sábado, 18 de diciembre de 2010

La Visigoda. Isabel San Sebastián.

TITULO: “La Visigoda”. AUTOR: Isabel San Sebastián. La Esfera de los libros, S.L. Madrid, 12º edición 2008. 363 páginas.



I. Arrancada del Castro.

Hoy no puedo recordar lo que las monjas que me atienden guisaron ayer a mediodía, pero soy capaz de recrear en mi recuerdo cada detalle de la aventura que comenzó aquel atardecer brumoso de hace setenta y tres años en una aldea perdida de Asturias. He sido cautiva en tierra de moros y perseguida en mi propia casa. He sobrevivido a innumerables peligros. He parido hijos para verlos marchar. He conocido el goce y también el desamor, como una puñalada cruel. He servido a un rey grande entre los grandes. He ayudado a construir un reino. No estaré aquí cuando mis nietos y sus nietos culminen la reconquista de tierra cristiana que les fue arrebatada a mis antepasados, pero creo que descansaré en paz.
(Preámbulo de la historia de su vida contada por la protagonista Alana).
El recaudador del rey Maragato llegó al Castro de Coaña como todos los años para recoger el tributo que tenían que entregarle. Alana fue enviada por su padre Ickila a avisar a su madre Huma para que preparara el recibimiento al enviado real.
Su padre era un gigante rubio, veterano de las guerras del rey Alfonso el Cántabro, de estirpe goda y que ejercía de caudillo en el castro. Entretenía a su hija en las largas noches de invierno contándole las historias de las guerras contra los moros. Su madre llevaba en las venas sangre de una nobleza anterior a la de su esposo, era una princesa astur, conocía los secretos de la Madre Luna, y era la curandera del poblado.
Reunido el Consejo presidido por Ickila el recaudador, llamado Vitulo, se presento con el documento con el sello real, en el que constaba que debería llevarse una quinta parte de los bienes de la comunidad, tres para los mahometanos y dos para el rey.
Alana fue la encargada de servir la comida, y cuando este la vio, y conoció que era la hija de los caudillos del castro no dudo en incluirla en el grupo de cincuenta doncellas nobles que exigía el emir de Córdoba cada año como tributo. Sus padres suplicaron que no se la llevase, pero todo fue inútil
Aquella fue una larga noche de despedidas, en las que su madre le aconsejo todo lo que pudo y le recalco su origen, y la heredad sagrada de una comunidad a la que algún día tendría que regresar, la esencia de un pueblo llamado a desaparecer para dar vida a una nación recién gestada. Le dieron su bendición con gran pesar el último día del noveno mes del año 787, en el que abandonaba su hogar.
La comitiva se puso en marcha, y en seguida se unió otro grupo, en el que estaban otras dos muchachas que formaban parte de la dote de las cien doncellas, eran Eliace y Guntroda, dos plebeyas que sin embargo iban contentas hacia su destino. En una de las paradas antes de llegar a la corte, Vitulo se acostó junto a ella, y aprovechando que iba armado abusó sexualmente de ella, sobándola por todos los lados. Ella se quiso suicidar, pero Eliace que luego fue su mejor amiga, le quito la idea, y le obligo a que le hablara del joven que la estaba esperando para desposarla.
El joven de nombre Índaro, era hijo de un conde de las tierras de Primorias, cercanas a Canicas, amigo de su padre, ya había acudido al castro a pedir su mano. Estaba en la corte de escudero y futuro espatario del heredero Alfonso, pero desde la llegada al trono de Mauregato nada sabía de él.

II. Viaje a la desolación.

Llegaron a la corte de Passicim, que acostumbrada al recinto cerrado de su castro le parecía inabarcable, pero carecía de defensa alguna, estaba claro que el rey había renunciado a defenderla con las armas. Fueron llevadas al Monasterio de San Juan Evangelista dónde fueron aseadas y bien atendidas. Allí también estaba recluida a la fuerza la reina Adosinda, que se intereso por ella, y recordó perfectamente a sus padres y a su prometido, que era uno de los espatarios de su querido sobrino Alfonso, pero no pudo saber más de él al tener que irse la reina al estar vigilada.
En la primera noche del viaje al sur, un soldado fue mordido por una víbora, y ella aprovechando los conocimientos transmitidos por su madre, le salvo la vida. En el paso de las montañas, su compañera Guntroda presa del pánico cayo con su caballo desbocado por uno de los acantilados. Mientras cruzaban la llanura del Durius, ella le contaba a su compañera las batallas y sucesos que había acontecido en ellas, y en las que su padre fue protagonista y testigo de excepción. Las tierras estaban yermas, sin pueblos, con torres a medio derribar, lo que daba testimonio fidedigno de que lo narrado por su padre era real.
El 11 de noviembre entraron en Toletum, que le resulto grandioso, en el que la escolta asturiana las cedió a la sarracena que las llevaría a Corduba. Fueron llevadas a una casa, dónde fueron aseadas y atendidas por una judía que lejos de sentir compasión le hizo ver que ellos estaban antes que los godos en esa ciudad y que fueron echados y maltratos por ellos, por lo que no dudaban en aliarse con los hombres de Ála, que les habían dejado vivir de acuerdo con sus costumbres. Todo aquello le sorprendió al no haberlo oído jamás antes.
Al día siguiente salieron hacía su destino con una guardia sarracena. El mundo familiar quedaba definitivamente atrás y se adentraban en lo desconocido. Una tierra nueva, jamás pisada por los de su sangre y una nueva vida.

III. Esclava en Corduba.

Llegaron a su destino y fueron llevadas directamente a los baños, dónde se debían de purificar antes de ser entregadas a su nuevo señor, el emir de los Creyentes. Allí las atendió una esclava cristiana, que las aseó y les dio consejos sobre el funcionamiento del harén. Luego las recibió Sa´id, el eunuco jefe del gran harén real, que las mando despedirse ya que jamás se volverían a ver. Alana iría al harén del emir y Eliace sería una de las concubinas del joven general Abd al-Malik.
En el harén fue vista por la partera que comprobó que era doncella que dio el visto bueno para que el emir Abd al-Rahman la pudiera disfrutar pasadas las dos lunas de obligada abstinencia para garantizar al comprador de un posible embarazo.
El lugar era grandioso, colmado de lujos, escenario de todos los goces susceptibles de satisfacer el apetito de cualquier sentido. Un mundo cerrado, donde era posible conseguir cualquier cosa, excepto la libertad. La primera esposa del emir Raqiya, madre del primogénito Suleiman fue la primera en dirigirse a ella, con la que enseguida discutió al explicarle su procedencia. Posteriormente le hablo Holal, cristiana reconvertida, y que fue el gran amor del emir, con el que tuvo un hijo Hixam, que según ella sería el heredero del trono, y que le ofreció su amistad si le ayudaba a conseguir el trono para su hijo, y ella le ayudaría a encontrar su lugar en el harén, convencida como estaba que su hermosura cautivaría al emir.

