellas la bollicina (la burbuja) por su forma perfectamente esférica. Cuando trabajaron las terrazas se dio cuenta de que esa colina no salía de la tierra de un modo natural, la rodeaba un anillo de unos seis metros de anchura que le parecían alisados a mano. Pensó que las laderas podían haber sido cortadas artificialmente porque quizá hubiera servido alguna vez de muro para una fortaleza, y probablemente las piedras se había derrumbando hasta que tomaron la forma de la colina; sin duda la bollicina era la Troya que esperaba encontrar alrededor de la urna enterrada y nunca encontró.
Se quedó mirando el muro y midió su altura, debía elevarse unos 65 centímetros del suelo, y sus piedras habían sido colocados con tanta precisión y cuidado como las del Machu Picchu, su anchura era de 90 centímetros y estaba bien acabado por los dos lados; a los dos metros de aquel encontró otro de igual altura y construido de igual modo. Fue cortando las malezas y las ramas, resiguiendo los muros que se hundían y elevaban siempre juntos, siempre paralelos como si los hubieran trazado con un carro de caballos, debían de servir para proteger un camino que avanzaba entre los dos. Al cabo de un rato llego a un claro perfectamente nivelado, estaba claro que se había nivelado para construir casas. De vuelta a la carretera vio que un anillo de piedra salía del muro exterior, y parecía hundirse profundamente como un pozo, y algo le hizo sospechar que era la base de una torre; removió la arcilla de debajo y empezaron a aparecer pedazos de terracota por todas partes. Busco por detrás de la torre y se apareció un pasadizo de dos metros de altura y unos cuatro metros de ancho, después de unos quince metros se encontró con otro muro, parecía un edificio construido bajo el suelo, quizá era un foso para almacenar alimentos o una cisterna o una tumba. Los restos de un edificio derruido cubrían la cima del montículo, los muros de las habitaciones tenían entradas que daban a otras habitaciones, recorrió el edificio por la parte exterior y llego a un barranco, estaba a menos de doscientos metros de la fuente.
Aquella noche su familia hizo de arqueólogos en busca de fama y gloria, lavaron las piezas rotas que habían encontrado y los repartieron para verlos mejor, ayudándose con todos los libros de los etruscos que tenían; algunos eran de cuencos o urnas, pero otras muchas eran de tegole, pero muy diferentes a las conocidas por ellos, eran el doble de gruesas y con puntos oscuros en su interior como picados por un ave y muy ligeros; en los dibujos se veía que los templos de los etruscos eran de la misma forma que los griegos pero a menor escala, por lo que sus tegole deberían ser gigantes, pero seguían sin encontrar una explicación válida.
Se olvidaron del tema, hasta que tiempo después unas jóvenes se acercaron a la propiedad para pedir permiso para recoger unas piezas de terracota de la propiedad, eran profesoras de la Universidad de Florencia e investigaban antiguos poblados romanos en la zona, que había sido un punto clave para el comercio de uvas y vino hacía unos dos mil años, y por lo que sabían se repartía entre el terreno de Gaja y el suyo. Les menciono los extraños trozos de tegolé y al unísono dijeron “etruscos”, explicando que sus hornos no eran tan perfectos como los romanos, no controlaban bien la temperatura y por eso se combaran y para compensar mezclaban arcilla con paja, esta al quemarse generaba calor en su interior y esa temperatura tanto en el interior como en el exterior lograba que se combara. En casa miro las piezas y se dio cuenta de que los pequeños agujeros tenían forma de paja.
El fin de semana lo dedicaron a seguir excavando, encontraron muchas baldosas rotas, pero también piezas delicadas sin duda moldeadas por una alfarero habilidoso; si había templos y piezas de cerámica delicadas, aquello tenía que haber sido una ciudad, para estar seguros debían de saber a dónde habían ido a parar las piedras. La solución estaba cerca, desde uno de los márgenes del bosque se veía la iglesia de Gaja con su torres estrafalaria, y muchas alas y edificios adyacentes salían de la iglesia como tentáculos, y al lado el castillo de Castelli, todo de piedra y todo hecho a partir de las piedras de su ciudad, para que cortar piedras si las tenían a metros perfectamente talladas.