IV. Los placeres del herén.

No había rincón en aquellas estancias en la que pudiera sentirse a gusto, sus paredes se le antojaban los barrotes de una cárcel. El sexo que en la aldea se ceñía al ámbito de lo más íntimo, se practicaba de noche y jamás se mencionaba, resultaba allí algo tan natural como el pan de cada día. A pesar de ser pretendida por su juventud, toda su energía, su voluntad y sus esfuerzos se dedicaban a encontrar el modo de salir de allí, para lo cual necesitaría cómplices.
Cada una de las mujeres disponía de un aposento privado para dormir o recibir las visitas del emir, que últimamente prodigaba poco sus anheladas apariciones, obligando a sus esposas a consolarse entre ellas o a pagar los favores de algún castrado en particular, cuya habilidad con la lengua y ciertos juguetes gozaban de alta estima en aquel mundo. Al otro lado de los muros una vigilancia estricta impedía cualquier salida a la calle, y en el interior los eunucos – hombres mutilados cruelmente para dedicarlos al servicio de las mujeres sin temor a que las poseyeran – mantenían alta la guardia sin perderles de vista un instante. A parte de ellos lo más le llamó la atención al principio fue la comida, la inagotable variedad de manjares resultaba abrumadora. También estaban las esclavas cantoras, que eran muy apreciadas en los banquetes.
Al cabo de una luna, a punto de dar comienzo el Ramadán, Abd al-Rahman organizó una fiesta en la cuál daría el nombre de su sucesor, y a ella acudía muchas de las esclavas para satisfacer a los hombres, allí fue dónde vio por primera y única vez el rostro maldito de Hixam, que sería el elegido. Allí también vio a Abulmajxí, el primer y más afamado poeta del emirato, al que los hombres de Hixam le quitaron los ojos por ensalzar en unos versos a Suleiman.
Allí conoció al emir que quedo prendada de su belleza, quién le indico que debía de esperar a cumplir el plazo para poseerla, mientras tanto le concedía una petición. Ella solicito salir y visitar Corduba, que le fue concedida.
Salio acompañada de Sa´id con la esperanza de ver a Eliace, cuestión imposible en una ciudad tan grande, y aunque su intención era escaparse toda la riqueza y cosas nuevas que vio a su alrededor hicieron que su atención se centrara en ellas, y más aún cuando observo como utilizaban el dinero, una auténtica novedad. El eunuco le pidió que escogiera algo de su gusto, puesto que era un encargo que le había realizado el emir, ella eligiendo un aceite perfumado para regalar a su madre. Luego la llevo a conocer las obras de la Mezquita, orgullo de la ciudad y sin par ni en el Califato ni en la Cristiandad, y que sobreviviría al paso de los siglos para la gloria del emir.
De nuevo en el harén fue interrogada por Holal, que la animó a convertirse al Islam y le explicó las bases de su religión, a la vez que su hijo se iba a disponer en cuanto pudiera a reanudar la guerra con el reino cristiano, en base al yihad, basado en combatir a los infieles, con él no había pactos ni tributos que valgan. Aquello la alarmo y la animo más a huir.
Buscaba alianzas para conseguirlo y acudió a Raqiya para atizar su despecho, le hablo de la maravillosa ciudad que acaba de conocer y le pidió si era posible que el ciego le recitara en privado los poemas para conocer mejor su cultura. Llegado el día compro con el oro que le había cosido en la blusa su madre al marchar a Sa´id para que sacara a la mujer un momento del habitáculo y la dejara sola con el poeta, así fue, solicitándole que le ayudara a huir, para humillar al emir y su hijo, pero este rechazo la petición cursada.
Al cabo de unos días recibió la visita de una peinadora del exterior, que ella no había solicitado, y que venía con el encargo de hacer un peinado especial para ella, una creación que le dedicaba Índaro.

V. La fuga.

Adosinda había cumplido su promesa de no olvidarse de ella, y envío a un mensajero de confianza a tierras alavesas, dónde su sobrino Alfonso había encontrado refugio junto a los parientes de su madre, con la seguridad de que con él estaba su inseparable amigo Índaro.
La peinadora, llamada Estefanía, venía con el encargo de entregarle una bolsa con monedas de oro, que sabría cegar más de un ojo y acallar más de una boca, y decirle a ella el día, la hora y el lugar exacto por el que se escaparía.
Acudió en busca de Sa´id al que consiguió convencer con el oro para ayudarla a huir, con tiempo suficiente para avisar a Estefanía. La llevo a las cocinas, y de allí por un pasadizo hasta una puerta que daba a un túnel, una de las salidas secretas de la fortaleza, que le conduciría hasta la orilla del río grande (Guadalquivir), más allá de la medina y de la muralla.
El túnel era todo un laberinto, en el que se perdió y quedo dormida extenuada, saliendo finalmente al punto que le indico el eunuco, pero nadie la estaba esperando, sin duda algo había salido mal, acabando cobijándose en una pequeña construcción de aperos de labranza.
Índaro por su parte se revolvía de impaciencia, vestido de fraile, en la cocina de un convento situado cerca de allí. Estaba extenuado después de un día entero de búsqueda. Pocas horas después de la fuga, su ausencia se detecto, y el emir ofreció una espléndida recompensa por su captura, el eunuco fue señalado como amigo suyo y sometido al tormento del fuego contó toda la fuga; el haberse confundido de tramo y coger una antigua ventilación, así como el haberse dormido sirvió para que no la encontraran, ni tampoco a su prometido que se fue cansado de esperar.
Este siguió saliendo en su búsqueda todas las noches, hasta que las piernas, o tal vez las hadas, le condujeron hasta su escondite, cuando la desesperación y el hambre estaban ya venciéndola. La alegría fue enorme, a pesar de que no se conocían por el tiempo pasado, ella enseguida le hizo ver que había llegado a tiempo, que aún era doncella al no haber pasado el tiempo de abstinencia marcado para que la pudiera disfrutar el emir. El por su parte le contó como había conseguido huir de la conspiración contra Alfonso, y como fue la fuga con su rey, en la que hirió con su cuchillo en la cara a un hombre al que ella enseguida reconoció, Vitulo, que había sido premiado por Mauregato por traicionar a Silo. Ella se guardo bien de desvelarle los detalles de su relación con el villano.

VI. Una extraña boda.

Una vez en el Convento de San Justo, un fraile les interrumpió solicitándoles que se fueran de inmediato, ya que los hombres del emir estaban registrando todas las casas cristianas una y otra vez, y si los encontraban no solo ellos sino todos los cristianos corrían grave peligro. Pero antes de dejarles marchar les contó toda la historia de la llegada de los moros a España y a su ciudad, y como fueron los primeros tiempos de su estancia, a la vez que los bendecía en su viaje hacía el reino astur, y les recordaba que allí mismo había estado Pelayo, al que él recordaba de su etapa de novicio. Les aconsejo como recorrer el camino y les suministro toda la comida que pudo.
En el camino le agradeció a su prometido todo el sacrificio realizado en su búsqueda, a la par que le pedía información sobre su padre, que había fallecido defendiendo Ovetao en un ataque musulmán aprovechando las luchas de poder astures, su madre también había muerto poco después.
Deberían de regresar a las tierras de Orduña, en dónde les esperaba Alfonso, pero antes debería pasar por Toletum y Passicim, ya que se debía entrevistar con el obispo metropolitano con un recado de Adosinda y transmitirle después a ésta su respuesta. Posteriormente ambos se declararon su amor, y se unieron para siempre, en una boda muy diferente a la soñada por ella, pero sin embargo tan dichosa.
Al día siguiente una patrulla de la guardia real los avisto y hacia ellos se dirigieron. La aventura terminaba así, antes de haber empezado.

VII. Esplendor visigodo.

Con sus trajes de clérigos disimularon como si estuvieran rezando y cuando llegó la patrulla de los cuatro hombres a su lado, él acabo con los tres primeros y ella con un certero tiro de honda con el cuarto. Allí probó primera vez la sensación de matar a un hombre. Se vistieron con las ropas de los moros para pasar más desapercibidos y se fueron en sus caballos. Destruidos por el cansancio y la nieve y el frío aquella noche durmieron abrazados castamente.
La segunda noche si fue su noche de bodas, acampados junto a un lago de montaña rodeado de pinos y con una buena hoguera levantada que les inundaba de calor. Él la amo con la misma pasión salvaje que había puesto en la aniquilación de los guardias que les perseguían. Ella cuando más disfrutaba del amor carnal que acababa de descubrir, el goce se torno suplicio al penetrar su cuerpo en el de ella. Al día siguiente él le regalo una sortija de su familia, cuyo origen se pierde en la leyenda de los primeros batihojas de sus minas, y a continuación se hicieron los juramentos de fidelidad y de amor, era una boda muy distinta a la soñada por ella.
Antes de llegar al destino se dieron de bruces con una patrulla de tres hombres a los que la ropa no consiguieron engañar. Capturados su destino era Corduba, pero en la noche, ella recordando las posturas y modos de las mujeres del harén, seduzco al guardián de la noche, mientras todos –incluido su marido- dormían y una vez desatada acabo con él, Índaro se encargo de los otros dos y ya sin más percances llegaron a Toletum, su destino.
Se fueron directos al palacio episcopal, una vez cambiada la ropa, en busca del primado Elijando al que debían de entregar la carta de Adosinda. Lo que se encontraron fue un espacio de lujo totalmente desconocido para su querido y que a ella le recordaba vagamente el harén del emir.
Una vez recibidos y realizadas las presentaciones así como el origen de la visita, solicitaron su hospitalidad y ayuda para poder regresar a Asturias. Su anfitrión se intereso por el estado de la reina y comenzó a criticar a Beato y Heterio, clérigos asturianos que discrepaban de las teorías religiosas defendidas por él. Les explicó luego sus teorías con el objetivo de que se las hiciesen llegar a Beato, en su monasterio de la Libana. Alana por su parte comenzó a alimentar su sueño de saber escribir y leer, y aconsejada por él persevero en la lectura, que le abriría las puertas del conocimiento.

VIII. Entre bestias salvajes.

Una vez recobradas las fuerzas tras la cura de descanso y agasajo retomar el camino hacia Asturias con una saca de documentos dirigidos a la reina, cuando el invierno azotaba con sus mayores rigores. Antes les aconsejaron tener cuidado con los canallas que asolaban los caminos, esclavos que habían abandonado a sus amos y sobrevivían formando partidas que se nutrían del pillaje.
El camino lo aprovecho Alana para ir conociendo a su esposo, detectando rápidamente que no era un hombre complejo. Tras incontables jornadas de marcha apareció la cordillera asturiana, justo al llegar a ella sufrieron una emboscada de los canallas, de los que lograron huir soltando la mula y espoleando a los caballos, a la vez que Índaro corto de cuajo una cabeza. Se habían quedado sin provisiones ni ropa y aún restaba un largo trecho por recorrer, pero no habían sufrido percance y las cartas las tenía Alana consigo.
Vencida la montaña el camino hasta Passicim fue fácil, se dirigieron a ver a la reina al convento de San Juan Evangelista, pero este estaba vigilado, y no la pudieron ver hasta pasados unos días, cosa que lograron sobornando a la hermana portera. Por ella se enteraron de que el rey Mauregato había fallecido hacía tres semanas, y de la aparición de la tumba del Apóstol Santiago, así como los nobles del palacio habían elegido rey a Bermuda, al que sacaron de diácono y pretenden casar a toda prisa, un títere a quién manejar a su antojo. Igualmente les solicitaba que partiesen hacía Alaba y reunirse con su querido sobrino y ponerle al día de los últimos acontecimientos, y para ello les daba monedas de plata con el que hacer el viaje y les indicaba tener mucho cuidado al estar ella vigilada.
Los miedos de la reina eran justificados y al salir del convento una patrulla los estaba esperando, y ante el estupor de Alana su marido salió corriendo dejándola a ella a merced de los guardias. Fue llevada ante Vitulo que se alegro de verla y le recordó el daño causado con su fuga, antes de decirle que la haría feliz antes de matarla. En la celda recibió la visita del soldado al que había salvado la vida en el viaje a Toletum al extraerle la picadura de la víbora, el cuál le prometió sacarla de allí.
El soldado le llevó hasta su marido, que había movido cielo y tierra para sacarla del encierro, con todos los amigos de la reina, partiendo sin más a tierras vascas. En el camino se desviaron hacía el monasterio de San Martín de Libana para dar los mensajes de la reina y Elijando. Una de las noches, mientras dormían, fueron atacados por una manda de cinco lobos, a los que rechazaron, no sin antes uno de ellos morder a Índaro en un brazo y quebrárselo. Medio desangrado ella logro pararle la hemorragia y darle calor con su cuerpo para devolverle el calor de la vida que se le escapaba.

IX. El genial tartamudo.

Ella le coloco el hueso en su sitio mientras él dormía e imploro por un milagro para poder salir de allí, a la vez que comenzaron a caminar sin sentido. Al poco rato se encontraron con un hombre con su hijo, Bulgano y Noreno, que vivían cerca y habían oído el grito provocado por la colocación del hueso. Era un antiguo sacerdote que había huido hasta allí cuando el rey Fruela ordeno la separación de los sacerdotes casados, él ahora tenía siete hijos En aquel hogar en el que Alana vio más alegría que en ningún palacio, ella pudo practicar la lectura con el sacerdote y en su vientre se fraguaba una vida nueva aunque ella no lo supiese.
Una vez recuperado su marido se dirigieron a San Martín de Libana, al que Santo Toribio de Astorga, arribo con un trozo de la Vera Cruz de Tierra Santa, dónde fueron recibidos por Heterio y Beato, y dónde ella disfruto de la magnifica biblioteca allí existente, y de los conocimientos de este, que a pesar de su tartamudez dejo prendada por sus conocimientos al matrimonio. El día de la partida, le contó a su marido la espera de su primer hijo, manifestando él su gran alegría y la seguridad de que sería un niño, que se llamaría Favila como su padre.

X. Huésped de los vascones.

El viaje fue más largo de lo debido al evitar transitar por los caminos principales. En uno de los descansos uno de los días en un bosque, cayo una gran tormenta, en la que un reyo prendió fuego en el mismo, estando el matrimonio separado, uno en un arroyo cercano en busca de agua y él otro buscando leños para quemar. El fuego los separó, encontrándose al cabo de un tiempo, en el que ella ya lo daba todo por perdido.
Al final llegaron a las tierras de Orduña, a los dominios del clan de Munia, en dónde Alfonso los esperaba con sus 24 años languideciendo en aquellas montañas.
Alana y Munia tenían muchas cosas en común y pronto congeniaron, y por ella supo todos los detalles de la historia que a ella le había tocado vivir, incluido como su hijo logro sobrevivir a los enemigos de su padre cuando fue enviado al monasterio de Samos y como ella huyo de Ovetao al fallecimiento de su amado el rey Fruela. En el clan ella era la que mandaba, junto con su hermano Enekon. Alfonso por su parte, al que ella nunca llego a saber si se sentía atraído por los hombres, como algunos murmuraban, o si le gustaban las mujeres, solo parecía angustiarse por el modo y momento de recuperar lo suyo, organizar su ejército y lanzarse a la batalla. Tenía corazón de guerrero y alma de rey.
A los pocos días de estar allí Índaro pronunció su juramento como fideles, un nivel superior a la condición de espatario que había ostentado hasta entonces. Ella desde ese momento supo que nunca sería tan de ella como de él, que jamás le procesaría la misma devoción ni lealtad. Alfonso por su parte lo nombró el primero entre sus fideles, el más querido de sus amigos, aquél en cuyas manos ponía su vida... A continuación se celebró una gran fiesta. Al finalizar la misma vio como el príncipe discutía con su tío, en el que uno defendía la unión del reino y otro la independencia de los vascones y renegaba de los reyes asturianos.
Una tarde fría cerrada por la bruma, se puso de parto, después de bastante tiempo y sufrimiento, dio a luz a un varón tal y como todos deseaban, pero estaba inerte, sin respiración, completamente inmóvil; el cordón que todavía le unía a ella le daba vueltas alrededor del cuello, le había ahogado. Ni Índaro volvió a sentir nunca la misma ilusión, ni ella encontró alivio a la sensación de culpa al pensar que había matado a su propio hijo. Ella también estuvo a punto de morir desangrada, su marido se dio a la bebida, hasta que un día sus cuerpos se volvieron a encontrar en la cama, y la rutina volvió a ser la normal.
Habían pasado ya tres años en aquellas tierras, y ella no volvía a quedar embarazada, pensó en que alguien le había echado mal de ojo, y con los conocimientos transmitidos por Huma comprobó que no era así. Pero lo que si llegó fue la guerra, tal como le había dicho Holal, su hijo Hixam, nada más acceder al emirato comenzó la yihad contra el infiel
Alfonso con su ejército salió en combate hacia el sur, por dónde entraron los sarracenos, pero nada pudieron hacer nada más que sobrevivir a la derrota y retroceder. En Gallecia ocurría lo mismo y cuando ya se iban victoriosos de regreso el rey Bermuda se atrevió a salirles al paso en el río Burbia, siendo aniquilado todo el ejército y hechos prisioneros los supervivientes. Al poco tiempo un emisario real llegó a su retiro, él rey había decidido retirarse al monasterio y le ofrecía el trono de Asturias. El día 1 de septiembre del año 791 fue la partida a la tierra prometida.