28.- Tractor salvaje.
Para plantar un viñedo es imprescindible tener una enorme capacidad de concentración a largo plazo y sobre todo, perseverancia, hace falta controlar muchos factores para lograrlo, aunque hay buenos momentos que hacen más llevaderos el suplicio. Trabajo en cada fase del viñedo a destajo y tuvo que aprender a mover la maquinaria, entre ella los dos tractores con los que contaba: uno alemán que se conducía como un coche y otro –un Fiat- que se conducía mediante palancas. Con este último tuvo sus más y menos y el primero de los días cuando se puso a funcionar con él causo de nuevo importantes destrozos en el entorno de la casa, donde practicó con él.

29.- Viaje a Burdeos.
Su primera cosecha estaba cercana y necesitaban un montón de equipamiento carísimo, y como desconocían cual era decidieron irse a Burdeos, allí entre Saint-Émilion y el Alto Médoc están las tierras con los mejores vinos del mundo: Petrus, Cheval Blanc, Château Palmer, Château Margaux. Era una misión de espionaje, si hay que robar las ideas de otro, hay que ser astuto y robárselas al mejor.
Gracias a los contactos de Fabrizio tuvieron una semana intensa y productiva: durante el día peinaban todas las bodegas y viñedos de la zona y por la noche disfrutaban de su alta gastronomía. Entre vinicultores se establece un vínculo inquebrantable desde el primer momento, y más en pequeñas bodegas que pertenecen a una familia parece que no hay límites para la amistad. Les mostraron todo el equipamiento que usaban en el viñedo y en la elaboración del vino; conocieron en profundidad las zonas de fermentación, tipos de tanques y de tipo de toneles de envejecimiento, aparte de catar infinidad de vinos.
La primera decisión que a tomar era sobre los tanques, unos los tenían de madera, otros de cemento y otros de acero inoxidable; en la visita a Château Palmer despejaron sus dudas, vieron unos en forma de cono truncados que llegaban al techo y su exterior estaba rodeado por una tubería de acero por donde pasaba el agua y de esta forma regulaban la temperatura, aquello era lo que el quería y copio el nombre del fabricante. Llamó al día siguiente, pero se encontró con que aquello era un favor realizado a un amigo, la empresa hacía grandes tanques de acero para camiones y almacenes, al final los convenció para que en primavera le hiciera tres cubas que encajaran a la perfección en las medidas de su bodega.
El domingo lo celebraron en el pueblo de Margaux, que está al lado del Chàteau, Margaux es para un vinicultor lo que Lourdes para un católico ferviente; la vista era que todo el pueblo estaba cubierto de parras, bajo al viñedo y observó algo que le era familiar, el espacio entre las filas era de treinta centímetros, la misma que la de su viñedo; volvió loco de alegría, al fin y al cabo no había sido mala idea seguir los consejos de Fabrizio, si era suficiente espacio para Château Margaux, también era suficiente para ellos.
De vuelta a casa saturados de información y de colesterol pararon en Portofino, el puerto protegido aposentado en el mar de Liguria es uno de los más hermosos de Europa y una de las razones para hacer el viaje desde Montalcino a Burdeos. Habían hecho un viaje perfecto.

30.- La despedida de los albañiles.
Al fin Il Colombaio estaba listo para volver a la vida. Una mañana llegó el esperado acontecimiento, de vuelta a casa se encontraron a la entrada el camión de los albañiles, con el remolque lleno de todas las herramientas que habían ido llevando día a día durante los últimos dieciocho meses. La despedida de Fosco fue muy triste, habían trabajado mucho codo con codo durante todo el tiempo y la situación se volvió tensa, solo rota por Buster que rompió el silencio con una arrivederci, que se lo decía a su familia, quería irse con ellos y ser un albañil más.