XI. El martirio de Coaña.

En el camino viendo los horrores de las batallas, ella no paraba de pensar en que había sucedido en Coaña, de la que nadie era capaz de darle respuesta. Con ella viajaba Ximena, una niña de doce años que se había encaprichado con ella, cuando tanto la ayudo en los días posteriores al fallecimiento de su hijo.
El príncipe Alfonso había decidido instalar su capital en la ciudad que le había visto nacer fundada por su padre; allí celebró su coronación, aunque sin la presencia de su predecesor que una vez derrotado se fue directamente al monasterio, a la vez que todos los instigadores de los golpes urdidos contra el heredero legítimo huían hacía sus posesiones. El día 14 de septiembre del año 791 se hizo la coronación en un gran acto en el que jinetes portaban su estandarte, una gran cruz dorada sobre fondo azul, y en la que todos los monjes solicitaron la bendición divina. Solo falto Adosinda, la mujer que dedicó toda su vida a hacer posible aquel acontecimiento, y que había fallecido pocos días antes, sin saber si fue de forma natural o envenenada.
El rey, que a partir de entonces se empezaría a llamar Alfonso el Magno, no se conformo con ser alzado sobre su escudo, de acuerdo con la tradición astur, sino que quería recuperar el rito gótico que infundía al soberano una legitimidad superior, ella era un gran soldado llamado a reconquistar la tierra de los cristianos, por lo que sus primeras palabras fueron un compromiso de defensa de la fe y del rebaño de Jesucristo.
Unos días después Alana pidió permiso para ir a Coaña al no tener ninguna noticia de sus padres, y allí se dirigió comprobando por cada sitio dónde pasaba los restos de un holocausto propio de la crueldad del enemigo al que se enfrentaban. Una vez allí pudo comprobar la terrible realidad que temía, encontrando una pila de restos humanos en avanzado estado de descomposición a los que no tuvo más alternativa que prender fuego. Por primera vez en su vida supo lo que era el odio, y juro vengar su suplicio, emprendiendo el regreso a la capital.
El rey se puso a crear un ejército bien armado y entrenado capaz de enfrentarse al enemigo, y ella le manifestó a su marido su voluntad de acompañarlo en los combates. El rey ordeno a su marido organizar el ejército.
Al invierno siguiente dio a luz a una niña llamada Froia en memoria de la madre de su marido, su marido la abrazo suavemente y enseguida la devolvió algo decepcionado por no ser un varón. Por su parte ella impregnada de alegría no quitaba de su cabeza los estragos provocados en su castro y la idea de encontrar el modo de poner de nuevo en pie y llevar hasta allí a moradores dispuestos a retomar el cultivo de los campos. Ovetao era entonces una ciudad que apenas empezaba a levantarse, ocupado como estaba Alfonso en asegurar el reino antes de acometer otras obras. En ella no había palacio o castillo que el monarca pudiera compartir con sus fideles, por lo que todos vivían en alojamientos precarios, incómodos, sin protección efectiva.
En una de las raras ocasiones en que su marido se encontraba en casa, recibieron la visita de un pequeño propietario asturiano del occidente, de nombre Adulfo, que venía a advertirles de los que habían asesinado al padre del rey y sostenido a Aurelio, Mauregato y Bermuda no habían cejado en su empeño en hacerse con el trono y que liderados por Vitulo estaban urgiendo una conjura en la sombra. No comulgan con su política de enfrentamientos y están dispuestos a someterse al emir de Corduba. Solo sabía el nombre de Vitulo y de otros dos Damundo y Alamiro, pero desconocía los del entorno del monarca.
Durante los días siguientes Índaro estuvo preso de una auténtica fiebre por descubrir la identidad de los conspiradores. Sus hombres arrestaron a todo aquel que pudiera resultar sospechoso. Cualquiera podía ser sospechoso, el monarca había rehusado a hacer purgas a su regreso al trono, en su afán de aplicar una política de reconciliación y no quería oír de detenciones a pesar de la confesión del señor gallego. Con esa premisa era imposible desenredar la trama de la presunta conjura.

XII. La venganza de Lutos.

Al empezar las nieves a retroceder en las montañas, llegaron los emisarios enviados por los espías fieles a comunicar que dos ejércitos formidables de unos diez mil hombres cada uno avanzaban hacía ellos por caminos distintos. Uno en dirección a Alaba, al mando del general Abd al-Karim y otro hacía la capital comandado por su hermano Albd al-Malik, cuyo nombre le era conocido a Alana pero no recordaba.
Penetro por la Vía de la Plata, de allí a Legiio, para cruzar la región de las Babias para alcanzar el puerto de la Mesa, por el que los romanos, godos y sarracenos penetraban hasta lo más profundo de los valles. Era un ruta segura, con un trazado ancho y despejado, que serpenteaba entre cumbres por terreno elevado con buena visibilidad y sin posibilidad de emboscadas. No había otra opción que marcharse de las casas y protegerse en las cuevas, bosques y montañas, pero los animales quedaron abandonados y loas despensas a placer del enemigo que incendiaba a su paso todo lo que no podía llevarse.
Índaro tenía por entonces un escudero muy joven llamado Assur, nacido en la zona fronteriza y deseoso de realizar alguna hazaña que le permitiera consagrarse como espatario. Y la encontró en el camino de regreso de los sarracenos, que pagaban fuertes sumas de plata a los pastores locales para que los guiaran por los pasos más difíciles. Assur se presento en el campo enemigo con la oferta de guiarles, sin levantar sospechas, llevando a las huestes de Alá hasta una hondonada inundada de barro conocida como Lutos un 19 de junio del año 794.
Índaro vestido como siempre de negro de la cabeza a los pies, con el pecho cubierto por una coraza de hierro y la cabeza bajo el yelmo en forma de boca de dragón aguardada en la colina con sus hombres el momento exacto. A un gesto suyo la cólera de sus gentes se abatió sobre los guerreros sorprendidos cayeron rocas y flechas, piedras y lanzas, siendo la victoria clara y contundente. El corazón de Alana rebosaba de orgullo ante la hazaña perpetrada por los hombres dirigidos por su marido.
Todavía quedaban tareas por hacer que incumbían a las mujeres. En primer lugar cauterizar, coser, limpiar y vendar las heridas de sus hombres, ponderando al mismo tiempo su valor en la batalla. Para los que habían salido mal parados este reconocimiento era tan importante como el mejor de los bálsamos aplicado a sus heridas. La segunda labor era recuperar los cuerpos de los caídos y llevarlos a enterrar cerca de las casas según su costumbre y la tercera encargarse de la recolecta del botín.
Como esposa del primer fideles del rey le correspondía a ella inspeccionar el botín antes que nadie, aunque una vez realizado el inventario sería repartido incluidos los esclavos a razón de un quinto para el soberano, dos quintos para los nobles participantes en la batalla y los otros dos para el resto de la tropa. Deseosa de contemplar la riqueza portada en la carreta del general sarraceno, se subió a la misma y al descorrer la lona quedo estremecida por lo que veía. A sus pies una mujer vestida según la tradición musulmana yacía inerte, con una flecha clavada en el vientre y otra en la garganta; al inclinarse hacía ella para cerrarle los ojos la identificó al instante sin ninguna duda, era Eliace. Su compañera de viaje en las horas amargas de su traslado forzoso, la amiga a quien nunca había dejado de extrañar, que volvía arrastrada por el hombre al que fuera entregada en su separación, observo que su cuerpo mostraba muestras de haber sido bien tratada, y su atractivo sexual hizo sin duda que su amo la obligara a acompañarlo en las batallas. La llevo hasta dónde yacía el cuerpo del general, se guardo un espejo de plata bruñida de su propiedad y en ese preciso instante tuvo la certeza de estar de nuevo embarazada de una niña y se llamaría Eliace, tenía por entonces 24 años.
El campamento asturiano estaba feliz por la victoria, el rey manifestó que el Reino de Asturias resistirá, porque así lo quiere Nuestro Señor y porqué sus gentes no volverán a rendirse jamás. También pregunto al estrecho círculo de leales como podía premiar su valor. Los condes pidieron concesiones, y cuando todos acabaron ella pidió sin mirar a su marido, disponer de las tierras que rodean al castro de Coaña, que su padre de estirpe goda gobernó al servicio de su abuelo. Él los cedió gustoso y le aseguro que no sería la única concesión que les haría, esperaban todavía grandes conquistas. Para su sorpresa su marido aprobó sin reservar la petición y le manifestó su voluntad de que el cuervo sería de ahora en adelante el emblema de su casa.
En el verano el rey mandó construir un castillo a orillas del Nalón que sirviera de defensa, su embarazo se gestaba mientras su marido iba de un lado a otro con mandatos reales. Pero su corazón le había engañado y dio a luz a un varón que llegó con los ojos abiertos, profiriendo gritos en lugar de llanto, fuerte, rebosante de salud, heredero de todos los rasgos físicos de su padre y de la determinación de su madre. Bautizado con el nombre de Fafila y apadrinado por el mismísimo rey y ella supo que siempre le pertenecería a su padre, llevaba su sangre y seguiría sus pasos.
Pero la primavera del año 795 nuevos peligros acechaban, la derrota producida enfureció a Hixam que envío otra expedición aún más poderosa, compuesta por cinco mil jinetes y veinte mil infantes, marchando en vanguardia unos diablos de color negro, casi desnudos que degollaban a sus prisioneros para devorarlos crudos.

XIII. Hijos de la determinación.

Hizo falta un gran esfuerzo por parte de capitanes y clérigos para convencer a los soldados de que esas criaturas diabólicas eran seres idénticos a ellos aunque de otro color, procedentes del continente africano. El rey mandó emisarios a los cuatro vientos y recaló el apoyo de todas sus gentes de armas e incluso pidió ayuda a los francos de Aquitania, sometidos a la autoridad de Ludovico Pío, en delegación de su padre el emperador Carlos ordenó la evacuación del resto de la población hacía la seguridad del litoral, mientras sus hijos se fueron con Ximena al territorio de su padre. El rey abandono la prudencia que le caracterizaba y espero a Abd al-karim en las llanuras, que les infligieron un castigo terrible el 18 de septiembre de 795.
Se les echaron encima poco después del alba, aullando como lobos, los pillaron desprevenidos y con el sol en los ojos lo que favoreció su avance arrollador y su descalabro, Índaro fue herido de flecha en una pierna, no de gravedad pero si con una gran perdida de sangre. Alfonso viendo el descalabro ordeno el repliegue en dirección a Ventana con el fin de realizar allí una emboscada, pero los sarracenos se les echaron encima y nos le dio tiempo, alguien tenía que detenerlos con el fin de dar tiempo al rey de ponerse a salvo e Índaro fue el primero en dar un paso al frente.
Sin embargo el rey no lo consintió, estaba herido y lo necesitaba con él, dejo al mando a Degaredo con casi tres mil hombres que como cabía esperar defendieron el territorio con su vida, pero no detuvieron el avance sarraceno, aunque dando tiempo al rey a llegar a su castillo junto al Nalón, al que llegaron pasados tres días. Por su parte Abs al-Karim quería vengar a su hermano Abd al-Malik y buscaba la cabeza del monarca cristiana y siguió la persecución obligándoles a huir una vez a las montañas. El rey salvaba una vez más la cabeza y la libertad garantizando la existencia de Asturias, pero la venganza de Lutos fue mayor de la esperada y lo que quedaba de Ovetao fue destruido por tercera vez y el general se fue convencido de que los asturianos no podrían reponerse de la derrota, pero obviamente estaba confundido.
El Reino de Asturias necesitaba socorros, no podía soportar otra ofensiva como la sufrida, se hacía indispensable fraguar alianzar con otros territorios cristianos. Había que acudir al hombre más poderoso de la cristiandad, el emperador Carlos el Magno y hacía Tolosa, capital de Aquitania, partió una delegación para transmitir a Ludovico Pío el ofrecimiento de un pacto de amistad y apoyo mutuo frente al enemigo común. Su petición fue atendida y regresaron con los documentos de alianza debidamente rubricados, así como se formalizo la compra de armas que debían de enviar por mar al puerto de Gegio.
En abril del 796 el emir cordobés rindió el alma a su dios, librando a los cristianas para siempre de su azote, dejando en manos de su vástago y heredero Al-Hakan la tarea de continuar la guerra santa, y pronto envió a su temible general a un nuevo ataque, aunque en esta ocasión hacía tierras de Cantabria meridional, dónde de nuevo salió vencedor y por una traición se libró de una emboscada del tipo de la de Lutos, Índaro participo en el batalla, pero Alana se quedo en la capital, iba a dar a luz a su tercer hijo, un varón llamado Rodrigo., nacido a finales del 796.
A diferencia de su hermano, era frágil, menudo, enfermizo pero con ojos penetrantes como los de su abuela, así como su espiritualidad, que acabaría llevándole a desempeñar tareas de gran trascendencia. Su padre al verlo con apenas un mes de vida se convenció que no saldría adelante y creo un muro protector de indiferencia en torno a él, una barrera que también le alejo de ella y comenzó a buscar entretenimientos lejos de casa, y comenzó sus relaciones amorosas con muchas cortesanas deseosas de sus favores, eso no impidió la llegada años después de un cuarto hijo. Su hijo salió adelante, y su precoz inteligencia en compensación a su débil cuerpo le hizo sentir una auténtica devoción hacía Dios, siendo enviado a una pequeña a edad al monasterio de Samos, por intercesión real, dónde se empezaría a formar en la carrera eclesiástica.
Habían pasado tres años desde la muerte de Hixam y los espías infiltrados en Corduba informaban de las terribles disputas que se libraban allí por su sucesión. Aprovechando la coyuntura el monarca se quiso vengar de la última derrota, y envío sus tropas a Olisipo, sobre la que se abalanzó antes de que se pudieran reforzar, saqueando sus tesoros y vengando con ferocidad en sus habitantes el odio guardado.
Su marido volvió de la batalla con preciados valores y con una cautiva mora, Átika, que se convirtió en su concubina durante varios años, ella poseía su cuerpo, pero su mujer siempre tuvo su respeto y a esta eligió como acompañante en la misión que como embajador le encomendó el rey de ir a la corte de los francos.