31.- Un ático en Roma.
Para convertirse en un vinicultor de fama internacional sólo necesitas cuatro cosas: una enorme pasión por las viñas, una bodega, un olfato sensible y bien entrenado y el teléfono de prevención de suicidios. Sentir pasión por las viñas y las bodegas no sólo significa que te guste poseerlas, hay que dedicar toda la atención a cada paso de un largo proceso: escoger bien los campos, plantar las vides y cuidarlas día a día, estación tras estación. Se dice que para hacer el mejor vino del mundo es fácil, lo que hay que tener son las mejores uvas del mundo; pero ello implica largos días y noches sin dormir, y luego están todos los procesos de elaboración del vino, que son tan absorbentes como el trabajo de la viña, con el requisito extra de una obsesiva atención al detalle. Ante su primera cosecha contrato como asesor a Carlo Corino, reputado enólogo que asesora entre otros a Frescobaldi, Gaja y Planeta, que le indicó que para hacer un vino superior no hay un secreto, hay centenares y todos tienen que ejecutarse a la perfección, sin cometer ningún error.
Tener un olfato sensible es absolutamente imprescindible, pero no es suficiente tener buena sensibilidad, se debe de tener una nariz entrenada ; sino uno no tiene tiempo o ganas de cursar una licenciatura universitaria en enología, lo mejor es apuntarse a un curso se sommelier, en él aprenderás los procesos para hacer vino y se entrena la nariz para reconocer todos los olores posibles de una bodega, requiere mucha dedicación y la recompensa tarda en llegar. Rápidamente se dio cuenta de que su nariz no tenía ninguna sensibilidad, por lo que Candance era su única esperanza, no sólo es una gran experta en vinos, también combina un alma de artista con una mente científica, y además es una enóloga con carné; era la única candidata para hacer el curso de sommelier, pero para eso debían irse a Roma.
Un giro inesperado dio a sus vidas, Buster pasó de ser de los primeros de la clase a los últimos y el director del colegio lo achaco no al chico sino al entorno del colegio, por lo que decidieron matricularlo en una escuela británica privada de Roma. Ellos también se fueron y buscaron un piso que tenía que seguir el estilo de vida auténtico de los Máté: barato, único y lo más impráctico posible. Y eso fue lo que encontraron, un ático en un quinto piso sin ascensor entre el río y las escaleras de la Piazza di Spagna, con vistas fabulosas sobre la ciudad. Y dos años más tarde Candance consiguió el diploma de sommelier con el sello de calidad de la escuela romana.

32.- La víbora.
Un día que estaba trabajando con el fiel Giancarlo en las viñas vieron una víbora, él quiso matarla con la pala pero el trabajador le disuadió de la idea, fue a por las tijeras de podar pero la serpiente había desaparecido, para su pavor se le subió por su pantalón y aconsejado estuvo quieto hasta que salió y rápido la pudo despiezar con las tijeras, el miedo pudo con él.
Ya estaban preparando la vendimia e iban a seguir las instrucciones de Carlo y recogerían las uvas a mano, dejándolas en unas cajas de plástico con una capacidad de un kilo y medio cada una, las bajarían con el tractor a la bodega y de ahí las transportarían hasta la prensa con un carro que el herrero había hecho a la medida de sus estrechos pasillos; volcarían las uvas directamente desde las cajas y no se produciría nada de ácido. Uno de los días que estaba comprobando el estado de las uvas con su refractómetro su mujer le gritó excitada desde el otro lado de la colina de las terrazas.
Cuando fue su mujer tenía un porcino tan grande como su mano, y no solo eso estaban rodeados de ellos; aquél bosquecillo había sido un campo de porcini y año tras año volvían a salir, y también había otras setas como los ovuli, las favoritas del César.