XIV. En la corte de Carlos el Magno.

Antes de la partida el monarca organizó una partida de caza en las proximidades de las Babias, a la que Átika acompaño a su señor. Al amanecer este oyó un ruido que despertó su instinto guerrero, algo así como un grito ahogado procedente de la tienda del rey. Sin preguntar ni pedir permiso, interrumpió en ella daga en mano, descubriendo el mayor de la personalidad del monarca que muy pocos llegarían a conocer. Este estaba solo, desnudo de cintura para arriba, golpeándose la espalda con una soga afilada de nudos. Ante su sorpresa el monarca le explico el motivo de aquello, a la vez que le indicaba que lo olvidara y que jamás lo mencionara. Su carne era débil como la de cualquiera y ardía en deseos que le eran vedados, por lo que los combatía de la manera que acababa de ver, había hecho voto de castidad hacía tiempo, para limpiar el mal causado por su padre, al haber matado a su hermano.
El matrimonio salió de Ovetao bien entrado el otoño hacía la ciudad de Aquisgrán junto a un grupo numeroso, incluido un monje de nombre Basiliscos encargado de negociar los asuntos de la iglesia. Cruzando el puerto de la Mesa llegaron a Legio, de allí a Pompaelo, en dónde se les unió la guardia de honor enviada por Ludovico Pío. La ciudad del emperador hacía honor a la grandeza de su constructor y su conjunto monumental dejo muda a la expedición asturiana.
Alana estaba excitada por conocer al guerrero que había logrado unir a un conjunto de pueblos dispersos y detener el avance arrollador de los sarracenos por tierra cristiana, al defensor de la fe de Cristo, al protector de una cultura, al hombre más poderoso de su tiempo. Como presente le llevaron una suntuosa tienda de campaña, pieza de gran valor capturada a Abd al-karim en su último ataque, así como de otros objetos varios casi todos procedentes del saqueo de Olisipo, incluido el plato fuerte, siete caudillos sarracenos con todo su poderío. El galo les manifestó que transmitieran a Alfonso su amistad, su alianza y que siempre sería su hombre. Por desgracia su muerte, en el año 814 puso prácticamente fin a la relaciones entre ambos dominios.
Aquella noche hubo fiesta en las estancias privadas del palacio, de la que también el rey gozo en compañía de su veintena de hijos. Al retirarse al rayar el alba, Ïndaro la buscó como en sus mejores noches, en una cama con un lujo desconocido para el matrimonio. Los siguientes días los emplearon en dar forma al motivo del viaje, y a conocer un poco la ciudad, su marido e hijo la alianza militar y Basiliscos debería desacreditar las tesis de Elijando, cosa que también consiguió y de la que se beneficio Beato en su retiro de la Libana.
Una vez llegados a su ciudad con la misión cumplida, Alana recibe la visita de alguien al que al principio no identificaba, se trataba de Estefanía, la peluquera que la ayudo a huir del harén. Su familia había sido obligada a huir de Corduba y le pedía ayuda, el nuevo emir Al-Hakem era tremendamente cruel y acabó con todos sus enemigos internos decapitando uno a uno a la llegada a una fiesta que había organizado de confraternización. Alana le dio tierras en sus dominios de Coaña para que comenzara allí con su familia una nueva vida.
Hubo años de paz relativa en Asturias debido a las batallas que hubo de librar el emir contra su propia gente, incluso tuvo que hacer frente a una sublevación de la población de Corduba por el trato recibido, que aplacó sin compasión. Sin embargo la conspiración no era patrimonio exclusivo del bando musulmán, durante el viaje del matrimonio a Coaña acompañando a Estefanía, en agradecimiento a su trabajo realizado años atrás, Alfonso se vio por segunda vez humillado al verse despojado de su corona, sus enemigos después de once años se presentaron en la capital por sorpresa y rodearon al monarca, al que superaban en número. Este envío un emisario a Índaro con la nueva situación y este emprendió el camino de regreso con la idea de vengar la afrenta infligida a su soberano, se tomaría la revancha sin mostrar piedad.

XV. Suplicio y muerte de un traidor.

A finales del 801 recorrieron a toda la prisa que pudieron la distancia hasta la capital rodeando los caminos por miedo a que estuvieran vigilados por los usurpadores, había que reponer al rey en su trono, y si fuera demasiado tarde castigar a sus asesinos y convocar una asamblea de electores para nombrar al nuevo soberano. Los nobles estaban todos del mismo mando y se reunieron en la fortaleza de Gegio de uno de los fideles, Teuda, hermano de sangre de Índaro.
Al monarca lo tenían retenido en el monasterio de Ablaña sometido a gran presión para que aceptara pronunciar votos sacerdotales que le privarían definitivamente de su corona. Los que le habían derrocado sabían bien lo que hacían, pero no contaban con la valiente oposición del obispo Cinitla, que amenazo con excomulgar a quién se sentara en el trono. Índaro y Teuda acordaron hacer un único ejército con sus gentes con dos puntas de lanza, una contra Ovetao (Índaro) y otra contra Ablaña (Teuda).
La mera amenaza de un enfrentamiento bastó para poner en fuga al ocupante ilegítimo del trono en Ovetao, y ellos estaban dispuestos a seguir al máximo conspirador Vitulo hasta dónde hiciese falta, dijese lo que dijese el rey, aún sin conocer el desenlace en Ablaña. Cabalgaron día y noche pero se les escapaba de la mano cada vez que estaban a punto de cogerlo. Uno de los amaneceres cayeron sobre su campamento contra quiénes cargaron todo su odio, pero uno de los capitanes confeso que el conspirador se había ido de noche con una pequeña guardia camino de su fortaleza en el finis térrea. Fueron en su busca buscando caballeros a caballo, por lo que no se detuvieron con un carbonero que se cruzo en su senda en dirección contraria, cubierto de harapos y hollín. Fue Alana con su instinto el que solicito a su marido que se volvieran e interrogaran a aquél hombre, sin mirarle el rostro, solo por sus manos, supo que eran las que la habían ultrajado siendo niña, robándole la inocencia.
Fue llegado a su propia casa, dónde le esperaban una mujer sometida y cuatro hijos de corta edad, allí fue interrogado bajo tortura, dando todos los nombres de sus cómplices y reconocer haber ofrecido a Al-Hakem un acuerdo de paz a cambio del apoyo al usurpador. Transido de dolor, suplicó que respetaran la vida de su familia, inocente de cualquier crimen. Ïndaro le mando ponerse de rodillas y le corto las dos manos, después mando a sus hombres que le sellaran los cortes con hierro fundido para evitar que se desangrase; una vez reanimado fue obligado a ver como decapitaban uno a uno a sus hijos, sin desvelarle el fin de su esposa y de su única hija encerradas en un cenobio. Después con su daga le arranco despacio primero el ojo derecho y después el izquierdo y ya la muerte acudió en su auxilio. De allí partieron en busca de conocer lo acaecido en Ablaña con la venganza tantas veces añorada por fin realizada.
Tedia logró rescatar sano y salvo a Alfonso, quien recuperó su corona desmintiendo esa vieja maldición astur-visigoda que condenaba a desaparecer definitivamente a todos los monarcas destronados. Agradecido les pidió a sus dos fideles lo que tuvieran a bien, pero ambos no pidieron nada, él sin embargo les indico que les proporcionaría los medios necesarios para levantar un monasterio en las tierras cedidas hacía un tiempo a Alana. Esta por su parte agradeció el regalo y le pidió permiso para casar a su hija mayor, Froia, que ya tenia 16 años.
A Alana le hubiera gustado dar a su hija una boda por todo lo grande, pero no fue posible por todos los problemas acaecidos en fechas anteriores. Se desposo con el hombre indicado casi desde su nacimiento, Assur, el hombre de confianza de su padre. Fue un desposorio sencillo en la casa materna con el soberano en calidad de fedatario excepcional y un clérigo del entorno palaciego y rodeados por las personas más sobresalientes de la corte. Una vez acabada la ceremonia Alana se fue a Coaña decidida a cumplir su viejo sueño de construir alguna cosa que perdurara tras su muerte. De las arcas reales salió la dotación necesaria para la fundación de Santa Maria de Coaña, la iglesia en cuyo atrio reposan los restos de su esposo. Con la fundación del monasterio vio la oportunidad de restituir a Coaña toda la grandeza perdida tras la invasión musulmana. Construiría también una escuela y una yeguada de la mejor calidad que convertiría a los guerreros de su marido en imbatibles.
En contra de sus temores iniciales no faltaron voluntarios con los que constituir el núcleo fundacional de la comunidad, gentes variopintas compartían el deseo común de encontrar paz, seguridad y compañía. Nombro abadesa a una mujer mayor, viuda de alta cuna y educación esmerada de nombre Paterna, que después compartió la dirección del cenobio con un fraile toledano, de nombre Sisnando, recomendado por el abad de Samos. La regla que eligieron darse los miembros de la comunidad fue la de Fructuoso de Bracaram, más conocida que otras en la región por la proximidad de su autor.