33.- La vendemmia.
El primer año de la vendimia no tenían la bodega esplendorosa, repleta de cubas de acero inoxidable que había soñado, todo lo que tenían era la antigua bodega bajo la casa, que era suficientemente grande para fermentar y añejar la primera cosecha en barricas de roble; como el resto de la casa, la bodega había sido reformada y estaba limpísima, preparada para las uvas. Era el tercer año desde que habían plantado, las dos primeras cosechas eran demasiado jóvenes para convertirse en vino de calidad y según Carlo aquél año tampoco sería muy productivo.
Carlo encargó quince tonneaux de roble francés, pero pidió al tonelero que mandara las tapas por separado, de ese modo podían fermentar el mosto en los barriles abiertos y acabada la fermentación vendría el tonelero local a cerrarlos, y entonces ya podrían envejecer el vino durante dos años; la fermentación en madera integra mejor los taninos y los suaviza, sino sus uvas jóvenes darían un sabor demasiado fuerte al vino. A la hora de la fermentación había que dejar un espacio suficiente en las barricas para que cuando la levadura hierva y generara CO2 hubiese sitio bastante para expandirse y no estallara.
El primer día de la vendimia hubo suerte, aunque el campo de Syrah estaba mojado a lo lejos venía un viento que lo secaría, llegó el primero y después Giancarlo con los jornaleros, recogieron las uvas según lo previsto y las llevaron a la bodega, dónde Candance esperaba para pasarlas a la prensa y posteriormente a los barriles
A los tres días la levadura del Syrah cobro vida y el burbujeo se escuchaba perfectamente y se aspiraba el dióxido de carbono y al cabo de una semana el Merlot estaba listo para la vendimia, que consiguieron salvar con bastante dificultad.
A finales de septiembre, cuando el Cabernet y el Sangiovese ya estaban en la bodega hicieron una fiesta con todo el personal que había trabajado en la vendimia, y tanto la comida como el vino corrieron de lo lindo y hubo brindis de todo género. La fiesta continuó hasta bien entrada la noche y al anochecer con los espreso y la grapa se pusieron a jugar al antiguo juego del panforte, que se juega con un disco muy especial: un pastel de nueces tan espeso como el plomo envuelto en papel grueso, que se lanza desde un extremo de la una gran mesa y el objetivo es acercarlo lo más cerca posible del otro extremo, y la vencedora fue su mujer que se excuso ante el resto, y antes de marcharse todos Candance llevo una jarra del primer mosto de la Syrah, que llamó la atención de todos y Giancarlo se atrevió a decir que después de haber trabajado en muchas bodegas aquél era el mejor mosto que habían probado, pero nadie hubiera dicho que aquél mosto años más tarde con los cuidados de Candance sería nombrado el mejor de los grandes vinos italianos por Morrell en Nueva York, según decían en las revistas era “una verdadera joya entre los vinos”.
Viendo jugar a su mujer al panforte, que pese a parecer frágil con su metro sesenta y sus setenta y cinco kilos no lo es en absoluto, aunque si es anticompetitiva, y se suele dejar ganar para hacer sentir mejor a sus adversarios, recordó como hacía veinte años cuando participó por primera vez en el Campeonato Nacional de Planeadores de Canadá, en el que hay que volar nueve días solos, salvo todos los imprevistos meteorológicos con los que se encontró y acabó llegando a la meta, siendo la única en conseguirlo de los treinta participantes.

34.- Volcanes de color púrpura.
Las uvas de Sangiovese empezaron su viaje de cinco años cuyo destino era convertirse en Brunello. La precisión en cada paso del proceso de elaboración era clave para obtener un vino inolvidable y Carlo les salvó con sus lúcidos y sabios consejos, trabajaba con las más famosas bodegas de la Toscana y había estado investigando procesos innovadores y refinados durante ocho años en Australia. El primer año les mando fermentar las uvas en barricas y les indicó en las mismas la línea por encima de la cual no debía llenar nunca las barricas, pero él se encontró con el problema de que la cosecha fue superior a la capacidad de las doce barricas que tenía, así que o desechaba mosto o las llenaba por encima de la línea, y eligió esta última opción. El resultado fue que con el comienzo de la fermentación de las levaduras están expulsaban más CO2 de la capacidad de las barricas, con la consiguiente explosión de las mismas y expulsión de uvas que impregnaron toda la bodega y en una noche frenética tuvo que sacar todo el excedente que había metido en un bidón de aluminio de 375 litros que tenía vacío.

35.- Sant´Antimo.
Entrando en Montalcino subiendo desde Buonconvento en una de las curvas se divisa el valle con las propiedades de los Biondi Santi, la familia que en 1800 inventó el Brunello y al final del valle se encuentra la abadía blanca de Sant´Antimio erigida por Carlomagno, que según la leyenda llegó hasta allí en una peregrinación hacia Roma, la iglesia es modesta pero la abadía es de las que quita el aliento y Francesco no desaprovechaba la ocasión de visitarla cada vez que estaba cerca de la misma, como fue el caso de cuando fue a visitar a un amigo a Castelnuovo dell´Abate y pudo disfrutar una vez más de la tranquilidad de la abadía y de los cantos de sus moradores.

36.- Los catadores de Japón.
Los días soleados en la Toscana son los más hermosos de todos y los que más le gustan a Candance, sin embargo a él le atrae la oscuridad y las cosas extraordinarias que ocurren en la misma, y disfrutaba encontrando caminos desconocidos por sus bosques que le entregaba en fechas indicadas como cumpleaños o navidades a su mujer.
Un invierno que habían enviado a Buster –su pequeño diablillo- a unas convivencias de esquí aprovecharon para invitar a la casa a dos importadores de vino de kioto. Candance ejerció de anfitriona y ofreció vino mientras dejaba que su marido se encargara de la comida ante su sorpresa, el resultado con la bruschette fue nefasto y acabaron chupándose los dedos ante la ruptura del pan, sin que los japoneses lo tomaran mal. El resultado con los demás platos no fue mejor.
Ya de noche cuando sus invitados se despidieron, trastabillando y con la mirada un poco borrosa él propuso a su mujer salir a dar un paseo por un camino nuevo que le había abierto, y aunque ella al principio se negó al final accedió y cuando acabo de recorrer el nuevo sendero se sentía como las únicas personas de la tierra.

37.- “Un vino de ensueño”.
Cuando la última uva ocupó su espacio en la bodega, Giancarlo insistió en que se fueran una semana de vacaciones, y con unas botellas de vino y una garrafa de aceite se fueron a su ático en San Vigilio en los Dolomitas, y uno de sus objetivos era hacer escalada por la zona. En uno de los días que lo intentaron, comenzó a nevar y por suerte tomo la decisión de retirarse cuando estaba muy cerca de la cumbre, decisión que le costo pero de la que jamás se arrepintió.
En los días de descanso recordaron los últimos días de agosto, cuando antes de su primera cosecha analizaban las uvas con el refractómetro siempre cogiendo una de cada cincuenta vides con Candance analizándolas al detalle, siempre pendiente de que no pasaran de veinticuatro en la escala que era el máximo indicado por Carlo para recogerlas, sin embargo en la parte de debajo de las terrazas, dónde las uvas eran más pequeñas el nivel era de veintiséis, una medida no conocida para ellos, pero al probar las uvas se encontraron con una complejidad total que producía un pequeño efecto de éxtasis, y toda la viña estaba igual. Por puro accidente habían descubierto cómo hacer lo que las revistas llamarían más tarde “un vino de ensueño”.
El día que pusieron sus primeras quinientas etiquetas que ellos no hacían utilizando grandes máquinas sino pegando una a una a mano también nevaba y recordaron su experiencia en su segunda casa,. El diseño de las etiquetas había costado ocho meses y centenares de discusiones sobre el mismo, probando con un modelo y otro, hasta que un día que estaba escribiendo en la torre se fijo en un rayo de sol que entraba por la ventana y se reflejaba sobre un cuadro de Candance, iluminando solo un detalle, que no podía dejar de mirar, ésa sería su etiqueta.

38.- Nochevieja.
En noviembre reinaba una quietud monacal en la bodega, los barriles reposaban sobre sus soportes, llenos y sellados, el trabajo estaba hecho por el momento. Los porcini llegaron y se fueron. Él y Buster con la excusa de ir a por leña para el invierno se dedicaban a limpiar un nuevo camino para regalárselo a Candance, pero no era fácil ya que ella merodeaba en busca de sus setas favoritas: los rebozuelos que salían en esas fechas.
Llegó la Navidad y en la mesa lista para la cena presidiendo al velada estaba la culminación de sus sueños: una botella de su propio vino, en la habitación flotaba la cálida sensación del orgullo y del éxito, habían creado venciendo obstáculos algo que podía traer alegría a muchas personas y habían aprendido que lo mejor de aquella aventura no eran ni el vino ni los galardones, sin el precioso recuerdo de la gente que había trabajado con ellos durante esos años. Cambiarían gustosos todo el vino de la bodega por pasar un poco más de tiempo con ellos. Aquella noche disfrutaron como nunca de la magia de la Toscana que contagia a los sentidos y sobre todo de la paz que trasmite.
La Nochevieja la pasaron en unos antiguos balnearios en el pueblo de Bagno Vignoni, construido en tiempos del Imperio romano en la ladera de una montaña y dónde las casas forman un anillo alrededor de la pileta de piedra tallada en la montaña y en el que según la leyenda es un lugar dónde la gente se enamora. Después de la tradicional cena el paseo alrededor de la pileta empezó a llenarse de gente para recibir el nuevo año a la vez que se brindaba con champán. La familia reunida era feliz.