XVI. Amor de alabastro.

Alana a su regreso a Ovetao conoció a Tioda, cuando el rey quiso que su maestro constructor, quien estaba diseñando y dirigiendo la edificación de la gran capital que quería levantar en su ciudad natal, diese su opinión sobre el monasterio de Santa María de Coaña, que empezaba a surgir de los cimientos. Era un hombre atractivo, alto, elegante y con una refinada educación, venido del país de los francos, donde había trabajado en obras contratado por el emperador Carlos, llegando a Asturias recomendado por el mismo. Ella por entonces tenía treinta años, una edad que permite ver de cerca a la muerte y tenía sepultada bajo mantos de responsabilidad tupida cualquier apetencia sensual.
El la invito a acompañarle por lo que sería el complejo palaciego para conocer su opinión, dada su extensa cultura que conocía por referencias, ella aceptó con el permiso de su marido, que ni por un instante pensó que de aquella relación pudiera surgir otra cosa que alguna idea para su cenobio. A partir de aquél idea surgió un lazo sólido, dedicado y suave, y por supuesto ajeno al vínculo que ha de existir entre una dama de palacio casada y un maestro constructor. El artista disponía de recursos ilimitados para construir una ciudad capaz de honrar la memoria de Alfonso y su adorado padre, capaz de competir en esplendor con la misma Toletum, un centro de culto a Dios, para lo que disponía de una arca repleta de reliquias salvadas milagrosamente de la profanación mahometana, que guardaban un lugar seguro, un recinto consagrado para albergarlas.
Tioda era viudo, náufrago de un matrimonio sin deseo ni entendimiento, sometido al acoso frente a todas las damas de la corte en busca de un buen partido para sus hijas. Ella sabía que él la amaba y él conocía su amor, pero huían de una atracción prohibida. Le comparaba sus ojos con el alabastro existente en Asturias, lo que a ella le llenaba de orgullo y se lamentaba de que llegara tan tarde. Tenían una pasión canalizada a través del intelecto, no sólo para ocultarla de los demás, sino de su propia conciencia.
Él le entrego su corazón con la misma generosidad que demostraba al ofrecer su talento a la ciudad, que poco a poco empezó a exhibir la magnificencia de los nuevos edificios. Uno de los primeros en abrir sus puertas fue la iglesia del Salvador, situada allá donde Fruela levantara un templo profanado una y otra vez por las hordas mahometanas. A sus leales seguidores, entre los que se encontraban, mando edificar residencias tan sólidas como la suya. El rey estaba decidido a recuperar la esencia de la corte visigótica de Hispania.
Siguiendo las directrices reales de que los condes con dominios encomendados a su administración se vieran obligados a administrar justicia, Alana tuvo que acudir con su marido a requerimientos de este a sus dominios de Canicas a impartir justicia sobre linderos de tierras y otros temas similares, lo que ella hizo con gran pesar, por un lado de dejar a su hija pequeña sola y por otra no ver a Tioda.
Pronto regresaron a una capital donde los cambios se producían a gran velocidad. Una vez consagrada la basílica al Salvador, la convirtió en sede episcopal regia llamada a sustituir a Toletum, nombró obispo a Adaulfo y convocó un concilio al que acudió de observador su hijo Rodrigo, que ya había pronunciado sus votos con la delegación de Samos, y en el que estaba como invitado de excepción Teodulfo de Orleáns, legado del emperador Carlos el Magno.
Por aquél entonces el rey había enviado expediciones con éxito al sur, hasta el alto valle del río tajo, en busca de cautivos y botín. La alianza con el poderoso monarca franco era muy provechosa, por eso los consejeros no se opusieron cuando Ludovico recabó ayuda asturiana para consolidar el gobierno de un gascón de nombre Velasco en Pompaelo. La alianza inquieto a Al-Hakam, que en el año 816 envío una ejército de más diez mil hombres que se enfrentaron a los astures a orillas del río Orón, que fue muy violenta y que causo numerosas bajas en uno y en otro bando, sin decantar la victoria para nadie.
Al vuelta su marido decidió empezar a negociar la boda de su hija Eliace con un conde pamplonés llamado Tello, a quién había conocido en la contienda, con el fin de tejer lazos de amistad y mutua ayuda entre ambas familias. Con el verano se puso en marcha los preparativos para la boda, que se vieron interrumpidos por una nueva amenaza. Un emisario llegó desde Gegio para pedir auxilio. La ciudad había sido atacada por unas gentes jamás vistas antes, venidas del mar, gigantes rubios cuya ferocidad superaba con creces todo lo conocido.

XVII. Diablos vikingos.

Los normandos no sólo eran excelentes marinos tanto en la mar como en la navegación fluvial, sino que su voracidad los convertía en bestias rapaces que se adentraban por los caminos en busca de botín. Aparecían de improvisto, lanzaban sus flechas incendiarias sobre las techumbres de casas o iglesias, y se apostaban en el exterior del poblado con el fin de impedir la fuga de sus moradores. Buscaban todo lo de valor y apresaban a los hombres de valor para pedir después rescates exorbitantes. No respetaban a nadie, ancianos, enfermos ni niños, eran auténticos depredadores. Eran diablos gigantescos, tocados con cascos en forma de cornamenta, revestidos de cuero e imbatibles en el manejo del hacha.
Habían aparecido por Gigio, hicieron gran matanza entre sus habitantes, profanaron iglesias e incendiaron la ciudad, retornando a sus naves para escapar hacia occidente sin ofrecer la cara ante soldados verdaderos. Índaro, los siguió por la costa hasta el faro de Brigantium, dónde fue muerto a traición y de un tajo le separaron la cabeza del tronco, segando la vida del hombre más valiente que jamás pisara este mundo. Su cuerpo fue recogido del barro por su yerno Assur y llevado a Coaña.
Lo enterraron en la capilla de su monasterio de Santa María, bajo una lápida de piedra blanca labrada con una efigie de un caballero armado, en dónde se sienta a hablarle y rezarle su fiel Alana.
Una vez derrotados los vikingos, se fueron a saquear Olisipo y después a por los tesoros de Al-Ándalus hasta alcanzar Isbiliya, y luego lo intentaron con Córdoba sin éxito. Posteriormente se fueron a por Francia, llegando hasta el mismo Paris, y al final les dieron una fortuna para que no causar victimas entre los francos.
Para entonces ya se había celebrado el banquete funerario, preparado por su mujer venciendo el dolor, en su honor siguiendo la tradición que merece un guerrero de su estirpe. Reunió en torno a la mesa a todos los magnates de palacio con sus esposas, a los capitanes que lucharon a su lado, a los condes de rango similar al suyo, a sus cuatro hijos, a los clérigos más influyentes de la corte y a otros muchos más. La alegría estuvo a la altura de lo que se esperaba, de un fideles del rey caído en el campo de batalla, sin ofrecer la espalda al enemigo.
Alana guardo un luto riguroso, aunque breve, ya que tuvo que retomar los preparativos de la boda de Eliace interrumpidos por el ataque normando y era reclamada por su futuro esposo Tello, a quién se iba a entregar antes de cumplir los diecisiete años.
En el verano del año 817 hicieron el viaje de Ovetao a Pompaelo, que resulto muy agradable debido al buen tiempo. La ciudad estaba en plena disputa, dividida entre los partidarios de Iñigo Alista, aliado de la familia de los Banu Qasi y los que preferían estar al lado del emperador Carlos Magno. Tellu parecía no estar alineado con claridad con ninguno de los bandos, aunque se declaraba cristiano. Alana nunca supo si su hija había sido feliz en su vida conyugal, aunque si le dio tres nietos y otros dos que fallecieron. Y que su marido se alineo con el entronizado rey Iñigo que significo la condición de reino independiente para Navarra.
Después de regresar de la boda, Tioda busco a Alana y le ofreció matrimonio, pero ella le rechazo para no abandonar su tierra y por lo que tanto lucho, a pesar de tener la seguridad de que hubiese sido feliz el resto de sus días.