La bodega Máté.
Las propiedades vinícolas de la familia Máté están situadas en la templada región de Montalcino, donde se ha cultivado la viña desde el tiempo de los romanos, hace dos mil años. Repartidos por las dos colinas privadas y resguardadas de las fuertes humedades marinas, cada uno de los siete campi tiene una amplia variedad de nutrientes y minerales que dan a sus vinos una gran personalidad. En estas 6,37 hectáreas crece también bosque mediterráneo, lleno de arbustos con frutas salvajes.
La viña ha sido diseñada por Fabrizio Moltard, el ingeniero agrónomo de Angelo Gaja. Las cepas, elegidas para cada uno de los terrenos por el francés Pierre Guillaume, comrprenden: Sangiovese (en los terrenos de tuffo, llenos de fósiles), Merlot (en los terrenos de arcilla arenosa), Cabernet Sauvignon (en los terrenos de Palestro) y Syrah (en las terrazas del sur, ricas en minerales).
Plantadas con una alta densidad, tres mil vides por cada media hectárea, los tallos se mantienen muy bajos podándolos tres veces al año para concentrar los sabores. Seleccionados y recogidos a mano en el momento perfecto de maduración y fermentados a bajas temperaturas en cubas de acero inoxidable o en barricas de roble nuevos, las uvas se prensan a mano para extraer todo el color y los taninos, mientras el mosto se mantiene frío para mantener la riqueza de aromas a frutas y especias. Los vinos envejecen durante dos años y medio en barricas de roble Allier French y tonneaux. Cada año se producen un total de 25.000 botellas.
Las hectáreas totales de terreno son 28,33, de las que 6,37 son de viñas, de las cuales 4,30 son Sangiovese, 1 Merlot, 0,71 de Cabernet Sauvignon y 0,36 de Syrah.
Las reseñas y clasificaciones de la Bodega Máté son:
 Brunello di Montalcino, 100 % Sangiovese, tiene 90 puntos de Wine Spectator y cuatro estrellas en Decantor (Steven Spurrier).
 Banditones, 100 % Syrah, tiene 92 puntos en Wine Spectator y en Boston Globe, 90 en mondo de Gerhard Eichelmann y está entre los 100 mejores vinos del 2007 en Morrell (Nueva York).
 Mantus, 100 % Merlot, tiene 91 puntos en Wine Spectator y 90 en Wine & Spirits.
 Albatro, con Sangiovese, Merlot y Cabernet tiene 91 puntos en Wine & Spirits y 88 en Wine Spectator.
 Cabernet Sauvignon 100 % esta clasificado pro Luca Maroni entre los mejores vinos italianos de 2008.

PROTAGONISTAS.
 Ferenc Máté (Francesco). Escritor del libro y protagonista principal.
 Candance Máté. Esposa de Ferenc y co protagonista.
 Peter, al que llaman Buster, hijo de Ferenc y Candance de 5 años.
 Familia Paolucci. Vecinos iniciales y grandes amigos.
 Tommaso Bucci. Director de la bodega Banfi.
 Rivella. Propietario de la bodega Banfi.
 Pignattai Fosco. Capataz y jefe de la cuadrilla que llevo a cabo las obras.
 Angelo Gaja. Enologo, autor de algunos de los mejores vinos del mundo, con terrenos colindantes a los suyos.
 Fabricio Moltard. Famoso agrónomo que lo asesoró.
 Vasco. Ayudante en la finca y su mano derecha. Militar retirado.
 Giancarlo. Leal trabajador de los Máté.
 Carlo Corino, enólogo, contratado como asesor en la elaboración de vinos.

CONTRAPORTADA.
¿Quién no ha imaginado una vida idílica en la Toscana, saboreando un buen vino, disfrutando de la mejor comida y de la amistad vecinal? Ferenc y Candance Máté, escritor y pintora, parecen haberlo logrado. Pero el verdadero sueño de Ferenc es crear su propio vino. Juntos aprenderán que para conseguirlo se requiere perseverancia, buen gusto, y sobre todo, la capacidad de reírse de uno mismo.

Anónimo: “Evita a las personas negativas; siempre tienen un problema para una solución”.

1 comentario:

  1. Excelente resumen y muy entretenido. Me lo lei de un tiron, no podia dejarlo. Gracias Javier

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