XVIII. Asturias, embrión de la nueva Hispania.

La paz era tan efímera en Asturias como el tiempo seco, así en el año 822 rindió su alma Al-Hakem, para dejar paso a otro Abd al-Rahman, igual de apuesto al que ella conoció incluida su feroz idea de aniquilar el reino enemigo. Para ello elevo a la condición de canciller al viejo general Abd al-Karim con la consigna de armar una expedición de ataque. Ello hicieron con la brutalidad habitual sobre las llanuras de Alaba, y en aquella expedición ya participaba su hijo mayor, casado con la hija de un magnate de palacio y digno de acaudillar a las gentes de armas de su progenitor, el rey observó la sangría causada esperando el momento de poder realizar una emboscada, la experiencia ya larga le había enseñado al monarca a la necesidad de refrenar la pasión y contener la sangre. Lo que debía preservar a toda costa era la vida, la suya y la del reino que de él dependía, para lo cual no podía darse el lujo de luchar de frente y en campo abierto, pues jamás había disfrutado de una situación equilibrada en tropas.
Al poco tiempo falleció el adversario más duro del ejército asturiano, el caudillo Abs al-Karim, pero eso no fue obstáculo para que en el verano del 825 se produjera un nuevo ataque en tres frentes con el objeto de aniquilar el reino. Pero aunque vencieron en Vasconia los astures les infligieron una gran derrota en Gallecia y Fáfila regresó a la capital a la diestra de su señor, compartiendo con él los fastos de la victoria y un botín tan cuantioso como el ejército vencido.
Poco después su hijo acudió a despedirse de Alana, el rey le había concedido posesiones en Castella y títulos para su puebla, debía de levantar una fortaleza al sur de Pancorbo, repoblar las villas y crear otras nuevas y ejercer de gobernador en ellas.
Sonaba la hora de Fáfila y poco después de su otro hijo, Rodrigo, que ejercía como secretario y consejero de una de las prelaturas más antiguas e importantes, la de Iria. Sucedido el milagro del encuentro de los restos del apóstol Santiago y enterado el monarca del mismo, peregrinó al lugar para testificar con lágrimas y preces su devoción al Apóstol e hizo las donaciones necesarias para que se levantara inmediatamente una iglesia sobre el sepulcro, con el fin de dignificar el culto al santo. Al frente de la basílica fue colocado Rodrigo, revestido de la dignidad episcopal y encargado de ordenar el flujo de peregrinos que pronto comenzarían a llegar.
Transcurrieron años de paz debido a las intrigas internas mahometanas, pero una vez conjuradas el emir volvía cada vez al ataque, hasta el punto de amargar los últimos años de vida de Alfonso y de Alana, con dos aceifas anuales dirigidas contra los extremos del reino, uno contra Gallecia y el otro contra Alaba o Castella, dónde se encontraba Fáfila.
En una de ellas en Vasconia, las tropas dirigidas por el hijo del emir decapitaron a toda la población y con sus cabezas levantaron un desfiladero humano. Aunque aquella matanza no quedo sin venganza, quizá si acelero la muerte del soberano casto un 20 de marzo del 842 con casi 80 años, dedicados al servicio de Dios y con un gran legado, la conservación del solar cristiano de Hispania.
A la muerte del rey, Alana era una anciana aislada en su convento de Santa María de Coaña junto a su fiel Ximena, ejerciendo su autoridad de abadesa. Fuera los asturianos han vuelto a chocar entre sí por el poder, Alfonso murió sin hijos, lo que ha desatado una contienda fraticida en torno a su sucesión. Ella en ocasiones ve fantasmas de una vida plena que reclaman su presencia, pues su sitio ya esta entre ellos.

PERSONAJES.
 ALANA. Protagonista principal y narradora de la historia.
 HUMA e ICKILA. Padres de Alana.
 INDARO. Marido de Alana, fidele del rey Alfonso.
 FROIA, FAFILA, RODRIGO e ELIACE. hijos de Alana e Índaro.
 ELIACE y GUNTRODA. Campesinas astures, prisioneras como ella.
 VITULO. Recaudador del rey y traidor a los herederos legales del trono.
 MAUREGATO. Rey astur, que rendía pleitesía a los sarracenos.
 ADOSINDA. Esposa del fallecido rey Silo, hija de Fruela y nieta de Pelayo.
 ELIPANDO. Primado de la iglesia de Hispania, tenía su sede en Toledo.
 BERMUDO. Sucesor de Mauregato, hermano del Aurelio, a quién sucedió Silo.
 ALFONSO. Rey astur, conocido como el Magno.
 MUNIA. Concubina del rey Fruela y madre de Alfonso.
 XIMENA. Fiel doncella de Alana.
 ASSUR. Fiel escudero de Índaro y marido de su hija Froia.
 ÁTIKA, prisionera mora y querida de Índaro.
 TIODA. Maestro constructor enamorado de Alana.
 TELLU. Esposo de su hija Eliace.
Personajes sarracenos:
 SA´ID. Eunuco jefe del harén real.
 ABD AL-RAHMAN. Emir de Corduba.
 ABD Al-MALIK. General de la que era concubina Eliace.
 ABD AL-KARIM. Hermano de Malik y canciller del emir.
 RAQIYA. Primera esposa del emir y madre de Suleiman.
 HOLAL. Cristiana reconvertida, concubina preferida y madre de Hixam.
 AL-HAKAM. Emir de Corduba.
TOPONIMIA.
 Brigantium. Faro de la Torre de Hércules en La Coruña.
 Canicas. Cangas de Onís.
 Gegio. Gijón.
 Híspalis, Isbiliya. Sevilla.
 Iria (Flavio). Padrón en La Coruña.
 Legio. León.
 Olisipo. Lisboa.
 Ovetao. Oviedo.
 Passicim. Pravia.
 Pompaelo. Pamplona.
 Toletum. Toledo.
CONTRAPORTADA
Corre el año 787 y los musulmanes dominan todos los territorios hispánicos. La joven Alana, hija de una jefa del clan astur y un guerrero godo, es arrebatada de su castro para formar parte del Tributo de las Cien Doncellas: un racimo de muchachas que cada año entrega el príncipe Mauregato al emir cordobés, en señal de sumisión, para que formen parte de su harén.
Así se despliega una trama cuajada de aventuras, pasión y heroísmo que tendrá como escenarios: Pravia, capital de los reyes holgazanes, la antigua corte visigoda de Toledo, Córdoba y su embrujo andalusí, Vasconia, Aquisgrán y, como telón de fondo, siempre ese reino de brumas que es Asturias en sus primeros pasos hacía la Reconquista. Y una galería de personajes legendarios en la que confluyen Abad al-Rahman I, Carlomagno, Adosinda, el Beato de Liébana, Alfonso el Castro e incluso Santiago Apóstol.
Isabel San Sebastián, con pulso narrativo, nos relata una emocionante página de la historia de España llena de traiciones, herejías, batallas y un apasionante romance cuyos protagonistas desafían su destino. Una pincelada de ese tiempo que la gloria y el horror se daban la mano.

EL AUTOR.
Isabel San Sebastián nació en Chile en 1959. Esta divorciada pero no soltera y es madre de dos hijos a los que adora. Periodista todoterreno, trabaja en la actualidad en prensa, radio y televisión. Es autora de “Cuentos de María la Gorda” de la “Biografía de Jaime Mayor Oreja” y de “Los años de plomo”. Ésta es su primera novela.


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"La historia es émula del tiempo, depósito de las accciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir". Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) escritor español.

1 comentario:

  1. Un relato de ficción (para mujeres) sin mayor rigor histórico ni asidero en la realidad. No hay evidencia alguna que Roderic, el úlrimo rey de los visigodos, muerto en Guadalete, haya sido hijo de un Fafila o Favila. Craso error.

    Su padre se llamó Theodofredo, hijo de Chindasvinto y Rekiberga (de los Suev.

    Fafila es un personaje desconocido, de origen hispano-romano, muy presumiblemente un asturiano romanizado, y a quién se le atribuye ser padre de Pelagius o Pelayo de Asturias.

    El otro error de este pequeño cuento es el de vincular la línea Jimena con la línea visigoda, disparate mayor que no resiste análisis, la 1era linea de Pamplona y fundadora de la dinastía navarra es visigoda y la que le siguió posteriormente, la Jimena, no lo es.

    Atte.

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